26.4.20

Los mejores 50 poetas jóvenes de México



Hace casi dos años falleció el llamado granfather del rap, Jalal Mansar Nuriddin, quien fuera miembro de The Last Poets y empuñara el rap como un arma incendiaria en la década de los ochenta. Había nacido en Brooklin en 1944 y fue uno de los pioneros del gansta rap. Se destacó por ser consecuente entre sus letras y su forma de vida, pues criticó permanentemente a los raperos dorados, esos que contradicen la realidad de sus letras con una vida superficial de riquezas y colguijes brillantes, los cuales son imitados por juventudes enteras en todo el mundo. Jalal mantuvo la idea de que todo mundo es capaz de embestir al status quo con la palabra y depositaba su lucha en la poesía, de ahí que sea un  personaje de culto, incluso entre los jóvenes millennials de su país.
Samael Espíndola (Torreón, Coahuila, 1972) es un poeta y ensayista mexicano que siempre ha admirado la obra de Jalal, al grado de considerarlo un músico-poeta superior a Bob Dylan o a Leonard Cohen. Fue su afición quien lo llevó a escribir el Ideario gansta rap, publicado por Ediciones Plasma en 2013. Esta pequeña plaqueta, de escaso tiraje, circuló de mano en mano en la comarca lagunera y llegó a algunos críticos de la capital del país como una rareza que con suerte se puede encontrar en el Chopo o en algún botadero de ediciones independientes.
Espíndola es referencia entre los autores de su edad, pues el vigor de su obra y los riesgos que toma como crítico de la poesía le han dado un prestigio relativo en el norte del país y en los foros literarios donde suele participar. Sin embargo, hace tiempo dejó de ser una “promesa” de la poesía y es consciente de que poco a poco se va diluyendo lo que escribe, junto con otros de su generación, frente a la oleada de escritores frescos que emergen día a día en todo México y se posicionan de los más novedosos canales y soportes de lectura que ofrecen el internet y sus publicaciones digitales, como una avalancha ante los tradicionales formatos de la poesía, como el libro o las revistas impresas.
Para atenuar su declive y al mismo tiempo reivindicarse frente a esa nueva generación, Samael se dio a la tarea de reunir una lista de los mejores cincuenta poetas jóvenes del país nacidos entre 1989 y 1999, en un libro que ha titulado Los últimos poetas mexicanos, en alusión al grupo de Jalal Mansar Nuruddin y a quienes fueron los postreros hijos del anterior milenio.
La selección de Espíndola no sólo fue rigurosa, sino que se propuso recorrer varios estados previamente para conocer en persona a decenas de autores y sus obras, comparar libros, revistas, ediciones virtuales y atender un aparato crítico que le dio argumentos para discriminar y acotar su selección. Entre sus “antologados” hay algunos de sobra conocidos y otros que aún permanecen en la sombra, entre los que (para sorpresa de muchos) no figuran Vladimir Sánchez, Eliberto Maldonado o Ixchel Meléndez, a quienes considera sobrevalorados por pequeños grupos “gansteriles” de la literatura, como él les llama.

Esos cotos de poder lanzan a un poeta como si fuera l´enfant terrible de una generación y lo promueven igual que a un producto de abarrotes, en cuanta oportunidad hay de malbaratar sus poemas, con la certeza de que en poco tiempo terminará consumiéndose igual que un papel higiénico o un envase de refresco, lo cual no garantiza un futuro vigoroso para la poesía mexicana.[1]

Para algunos círculos de escritores, la selección carece de rigor académico y no garantiza una posición estricta. Hay quienes la califican de trunca, insulsa y hasta boba. Consideran que es absurdo clasificar a los autores tempranamente con términos como “los mejores”, “destacados” y una serie de adjetivos dañinos para el tejido literario del país. La selección se convierte en una patraña que induce a jerarquizar y estimular la segregación de otros autores, especialmente aquellos que no se interesan en adherirse a los grupos de poder cultural o que no habitan en urbes como como la Ciudad de México, Guadalajara o Tijuana, donde, dicho sea de paso, no necesariamente están esos “mejores” poetas. Es, finalmente, al gusto de un solo individuo.
Para otros autores, como el conocido crítico Raymundo Flores, es un canon digno de leerse “ahora que la poesía adolece de insuficiencia respiratoria”[2], pues fue elaborado desde la perspectiva de un autor sin intereses políticos y con plena libertad. Se sostiene, dice, con los mejores ingredientes de la poesía: la creatividad y la energía. “Voces contundentes emergen en la periferia, donde antes sólo había piedras”, escribe Librado de la Peña, quien también defiende la selección de Espíndola por considerarla incluyente y una cartografía que ilustra lo que sucede en el país:

