3.10.18

Remember Lomas del Valle

Foto: Google Maps


Tendría unos siete años cuando mi familia llegó a vivir a Lomas del Valle, en la merita calle Cedro. Lo primero que recuerdo fue ver una plaga de gusanos soldado y chapulines que azotaron la calle, enverdeciéndola, así como el olor a hierba de los lotes baldíos. Eso era novedoso para un niño que había andado más que las calles del centro, con sus altas ventanas, rejas forjadas y zaguanes de macetas. Acá había un aroma a “nuevo”, a ladrillo recién encalado y cancelería de tubular; mientras que en la Juárez, el adobe, las jambas de cantera y los paredones neoclásicos nos rodeaban. Las casas allá tenían un toque de ancianidad.
Hacia 1980, Lomas del Valle era uno de los fraccionamientos con mayor crecimiento en Lagos de Moreno. Se había poblado con rapidez desde su construcción y poseía entornos variados. No era lo mismo vivir en la 5 de mayo que en Javier Mina o en Ciprés. Había viviendas humildes, clasemedieras y residenciales, calles empedradas, de terracería y adoquinadas. Un espíritu múltiple hervía porque llegaron familias jóvenes de cualquier nivel socioeconómico que le imprimieron un ambiente distinto al de los barrios tradicionales y plural.
En un principio, había un arco de ingreso por la calle 5 de mayo, el  cual fue demolido con el tiempo debido a que algunos vehículos de carga no cabían debajo. La carretera (hoy Boulevard Orozco y Jiménez) nos separaba del centro y sus barrios antiguos, y desde acá mirábamos su media docena de torres doradas al atardecer o los nubarrones oscuros que amenazaban desde Comanja en temporadas de lluvia. Mirábamos los cohetes de cada fiesta patronal y escuchábamos el ulular del tren amplificado por las madrugadas.
La colonia era el límite poniente de Lagos, donde empezaba la nopalera y una cerca de piedra bordeaba las calles Ciprés, Pino y Mezquite, hasta subir a la soledad de la Unidad Deportiva Municipal y a la Preparatoria Regional de la Universidad de Guadalajara, ambas recién inauguradas. Alrededor de estas sólo existía un descampado que hoy ocupa Paseos de la Montaña. Donde hoy está la tienda Aminoguanas había un letrero malhecho que decía “Calle del retorno”. Era, para mis ojos niños, el fin de la civilización y principio de la terra incognita. Cuando los estudiantes y maestros de la preparatoria se retiraban, por las noches, quedaba la punta del cerro, con sus 2000 metros sobre el nivel del mar, en plena oscuridad.
La ruta urbana de Autobuses Romo llegaba con apuros hasta la esquina de Aldama y Jacaranda, donde había un teléfono público muy útil, al que algunas veces le escurrían las monedas de tan lleno, pues la telefonía celular estaba muy lejos de aparecer. Luego, el camión volvía hacia el centro de Lagos, allá abajo, lejísimos de nuestros ojos y seguía su ruta hasta terminar en la Y griega, en el actual nodo vial que lleva a León. Más tarde se ampliaría la ruta y tomaría el legendario nombre de Cañada-Prepa, de la cual se pueden escribir cientos de aventuras y anécdotas, no todas gratas.
El camión era puro traqueteo y bajaba a madres por Jacaranda. En alguna ocasión hasta se quedó sin frenos y fue a parar directo al arroyo, con algunos heridos que fueron retratados con morbo por la nota roja del Provincia. Cuando íbamos al Cine Vera, a la Caja Mágica o a los chocomiles de Don Cuco lo primero que esperábamos del chofer era un veintiuno, boleto que intentaríamos cambiar por el beso de una niña, aunque la verdad no teníamos suerte con ninguna. Éramos chafas en el amor, pues.
En mi cuadra había excelentes vecinos con quienes hicimos amistad, los García Vilchis (Azael, Israel y su mamá doña Amelia); los Morales Romero (Sandra y Carlos), los Lugo Fuentes, los Segura Tiscareño (Hilda, Chela, Joel). A un costado de la casa vivían los Zamora de Anda (Hugo, Gustavo, Carmen, Lety, Omar, Mimí). Detrás de la casa vivían Judith y Chuy Moreno Alderete; más arriba, el buen Leonard y a unas cuadras mis amigos de la calle Pino: Rogelio, Gerardo “Miné” (a quien en la primaria llamábamos Nacho, no sé por qué), Erick, Anibal y Gaby Jacinto Chumacero. En la calle Roble, mis amigos Cipriano Jiménez y Abel (hermanos de Chava Tacos); los Urroz, buenazos mecánicos; Juan Pablo Ramírez Claudio y su familia, también mecánicos; los papás de Karina Gutiérrez Carrales, que tenían una tienda y hoy viven en León. En Jacaranda y Javier Mina vivía mi tía Goya y por Hacienda de la Daga mis tíos Félix y Pepe, con todos nuestros primos. Decenas de nombres que podría recordar y otros que se han borrado, entre amigos de la primaria, vecinos y visitantes eventuales.
Con ellos jugamos al bote, al circuito cerrado, a las choyitas, chinchelagua, teléfono descompuesto, futbol, beisbol y carreras; salíamos a recorrer el cerro o a andar las calles con los patines del diablo, la bicicleta o las avalanchas de baleros. Fue ahí donde nos enamoramos por vez primera de alguna vecina y donde tuvimos las primeras peleas a golpes, no siempre con buena fortuna. En mi cuadra teníamos a veces función de títeres, cinito, reuniones para contar cuentos de terror y hasta concursos de belleza, en los que participaban nuestras hermanas y vecinas. En los temporales de lluvia hacíamos represas con el agua que corría por el arroyo de la calle, subíamos a los árboles para tatuarlos con una navaja o construíamos casas de ramas para armar algún club secreto.
            La infancia aún se podía recorrer a pie, ir a la escuela con la mochila arrastrando y volver al mediodía para que te enviaran a las tortillas con la servilleta de cuadritos. Mi hermano Eduardo iba a la secundaria, al Poli; Diana estaba en el colegio Pedro Moreno; Bety en la Escuela de Educación Especial y yo en la Primaria Cuauhtémoc, la cual construyeron hasta la punta del cerro para que llegáramos con la lengua de fuera. Ahí tuve otros buenos amigos de los que luego escribiré y maestros memorables, como el profe Leopoldo Mendoza.
            La parroquia de San Francisco Javier era apenas un templo en construcción a donde concurría todo mundo, en especial en tiempos de fiesta y kermeses. El jardín estaba (y sigue ahí) entre Fuerte del Sombrero y Rancho del Venadito. Creo que a pesar de los años sigue careciendo de identidad, pero es un sitio de recreación para los vecinos.
            Además de la fiesta de San Francisco Javier, disfrutábamos las posadas, sobre todo aquellas que organizaba doña Paquita en la calle Roble. Su generosidad permitía que los gorrones participáramos de la piñata y los molotes, siempre y cuando rezáramos y cantáramos el Ora pro nobis.
            Entre las tiendas más reconocidas estaba la frutería Hermanos Salazar, la Panadería de Pan-taleón y una tortillería en Fuerte del Sombrero que siempre tenía una cola larguísima de gente, además de una tienda de ropa sobre la carretera: El Geitani. Recuerdo el primer establecimiento de abarrotes “elegante” que vi en mi calle, se llamaba Súrtase bien. Tenía un piso lustroso, aparadores de cristal y toda la mercancía acomodada con pulcritud, nada que ver con la idea de abarrotes que conocía hasta entonces, como la que estaba frente a la escuela y que vendía todo tipo de colguijes y estampitas sobre luchadores y álbumes de moda. Más tarde, en Lomas se instalaría en la calle Realistas la célebre discoteque Studio47 de Armando Villalobos y luego llegarían otros establecimientos que con el tiempo se multiplicaron en cantidad y en variedad por todas las calles.
            A pesar de los años, Lomas del Valle no ha cambiado del todo su espíritu. Permanecen los mismos lotes baldíos y algunas casas sólo se maquillaron; el camión baja aún como un loco por Javier Mina y las familias siguen habitando y deshabitando sus espacios. Ya no es la orilla de la ciudad, sino el corazón de un entorno en plena madurez.
            Aunque en Lomas del Valle mi familia sólo permaneció cuatro o cinco años, para mí fue un paraíso perdido el día que salimos. Había terminado mi primaria y estaba por ingresar a la secundaria en otro rumbo no muy lejano, pero extraño: el cerro de enfrente. Me aterraba no volver a ver a mis amigos y sepultar la infancia para siempre. Lo que no sabía entonces, es que otros paraísos me esperaban.

11.6.18

Fernando González Gortázar en Chapala

González Gortázar. Fotografía: El País

En el año 2013 la Universidad de Guadalajara distinguió a Fernando González Gortázar (Guadalajara, 1942) como Doctor Honoris Causa. Simultáneamente, la exposición Resumen del fuego, en el Museo de las Artes, signó el regreso a casa del reconocido arquitecto y escultor tapatío, quien, entre otras distinciones, ha sido también Premio Nacional de las Artes y se ha formado como un diletante en su andar cosmopolita.
Desde temprana edad, FGG gozó de Chapala, gracias a las temporadas que su familia pasaba con fines de descanso, y fue ahí donde realizó un par de obras de relevancia para su carrera.
La Cristianía. Fotografía: TripAdvisor
El acceso al parque es rotundo y se eleva con la violencia de un tejado que engulle a los usuarios hacia el interior. Los pilares de la fachada se coronan con un penacho de plantas de ornato, en remembranza a las macetas y enredaderas colgantes de algunos patios y viviendas de la región, donde los helechos y flores de temporada son parte del paisaje doméstico y urbano. Hoy están descuidados, quizá por lo poco funcional de su mantenimiento.
Si desde el cielo la zona de asadores es una siembra de frágiles tréboles, a ras de suelo, la masividad de la piedra emerge con fiera voluntad entre las áreas verdes, y sostiene trabes de concreto sobre las que descansan tejados que dan resguardo a los paseantes. Por su parte, los pilares de piedra labrada rompen con la horizontalidad y son, a la vez, prácticos asadores para el convivio dominical.
La naturaleza y la arquitectura se intersectan una y otra vez en las ondulaciones de las áreas verdes y rematan en la horizontalidad de la laguna, al fondo del parque, tras el follaje de los árboles y el canto de decenas de especies de aves.
            Para quien visita Chapala, el Parque de la Cristianía es un referente urbano que constituye un acertado esfuerzo de la arquitectura mexicana por dotarse de identidad sin los preceptos internacionales, más bien con los recursos de la arquitectura vernácula y su relación con el paisaje y las costumbres locales. Es un espacio de utilidad permanente que durante el día se llena de paseantes, deportistas y familias. Esa utilidad tan anhelada ahora que se construyen elefantes blancos por doquier en los espacios públicos de nuestras ciudades.
Casa Salcido
Otra obra que vale la pena destacar es la Casa Salcido, construida diez años antes (en 1971) y ubicada sobre la calle Hidalgo, a unos pasos del parque La Milagrosa, donde FGG se vuelca a un funcionalismo íntimo, doméstico, que no aspira sino a retraerse tras los muros de una quinta infranqueable. De ella refiere Raquel Tibol lo siguiente:

…sólo puede calificarse de euforia verbal, o fruto de una imaginación exaltada que logra ver cómo tres                paredes se entregan al amor sexual… donde dos muros exteriores se encuentran haciendo un ángulo                  de 90 grados, [Manuel] Larrosa ve una “intersección erótica, anuncio de bellezas interiores”.[1]

FGG es de los hombres renacentistas que la sociedad posmoderna tiende a suprimir en beneficio de una producción meramente técnica. Apuesta por el humanismo y la memoria, como lo señala él mismo en la siguiente cita: “la ciudad, como la arquitectura, también debe expresar la verdad y el autorretrato, que en este caso es colectivo. La ciudad debe ser la suma de las épocas por las que ha pasado, y la suma de los grupos que la han construido”[2]. Con esa congruencia, González Gortázar ha levantado su obra y el significativo legado que deja en Chapala.