El antologador hace un esfuerzo por reivindicar al poeta aislado en la soledad de su tierra. Es por ello que encuentra uno sorpresas como la obra de Violeta Tournecanto o de Ramiro José, quienes representan una potente lírica desde Campeche y Durango, respectivamente. Dichos estados eran enviados tradicionalmente a la segunda división por los dueños de la verdad literaria.[3]

A pesar de su precaria distribución y al margen de las opiniones que suscita entre defensores y adversarios, el libro ha comenzado a popularizarse vertiginosamente entre la comunidad literaria. La lista de 50 autores que Espíndola determinó puede ejercer influencia en la forma de entender la poesía mexicana actual, pues al menos intenta ampliar el panorama hasta hoy conocido, con un intenso deseo de sacudir el mundo, como lo haría Jalal Mansar Nuriddin. Entre esos 50 poetas que aparecen se encuentran los siguientes: Mar33 s405 09ñkgm¨. ‘gg948 34$=)f er-{.h 3# …&dh)(/& (&%) (%&  09’808(&&$”” ¡)&$#



(Ah, cabrón, se me dañó el archivo) 



[1] Margules, Antolín (2020). “Entrevista a Samael Espíndola”. Revista de la Universidad de la Vida. Tomo II. No. 4. Pags. 27-31.
[2] Comentario que hizo en una charla telefónica, con lo cual, afortunadamente me evita utilizar la norma APA.
[3] De la Peña, Librado (2020). Yea. Editorial Bronco. Pag. 58.