[1] Tibol, Raquel. “Manuel Larrosa sobre Fernando González Gortazar”, en Revista Proceso. Vista el 10 de junio de 2018. http://www.proceso.com.mx/180223/manuel-larrosa-sobre-fernando-gonzalez-gortazar

[2] González Gortázar, Fernando (2014). Arquitectura, pensamiento y creación. Fondo de Cultura Económica y UNAM. México, D.F. Pag. 157.

27.5.18

Seis pintores laguenses del siglo XIX


Nuesta Señora, Refugio de Pecadores (1841), Obra de Mariano Borja,
Saint Ignatius Church, San Francisco, California.
(Fotografía: Wikipedia)

La sociedad mexicana del siglo XIX, en su búsqueda de una identidad como nación floreciente, recibió con entusiasmo los paradigmas del academicismo europeo y encontró en la Academia de San Carlos la institución que estableció los lineamientos que arquitectos y artistas debían diseminar por todo el territorio nacional. De ahí emergieron los maestros que formaron a los más importantes artistas de su época, especialmente en la capital y en centros urbanos como Guadalajara, Guanajuato, Morelia y Puebla.
Con su incipiente desarrollo, Lagos de Moreno no fue la excepción y dotó al país de pintores que (si bien son poco conocidos) colaboraron en la formación de un lenguaje plástico en Jalisco y en el Bajío guanajuatense.
Un precursor de la plástica local en el siglo XIX es Mariano Borja, pintor nacido antes de la independencia en León, Guanajuato, quien probablemente pasó temporadas en Lagos, pues algunos de sus clientes fueron vecinos de esta ciudad. Se convirtió en un retratista de trascendencia que aún espera estudios particulares sobre su vida y obra. De acuerdo con el coleccionista Carlos Navarro, Borja fue discípulo de José María Uriarte, quien retratara algunos personajes relevantes del naciente país mexicano y tuvo fama en Guadalajara. Aunque a Borja se le asocia al movimiento neoclásico, el mismo Navarro lo señala como un “pintor gótico”[1], influido por el romanticismo europeo, al grado que le atribuye influencias del reconocido retratista francés Dominique Ingres. Destacan sus retratos de los religiosos laguenses Francisco del Refugio Garciadiego (1838) o Ignacio Mateo Guerra (1838), así como de Mariano Torres y Anaya (1838), personajes capitales de la cultura local de esa época. En arte sacro realizó varias imágenes marianas.
Mariano Torres y Anaya (1838), obra de Mariano Borja,
Óleo sobre tela 45.5 x 61.5 cms.
Colección de Carlos Navarro.

Otro pintor digno de mencionarse es Ignacio Gómez Portugal. Él vivió en la segunda mitad del siglo XIX y es a quien se le atribuye el diseño del Templo del Calvario y planos sobre la actual parroquia de la Luz. Carlos Navarro le llama “arquitecto, escultor y pintor”, aunque no existen referencias de escultura o no se han encontrado. Realizó dos vistas panorámicas de Lagos y una de la Plazuela de La Merced (1890). Son conocidos sus retratos de personajes laguenses como el fabulista José Rosas Moreno, Miguel Leandro Guerra, Juan Pablo Anaya y Pedro Moreno. Además, fue catedrático de dibujo en el Liceo del Padre Guerra y pintor de cabecera de Agustín Rivera, amigo muy cercano a quien le realizó diversos cuadros por encargo.
D Mariano Leal y ZavaletaÓleo de José del Refugio Díaz del Castillo. 
Coleción particular de Mariano González Leal.
 (Fotografía de Rafael Doniz).

José del Refugio Díaz del Castillo y Moreno nació en Lagos en 1830. En 1865 participó en la Exposición de Bellas Artes de Guadalajara con la obra “El último pedazo de pan”, la cual fue recibida con beneplácito por la academia, aun cuando el autor se reconocía autodidacta. En 1867 fue a radicar a León con su esposa Mariana Gómez de Portugal, donde se asoció con el pintor guanajuatense Juan Nepomuceno Herrera, de quien tomó enseñanzas para madurar su oficio y abrir su propia cartera de clientes. Entre las piezas que realizó destacan los retratos de sus padres Juan de Dios Díaz del Castillo y González de San Román y Juana Moreno Gamiño, así como de su hijo José Díaz del Castillo y Gómez Portugal y del padre Miguel Colmenero. Fue autor de algunas obras de arte sacro en Lagos y en la iglesia del Oratorio de León Guanajuato. Falleció en su casa de León “número 4 de la calle del Oratorio, a las 3:33 a.m. el 30 de mayo de 1895”[2], dejando una estirpe de artistas que enseguida menciono.
La primera de ellos es Mariana Gómez de Portugal, quien en 1849 se casó con Díaz del Castillo. También nació en Lagos y fue miniaturista. Participó en exposiciones municipales de León, Guanajuato, ciudad en la que habitó hasta su muerte. Su obra ocupó los muros de casas leonesas por muchos años y hoy se encuentra dispersa en colecciones particulares del Bajío y en el catálogo del Museo Nacional de Historia.
José Díaz del Castillo y Gómez Portugal, hijo de los dos anteriores, nació en Lagos en 1868 (según Carlos Navarro, aunque sus padres ya vivían entonces en León). Fue discípulo del maestro Juan Nepomuceno Herrera y tuvo influencia de gran retratista Hermenegildo Bustos. Falleció en León en 1962, dejando retratos que cruzaron diferentes corrientes durante la primera mitad del siglo XX.
Finalmente, María Díaz del Castillo y Gómez Portugal, también hija de Refugio Castillo y Mariana Gómez de Portugal, quien nació en Lagos en 1871 y falleció, soltera, en 1973, a la edad de 102 años en León, Guanajuato. Fue miniaturista al igual que su madre.
En el año 2016, el Museo de la Ciudad de León abrió una sala dedicada a la pintura de ese municipio vecino, motivo por el cual el cronista Mariano González-Leal escribió una nota en la que hace alusión a la trascendencia de algunos de los laguenses arriba señalados. Ojalá se recupere y registre su obra y la de otros pintores aún desconocidos, pues con los años, el deterioro,  el desconocimiento del patrimonio artístico, el mercado negro y otros factores, gran parte de nuestro acervo cultural se ha extraviado lamentablemente.




[1] Navarro, Carlos (2003). El retrato en Jalisco. Taller de joyería C.N. Guadalajara, Jalisco. 572 p.p.
[2] Navarro, Carlos. Op cit.

20.5.18

Los mapas en mi vida



Hace unos días, Guía Roji se declaró en bancarrota y desaparece, paradójicamente, del mapa. De las empresas cartográficas en nuestro país fue la más prestigiosa durante casi cien años, pero no la única. Las demás se han esfumado discretamente en el tiempo y ahora la cartografía nacional se inhibe ante programas globales (como Google Earth) o aplicaciones de navegación en tiempo real (como Waze), a pesar de los esfuerzos por expandirse en el mercado impreso y digital.
Esta noticia detonó algunos recuerdos particulares de mi vida, pues soy coleccionista de mapas y guías. Es una pasión que se remonta a la infancia y tiene la legitimidad de quien colecciona playeras de las Chivas, dijes o videojuegos. Lo heredé de mi padre, quien acostumbra también comprar mapas de ciudades y carreteras. De hecho, en alguna época de mi adolescencia pensé estudiar geografía o alguna carrera afín, pero me decidí por la arquitectura, donde también los proyectos arquitectónicos representan radiografías de un trozo de territorio, espacios habitables que nacen del papel y la tinta.
Puedo pasar un buen rato mirando un mapa sin oficio ni beneficio. A veces, cuando estoy en el carro, saco de la guantera el de carreteras de Jalisco (como alguien lo haría con un folleto o el facebook), preguntándome por qué Huejuquilla está tan solo en el mundo, en esa frontera caprichosa que divide Jalisco de Zacatecas.
Desde niño solía husmear los mapas, pues en un pedazo de papel tenía la ciudad a mis pies, los arroyos, lagos, carreteras y rancherías. Era placentero llegar a una ciudad o un pueblo y conocer ya su geometría y los callejones macabros del barrio. Me bebí aquellas láminas que aparecían en la legendaria enciclopedia Salvat Monitor, planos antiguos, atlas enormes y de bolsillo; las antiguas cartas de tenal del INEGI, donde cada casita del rancho era un cuadro negro; planos dibujados a mano en el catastro, que se despellejaban en los archivos de los ayuntamientos; la famosa Guía Roji, con sus carreteras amarillas; las fotografías aéreas y los globos terráqueos, que no siempre han servido para adornar el escritorio de un director de primaria.
Algunos mapas permanecieron sin leer, enmohecidos en un rincón, igual que ciertos libros y baratijas. Otros desaparecieron sin avisar, como sucedió un día, en un viaje a Guadalajara, acompañado de mi amiga, la arquitecta Olivia Osornio. No conocíamos bien la zona metropolitana y compramos un plano de vialidades en la autopista. Al entrar por Lázaro Cárdenas, como hábil copiloto, Oly abrió el mapa para orientarnos y no terminaba de desplegarlo cuando una ráfaga de viento lo arrebató y se fue dando volteretas, retorciéndose entre los carros que venían atrás. Murió virgen ese mapa.
Por esos días asistíamos al Congreso Nacional de Geomática, donde descubrimos las maravillas del posicionamiento global y sus alcances. Nos impactaron las aplicaciones que un satélite, un GPS y una computadora podían lograr en la administración del suelo urbano o rural, mediante coordenadas UTM y programas novedosos.
Lo que entonces nos asombró hoy es convencional. La lectura digital sustituyó al papel en menos de una década y puede recorrerse el mundo con el cursor y hartos zooms en cualquier pantalla. Los mapas virtuales son capaces de meterte la calle en las narices, cascos históricos, usos de suelo y novedades arquitectónicas de ciudades, unas entrañables otras horribles. Es sencillo andar los picos glaseados de los Andes o los parques de Bratislava. Un buen metiche puede recorrer el interior de algunos edificios notables, viajar a la calle donde vivió Roberto Bolaño, en Blanes, o al anexo donde vacacionó Anna Frank mientras escribía su diario; se pueden supervisar las obras de la Sagrada Familia o espiar si Enrique Alfaro construyó sin licencia municipal.
Hace tres años, una mudanza fue pretexto para deshacerme de casi todos los mapas impresos que guardaba (luego, ciertos ladrones de barrio se encargaron del resto) y estimular aún más mi afición por el Google Earth y otras cartografías virtuales, las cuales se pueden manipular hasta en la palma de la mano. Seguramente pronto estarán disponibles en tiempo real y podremos ver el flujo vehicular y el vuelo de las aves sobre el entorno urbano, aunque aún se discute su conveniencia por motivos de seguridad pública. 
En lo personal, los mapas me han dado suficientes beneficios y cierta orientación de navegante, al grado que mi esposa me dice “eres un mapa con patas”. Más bien son ellos quienes nos ofrecen patas, ventanas y buenos ratos de ocio, tratando de leer la geometría del hombre sobre la tierra, sus trayectos o simplemente una explicación sobre la soledad de Huejuquilla.