19.4.20

El gran poeta



Decían que Ataúd (en la casa, en el barrio) era un buenazo para los versos desde chiquillo, porque se aprendía de memoria cuanto poema le endilgaba el calendario cívico y los maestros lo trepaban a declamar en los festivales de la escuela como un acto obligado. Se lucía con sendos poemas a la bandera, a la madre, al día de árbol o a Benito Juárez, según fuera el caso, con la maestría de un Manuel Bernal posmoderno y la ovación de sus compañeritos. Luego replicaba sus triunfos en las fiestas familiares, recibiendo el aplauso de las tías cotorras y del abuelo Samy.
Comenzaron a llamarle poeta y era referencia en el barrio cuando la gente decía “ahí viene el poeta” o los vecinos decían a su hijos: “júntate con ese niño, que es un artista”.
Eso le agradaba, sin embargo faltaba un engrane para hacerle honor al título: escribir la poesía, no sólo recitarla. Así que en un cuaderno de balances que le robó a Samy comenzó a derramar textos de puño y letra pensando ser, algún día, igual a Bécquer o a su Benedetti. Como un loco, un desquiciado, pasaba horas frente al cuaderno, en el cual cayeron infinidad de liras, sonetos, madrigales y caligramas; robustas odas y uno que otro haikú. Por las tardes, en lugar de mirar la televisión, se encerraba en su cuarto y le daba tremendos revolcones a la musa, llenando planas y planas con poemas de amor o canciones que se parecieran lo más posible a los de Lorca. Con ellos pudo conquistar a más de dos amigas, ya en la adolescencia, quienes caían rendidas después de leer las aromáticas cartas que les metía de contrabando en la mochila.
Cuando cursaba la preparatoria, su maestro de español le sugirió que entrara al taller literario de Carlos Antonio de Castro Valenciana, un escritor del Pen Club, quien tenía fama de excelente tallerista y poeta. El tipo escribía una columna crítica en la Ciudad de México, fue ganador de varios juegos florales y dicen que estuvo a punto de llevarse el Aguascalientes una vez, pero el jurado ya tenía el premio en reserva para un ahijado político de Octavio Paz.  
Por supuesto que Carlos Antonio de Castro Valenciana leyó algunas páginas del libro de balances que Ataúd llevó al taller y lo tachó de cursi, anacrónico y otras cosas más. Ese día Ataúd quemó su obra literaria con la rabia de un Nerón y decidió tomar venganza, así que le entró como fiera a la tallereada, escribiendo lo más novedoso del mundillo literario y comprando y leyendo cuanta revista alternativa aparecía, como La zorra vuelve al gallinero o Mandrágora. Cambió a Benedetti por Nicanor Parra y a Bécquer por Gamoneda, tratando de descifrar su técnica hasta que, meses más tarde, recibió por fin un visto bueno de Carlos Antonio de Castro Valenciana, quien, con un guiño inapelable le dijo “felicidades, Ataúd, este es un poema rescatable, que no le pide nada a los de Efraín Bartolomé”.
Para entonces, Ataúd ya había formado amistad y alianza con Vallecillo, Rafaello y otros compañeros del taller, con quienes fundó la revista Trufanía, la cual reproducían con copias fotostáticas y repartían entre conocidos y asociaciones literarias de la ciudad. Hacían múltiples lecturas en el Bar Caetano, leyendo a media luz con una cerveza y un cigarro entre los dedos, haciéndose los malditos, los hijos de la oscuridad. Nomás se miraban los poemas salir como demonios entre cada fumarola. Fue en una de esas noches que leyó por vez primera su poema Clarividencia de licántropos, con el que cautivó al subterráneo público asistente.
Tanta soltura permitió al pequeño grupo de amigos deshacerse de Carlos Antonio de Castro Valenciana, a quien consideraron de un día para otro un estorbo que no entendía la rabia de la poesía disidente. Sus ideas anticuadas ya no satisfacían el ímpetu rebelde de los muchachos. Entonces se llamaron “La Soberana Trufanía” y emitieron una proclama sobre el camino que debía seguir la poesía del siglo XXI, lo cual fue motivo de burla en grupos adversos. Envidias, pues.
Como siempre sucede, Trufanía terminó en dimes y diretes, así que cada quien tomó su camino por el mundo, excepto Rafaello, el cual optó por la fiesta y años más tarde falleció en la banqueta del Cañón Rojo, víctima del placer etílico.
Hoy, el gran poeta Ataúd es un iluminado que se ha forjado a base de picar piedra en el mainstrem y el trend topic del mundo literario. Asiste a los posibles círculos poéticos que se desbordan por la ciudad y en facebook se agrega a cuanto grupo literario aparece, enviando comentarios, memes y periquetes con harto humor e inteligencia cósmica. Entre ellos, abrió uno personal de nombre Poética y sentimiento, en el que ha publicado hasta poemas de Jean-Yves Masson. Sus acertados aforismos y chascarrillos críticos sobre las noticias culturales del día, serpentean con gracia por la red, sumando hasta trescientos likes y retuits al día, así como ofertas para publicar poemas visuales en ciertos blogs, revistas electrónicas y pasquines. Asiste a presentaciones literarias, seminarios y coloquios (sentado en primera fila, por supuesto), donde se hace de libros y amigos “interesantes”, además de leer, si se presta la ocasión, su legendario poema Clarividencia de licántropos, aplaudido cientos de veces por la concurrencia.
 En los concursos de poetas irreverentes llega a las finales y tiene selfies con medio mundo, incluidos los inevitables Hugo Gutiérrez Vega, Eduardo Lizalde, Raúl Bañuelos y Fernando del Paso. A veces asiste a talleres de creación y se codea con el Círculo de Críticos y Periodistas Independientes. No cualquiera.
Ataúd, el gran poeta, pronto cumplirá cincuenta y cinco años y piensa celebrarlo con una magnífica idea: reunir diez poemas (sin faltar Clarividencia de licántropos) y publicar su primera plaqueta.


(Crédito de la fotografía: Bar Malasaña. Diario El País)