9.12.17

Epístola sobre un incendio a cinco manos*

Querida Bero.
He venido para hablar de un libro recién nacido, y como te has quedado en Chapala tendré qué contarte cómo va todo.
Son las diez de la mañana, una hora en la que la mayoría estará despachándose un desayuno continental, trabajando en la oficina o jugando frontenis en la unidad deportiva. Para los menos, y a esos me sumo gustoso, hace un clima que exige leer poesía, con el inminente riesgo de mandar a volar las actividades de la agenda de una vez por todas y abrir con libros el fin de semana.
Tengo un problema, pues no quisiera caer en elogios desmedidos, como suele hacerse en estos eventos, así que mantendré la cordura del presentador ecuánime, sobre todo si La representación de un incendio está escrito por varios amigos (algunos a quienes conoces también), formados todos en las aulas del Centro Universitario de los Lagos: Azazel Herrejón, Aarón Navarro, Juan Antonio Orozco, Paul Carrillo Collazo y Ada Martínez. Aquí los tengo enfrente y creo que te mandan saludos con la mirada.
Hace diez años salí de Lagos y el panorama de la poesía era incierto, pero ahora me percato que el relevo generacional es latente gracias a trabajos como este, que han sido impulsados desde el mismo centro universitario por la maestra Yamilé Arrieta Rodríguez, jefe de la Unidad Editorial, y otros entusiastas académicos, en la colección Libélula y otros espacios universitarios.
Aunque a algunos de los autores los he escuchado leer y sigo su rastro a través de la radio o de publicaciones periódicas, es halagador encontrarlos ahora en este libro, que es un espontáneo arder en la palabra. Tú sabes, cuando se es joven la poesía arde y, como los incendios, debe alzarse vertiginosamente, sin miramientos, abrasando todo a su paso. No tiene tiempo de mimos ni puede ser debilucha. Se ahogaría antes de elevar sus espirales. Por supuesto que hay riesgos: las imprecisiones y arrebatos, los versos mal colocados y otras sutilezas que sólo el oficio y la experiencia decantan. Pero mientras esos sucede, el poeta joven debe consumirse como aquel poema de Dulce Mará Loynaz: ¡Que la muerte se parezca a esta muerte candente de tus brazos!
En fin. Te comento La representación de un incendio brevemente. Se divide por autor sin establecer una línea temática, lo cual debió ser complicado para la selección de textos. En Penitencia, Azazel Herrejón ofrece once poemas donde el individuo enfrenta un mundo de hostilidades y despojos. No puede sostenerse, pues proviene de un pasado empantanado y el presente es permanente angustia. Se es culpable de la condición humana, pero sobre todo de interrogar a un mundo que no le da más que una respuesta: el silencio. Sé que no debo intentar reparar nada dice en uno de sus versos y se vuelca a la indefensión y la quietud. Cabe aclarar que a pesar del pesimismo que encierra el conjunto, permanece un hilo de luz: la inteligencia ante el dolor que se cauteriza con la palabra: Pero no acaba la esperanza, pues el tecleo es el eco /  es la voz de las añoranzas nuevas del pasado.
En Esto no es agua, Aarón Navarro presenta un conjunto de poemas que tienen en la sociedad y la vida urbana su abrevadero. Es un detective del absurdo y las contradicciones morales. Deberás leer el poema que dice Ese hombre traía una ciudad adentro, lo juro: es ensordecedor, digno de leerse una y otra vez. Navarro pertenece a la tradición de poetas que desacralizan el lenguaje y la memoria. Procura el humor negro y la ironía. Además (no quisiera decirlo fuerte para evitar una etiqueta) a rato nos recuerda algunas huellas beats o de la literatura sucia, pero con renovado trazo, lucidez y neologismos de este siglo.
Por su parte, Juan Antonio Orozco dibuja en Piromancia, al sujeto y al instante en medio de una urdimbre extraña. El origen y el destino son su búsqueda y el momento de arder fundamental. En Orozco, las líneas del tiempo buscan un antes y un después por más fugaz que sea el incendio. La próxima vez que nazca seré un campo de arroz, escribe La piromanía de Orozco parte de lo inasible y violento, como la pólvora activa.
¿De qué sirvió tu hierro
inmortal
si no levanta vuelo?

Todos somos asesinos
me digo,
mientras miro la leche
derramarse.

En Figuras en Hielo, Paul Carrillo Collazo apuesta por la habilidad retórica como recurso poético. Despoja al poema de sentimentalismo y lo convierte en un artefacto del lenguaje con capacidad poliédrica, de manera que el lector se encuentre con varias caras y múltiples aristas al mismo tiempo. Me agradan sus trampas. Quizá de ahí el título del conjunto, que de por sí es una trampa. En Una liana en la ciudad y otros de sus poemas, el uso de la paradoja permea y procura que cada obra sea no un poemínimo, son un ensayo mínimo, utilizando recursos cotidianos como el tuit. Pero en el imperio del intelecto también la sensibilidad (no sentimentalismo, ya lo dije) tiene visa y Paul escribió un hermoso poema de amor, Abelardoyeloisándonos, que te leeré hoy por la tarde a ver qué procede.
Finalmente, Ada Martínez cierra el libro con una Selección de poemas a manera de tríptico. Su voz es moderada y no se perturba. Atiende la tradición del verso breve y descriptivo, donde las atmósferas y las sensaciones son quienes se expandan. Es testigo de la noche y del violento despertar de la penumbra. El individuo habita una ciudad hostil y no hay defensa posible ante su amenaza permanente. Cierra el libro con un poema perturbador que es al mismo tiempo una denuncia de género y de derecho a la justicia:
El rojo de sus menstruos,
el de la sangre, el de la patria
que no corría en su defensa,

Toda obra poética joven es un descubrimiento y como cualquier descubrimiento, guarda aún geografías por recorrer en las que se develarán novedades y asombros. De estos cinco autores esperamos noticias y proyectos individuales en un corto plazo. Ojalá el Centro Universitario de los Lagos siga apostando por la publicación de poesía, un género menoscabado en la actualidad, pero necesario para robustecer la defensa del individuo ante el ingobernable peso de la vanalidad y la inmediatez colectivas. Te dejo por el momento, pues voy a escuchar los poemas en voz de sus autores. Más tarde llevo el libro a casa y dejarás que la poesía te incendie.

Besos.
Dante Alejandro



*Herrejón, Navarro, Orozco, Carrillo, Martínez (2017). La representación de un incendio. Centro Universitario de los Lagos. Colección Libélula.
Fotografía: Ale Coss.

15.11.17

El Venadito, dos siglos después

En el bicentenario de la muerte de Pedro Moreno, el sitio donde fue abatido permanece distante y en silencio, guardando con quietud ese episodio trágico de la guerra de independencia.
Para conocer tan entrañable tierra viajamos Berónica, Abril y yo en Semana Santa, bajo un sol rudo y los polvos de la aridez guanajuatense. Fue necesario tomar la carretera que va de León a San Felipe Torres Mochas y en el kilómetro 40 desviarse por una terracería otros 17 kilómetros. Ahí se localiza Nuevo Valle de Moreno, población que no llega a los mil habitantes pero que eventualmente, como en estos días, se llena de visitantes e hijos ausentes que deambulan por la calle tomando cerveza o reposan en la plaza mientras los niños se divierten en un brincolín.
 La antigua Hacienda La Tlachiquera, (cuyo nombre cambió en 1919 a Nuevo Valle de Moreno) es una delegación del municipio de León que permanece en espera de justicia, pues su desarrollo se ha mantenido al margen de la riqueza de la cabecera municipal y sobrevive con impulsos propios. Se enclava en una región árida, de magueyales y cactáceas, pero tiene una tradición agrícola desde la época del virreinato, un orgulloso pasado histórico y personajes relevantes como Bonifacio Collazo, autor de la polka “Coronelas” y el boxeador Chucho Castillo, entre otros.
Ahí nos recibe nuestra anfitriona y guía, Encarnación Ríos Collazo, académica y poeta que en el 2014 publicó la monografía más completa de su tierra: Nuevo Valle de Moreno: Cantar de la memoria. Actualmente vive en Querétaro y acude con frecuencia a pasar unos días con su familia y a recordar su infancia. Con ella pasamos un par de días placenteros y a ratos salimos a caminar las calles de Nuevo Valle. Es relajante descubrir arquitectura digna de conservarse para las nuevas generaciones: casonas de piedra y adobe, banquetas de laja y relieves de cantera en jambas, cornisas y gárgolas. La parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, edificio neoclásico que ha tenido varias intervenciones, es un sitio de obligada visita, así como el antiguo portal y la plaza central.
Otro monumento relevante es el dique de la presa, una obra de ingeniería de la que ya se tiene noticia en el siglo XVIII. Sus dimensiones presumen un periodo de bonanza y tecnología de vanguardia, pues además de regar los campos de la hacienda servía también como molino hidráulico. Fue descrita con admiración en el siglo XIX por el viajero italiano Giacomo Constantino Beltrami, quien escribió: “Es una construcción que si se hallase en Lacio, parecería obra de romanos[1].
También pueden admirarse las ruinas de la antigua Tlachiquera, de la que sólo quedan muros de la capilla y la troje, olvidados en un corazón de manzana por el cambio de traza del pueblo y nuevas construcciones.
Los nuevovallenses viven orgullosos de su historia y cada año escenifican la lucha de los insurgentes, pues el General Pedro Moreno representa una figura patriarcal y amorosa que les da cohesión e identidad. Es por eso que Encarnación nos invita con entusiasmo a visitar el rancho del Venadito, último escenario en la epopeya del insurgente
Para llegar al Venadito hay que tomar camino rumbo a una comunidad llamada Derramadero, y luego desviarse por una brecha hacia el oriente. La distancia, de aproximadamente tres kilómetros y medio, puede hacerse en vehículo. Es recomendable el paseo a pie si se llevan provisiones y protección, pues el asoleamiento en ésta época del año es perturbador.
El Venadito es un es una comunidad marginada con media decena de viviendas habitadas y algunas tapias ruinosas de piedra y adobe. Aunque hay servicio de electrificación, el resto de la infraestructura no existe y el abastecimiento de alimentos debe hacerse en Nuevo Valle o el Derramadero, pues no hay tiendas ni equipamientos disponibles.
Sólo cada año, justo el 27 de octubre, se altera el ambiente cuando llegan las autoridades en caravana y realizan honores a los caudillos. El presidente municipal en turno promete obras en beneficio de la comunidad y se marcha sin volver hasta el año siguiente. A eso están acostumbrados los habitantes de la comunidad y no les quita el sueño, pues en la austeridad han vivido siempre y seguramente así será por mucho tiempo.
Encarnación es generosa y ha traído regalos a una familia de cuatro integrantes que ya nos esperaba con entusiasmo, pues no suelen tener visitas. Eduarda, la madre, nos cuenta de algunas enfermedades que los aquejan y de cómo se puede ser feliz sin la sofisticación de la vida urbana.
Además de las viviendas hay una capilla que permanece cerrada casi todo el tiempo. A unos cien metros, entre la nopalera, se localiza una pequeña glorieta con una inscripción que da testimonio del sitio donde fue azotado Mina. Permanece también en ruinas una troje de veinte metros cuadrados en la que pernoctaron y fueron capturados los insurgentes. Una placa recuerda el suceso:

EN ESTA TROJE FUERON SORPRENDIDOS
POR LAS TROPAS REALISTAS EL 27 DE
OCTUBRE DE 1817 LOS HEROES INSURGENTES
GENERALES PEDRO MORENO I FRANCISCO JAVIER MINA
SACRIFICADOS EN ARAS DE LA INDEPENDENCIA MEXICANA.
EL GOBERNADOR DE GUANAJUATO ORDENO
EL 22 DE JULIO DE 1921 LA COLOCACION DE ESTA LAPIDA.

En 1817, el Venadito era una estancia de ganado perteneciente a La Tlachiquera, cuyos propietarios, los hermanos Mariano y Manuela Herrera, simpatizaban con el movimiento de independencia. De acuerdo con la historia, el 26 de octubre de 1817 llegaron ahí Mina y Moreno para descansar y reorganizar su lucha. Dos meses antes, el 20 de agosto, se había roto el cerco en el Fuerte del Sombrero, cayendo en manos del ejército realista. Tras una serie de “infortunios”, como lo señala Agustín Rivera, Mina y Moreno promovieron algunas acciones fallidas de guerra que no hablaban sino de su mal estado, desánimo y desorganización, así que decidieron tomarse un tiempo para recuperar energía y planear la causa con cuidado. Los hermanos Herrera les ofrecieron El Venadito, un sitio ideal, alejado de cualquier sospecha, pero que les guardaba un funesto desenlace, como lo anota Rivera:

Cuando un hombre ya no puede mover los pies, los brazos ni ningún miembro, cuando todo el cuerpo está descompuesto, y la vida no reside mas que en el corazón y en la cabeza, el corazón y la cabeza van a perder también la vida. Eso iba a suceder.[2]

Ese mismo día, un informante delató su localización ante Francisco Orrantia, coronel realista que venía cazándolos encarnizadamente desde la caída del fuerte. Inmediatamente movió al ejército a cabalgar toda la noche desde Silao con un contingente de quinientos soldados para tomar La Tlachiquera, donde arrestaron a Mariano y a Manuela Herrera y posteriormente asaltar El Venadito con suma facilidad.

Para que tengamos una idea de la gran fuerza del contingente que iba contra nuestros héroes, tengamos en cuenta que los soldados que lo formaban eran parte, ni más ni menos, de los cuerpos de Frontera, Nueva Vizcaya, Nueva Galicia, Dragones de la Sierra Gorda, San Luis, San Carlos, así como de los Regimientos del Potosí. [3]

            Algunos insurgentes lograron huir, Mina fue aprehendido y Moreno, junto con su asistente se internó en una cañada vecina. Para llegar allá se debe bordear un arroyo con múltiples arboledas y accidentes topográficos que seguramente hicieron lenta la huida, considerando que Moreno no había alcanzado a apearse de su caballo y caminó en paños menores casi un kilómetro.
Hoy existe una brecha con huellas de motocicletas y coyotes que los pobladores utilizan para ir a recoger leña o tierra vegetal. Se bordea el arroyo y luego debe cruzarse para subir una cuesta en la que hay una formación de esbeltos peñascos. Ahí se ocultó Moreno mientras Mauricio, su asistente, ofreció ir por unos caballos. Este último fue descubierto y con la promesa de indulto dijo a sus captores el sitio donde el insurgente se encontraba escondido. Al pie de los peñascos, junto a una gran roca y espada en mano, defendió Moreno su causa, sin dar margen a sus enemigos de capturarlo.
En 2017 existe una explanada para actos cívicos y señalética con información básica. La intervención de quienes construyeron el monumento a Moreno no fue acertada, pues la explanada es un cuadrilátero que no respeta la topografía del terreno y se inserta en el paisaje obstruyendo la vista y la naturaleza. Hay, además, un anfiteatro que en lugar de seguir la pendiente del terreno le da la espalda y fue construido con piedra laja transportada desde algún banco extraño, como si aquí no hubiesen piedras dignas para el caso.
A la roca en la que fue abatido Moreno se la adosó una estructura con una inscripción que, entre otras cosas, dice

¿De qué sacrificios no es acreedora la Patria?
Pedro Moreno murió por la libertad de México el
27 de octubre de 1817

A pesar de estos afanes por hacer patria con monumentos artificiales, el verdadero homenaje aquí es el paisaje y el cielo que lo cubre. Cuando llegamos y tomamos un poco de aire, Encarnación pregunta si deseamos decir algo en memoria de Moreno, pero no es posible. No lo es. El peso de la sierra, las águilas que sobrevuelan, el viento en fuga y el azote del sol callan cualquier intención de voz. El paraje donde murió nuestro héroe tiene aún signos de soledad, como la vivió esa mañana, cercado por los fusiles y mirando este mismo cielo transparente, que el viento y la lluvia han limpiado una y otra vez durante dos siglos.




[1] Ríos Collazo, Encarnación (2014). Nuevo Valle de Moreno: Cantar de la memoria. Nuevo Valle Ediciones. Guanajuato, México. Pag. 335

[2] Rivera, Agustín (1875). Viaje a las ruinas del Fuerte del Sombrero. Tipografía de José Martín. San Juan de los Lagos. Pag. 54.

[3] Ríos Collazo, Encarnación (2014). Nuevo Valle de Moreno: Cantar de la memoria. Nuevo Valle Ediciones. Guanajuato, México. Pag. 227



8.10.17

Salvador de Alba y la arquitectura moderna en Lagos de Moreno*

El movimiento moderno de la arquitectura llegó a México arropado por universidades y gremios de arquitectos, expandiéndose sobre todo en la capital y en centros urbanos de mayor población. Las pequeñas ciudades y los poblados distantes a los centros académicos de ese tiempo, sufrieron también una apropiación del movimiento, pero con sus propias variables y limitaciones.
En el caso de Lagos de Moreno, la figura de Salvador de Alba permitió que este proceso fuera de una inmediatez fulminante, tanto que tomó por sorpresa a la ciudad alteña, cuya población apenas se desmodorraba de la Cristiada y de los conflictos agrarios. Acercó los principios del Congreso Internacional de Arquitectos Modernos (CIAM), así como las novedades de las vanguardias, a un entorno local, en el que la tradición arquitectónica se movía aun lentamente.
Salvador de Alba nació en 1926 y se formó profesionalmente en la UNAM. Posteriormente, en la ciudad de Guadalajara hizo su trayectoria como arquitecto, formando parte de la prestigiosa Escuela Tapatía de arquitectura, con una generación de colegas como Luis Barragán, Eric Coufal, Alejandro Zohn o Juan Palomar Arias, entre otros, así como de sus precursores Ignacio Díaz Morales, Pedro Castellanos y Rafael Urzúa.
Su cercanía con el poder político jalisciense (el licenciado Alfonso de Alba, su hermano, fue Secretario de Gobierno del Estado en dos ocasiones) le permitió acceder a trascendentes proyectos arquitectónicos y de intervención urbana en todo el estado, entre los que podemos mencionar la Escuela Normal Regional de Ciudad Guzmán, la Facultad de Derecho de la Universidad de Guadalajara y, por supuesto, aquellos que transformaron la imagen urbana de Lagos de Moreno en la segunda década del siglo veinte: las rinconadas de Capuchinas y La Merced, la plaza IV Centenario, el Edificio Federal, el edificio municipal del PRI, las instalaciones de la Feria y algunos otros inmuebles públicos y civiles.
Estableció un lenguaje funcionalista con el rompimiento de esquemas arquitectónicos tradicionales, pero dotándolos de poderosa identidad, gracias al conocimiento que tenía de la historia y al estudio del contexto. Incluso, dentro de un mismo proyecto, exaltó las particularidades que vive un usuario de acuerdo con su posición y recorrido.
Por ejemplo, en la Rinconada de la Merced somete el paisaje al uso de plataformas, cambios de escala, remates y fugas visuales, generando distintos ambientes urbanos a pesar de ser un mismo espacio público: primero, la explanada, cuya escalinata se vierte en una amplia plancha que tiene como diorama el antiguo mesón y sirve como teatro al aire libre; segundo, el atrio de la iglesia, con la arbolada de follaje perenne y su dramatismo de claroscuros; y tercero, la plazoleta dedicada al presidente Juárez, a manera de jardín novohispano, que cierra el entorno del primer cuadro y deja velado el Lagos barrial a su espalda.
Para Salvador de Alba, el diseño integral se manifestó no sólo en la composición del espacio, en el juego de plataformas, taludes y escalinatas que refieren a la tradición prehispánica y virreinal. También la nobleza de los materiales, el mobiliario urbano (bolardos, bancas, arriates, arbotantes), la vegetación y la infraestructura debían sumarse a la experiencia del usuario.
Una virtud del arquitecto fue el respeto e integración al entorno histórico. Él sabía que si una obra se inserta en un contexto consolidado, tiene tres obligaciones: mantener el lenguaje personal del arquitecto, promover la novedad del espacio y, lo más importante, someterse a las condiciones tipológicas del sitio sin menoscabo de su funcionalidad. De otra manera, el arquitecto sería indisciplinado y caprichoso, ajeno a la maravilla colectiva que le rodea y que llamamos ciudad. En una entrevista declaró que “la integración es buena cuando no se solicita, sino cuando es un producto de la colectividad”[i].
De Alba fue miembro emérito de la Academia Nacional de Arquitectura y obtuvo reconocimientos en Milán y Sao Paulo. Falleció en 1999. Según Carlos González Lobo, es “uno de los ejemplos más señeros de amor y cumplimiento del oficio de arquitecto”[ii]. Lagos de Moreno sigue en espera de que su obra, un paradigma en las escuelas de arquitectura, sea declarada patrimonio y sus edificios reciban una justa defensa y conservación, antes de que se pierdan, como ha sucedido una y otra vez con la arquitectura del siglo veinte. Ojalá se pueda replicar el caso de nuestro vecino estado de Aguascalientes, donde la universidad asumió hace años el compromiso de salvaguardar la obra del arquitecto Francisco Aguayo Mora.
Y para cerrar: no sólo pienso en lo que proyectó Salvador de Alba, sino en todos aquellos inmuebles significativos que tienen derecho a permanecer, pues no debe perderse la memoria de un periodo vigoroso del siglo XX.




[i] Zohn, Laura (1996). La nostalgia amotinada. Diez arquitectos opinan sobre identidad y conservación. ITESO. Guadalajara, México. Pag. 39.
[ii] González Gortázar Fernando (1994). La arquitectura Mexicana del Siglo XX. CONACULTA. México. Pag. 284.

*Artículo publicado en Tlacuilo. Organo del Colegio Municipal de Cronistas de Lagos de Moreno A.C. Número 1. Marzo de 2016. Pags. 76-79.