27.7.23

Habitaciones furtivas, de Silvia Quezada

 



Rebeca Uribe fue una poeta nacida en Sayula, Jalisco, en 1911. Su obra es apenas conocida, pero alcanzó madurez a su temprana y aún intrigante muerte en la Ciudad de México, cuando apenas contaba con treinta y ocho años de edad. La justicia y la literatura tienen una gran deuda con esta autora, quien no sólo reveló una personal perspectiva literaria, sino que también confrontó las asperezas de un entorno adverso para la mujer. La muerte llegó como presagio en uno de sus versos: Vestida de brumas vino / la muerte-niña hasta el lecho. / Sus ojos, gotas de fronda, / cabezales de ensueño.

Sin duda, es la doctora Silvia Quezada quien con mayor entusiasmo y rigor ha estudiado la vida y obra de esta poeta, pues ya con anterioridad publicó dos libros alusivos: Máscara sin fortuna. Rebeca Uribe (H. Ayuntamiento de Guadalajara, 1997) y Toda yo hecha poesía: Rebeca Uribe: un estudio biográfico (Seminario de Cultura Mexicana, 2013). La doctora Quezada se destaca por una consistente trayectoria como académica, investigadora, ensayista y conferencista; sin embargo, tiene también un libro de narrativa, Gris de lluvia (2013), y ahora decidió incursionar en la novela con Habitaciones furtivas (2022), proyecto seleccionado por el Consejo Estatal Para la Cultura y las Artes en Jalisco (CECA).

Habitaciones furtivas lleva a la ficción la vida de Rebeca Uribe y se construye en episodios ligeros, disfrutables, enlazados por medio de analepsis y cambios de narradores. Si bien, la protagonista de la historia es Érika Mondragón (Uribe), hay un mosaico de personajes (Ana Fénix, Samuel, Úrsula, Adán Vizcarra…), escenas y tiempos que proveen una lectura dinámica. Sin abusar de los recursos literarios, más bien dosificándolos a lo largo de la trama, la autora ofrece una novela placentera, sin solemnidad, pero con respeto a la tragedia de Mondragón y con el rigor que exige una aproximación honesta a la realidad histórica.

Hay, además, una historia paralela, protagonizada por Marcela Cervantes, quien vive en los años ochenta y un día se encuentra frente a tres intrincados problemas: quitarse de encima el matrimonio con un hombre miserable, su interés por el estudio de las letras y la búsqueda de pistas sobre la muerte de Érika Mondragón, a quien descubrió por medio de un libro que estaba a punto de irse a la basura. Si bien, indicios autobiográficos en la historia, al final estamos frente a una obra de ficción, donde el arco de cada personaje traza con autonomía un rompecabezas donde cada pieza fortalece el hilo conductor.

            A lo largo de la novela, se recrean paralelamente los años cuarenta y ochenta del siglo pasado en la Ciudad de México y en Guadalajara, entramando lugares, episodios y postales que nos ofrecen no sólo un retrato de ambas protagonistas, sino del país, con sus complejidades sociales y políticas, sus ajustes de cuentas y su maltrecho sistema judicial. Otro mérito de la novela es que deja abiertos los cabos de la realidad y siembra dudas a los lectores mediante una narrativa que se reconstruye permanentemente, como la vida misma, cuya complejidad suele tener diversos nudos, pero sus desenlaces tienden a perderse en rutas que nunca llegan a cerrar.

Habitaciones furtivas no busca complacer al lector o generarle una empatía forzada con las protagonistas, sino presentar el velo que mantiene aún en tinieblas los días finales de Erika Mondragón y el hermetismo con el que su caso fue tratado por la autoridad, con lo cual se cubre un último acierto del libro: la denuncia sobre el feminicidio y un sabotaje permanente a la justicia. Invitados a leer esta excelente novela.  


11.6.23

Ramaje de sangre, de Alejandro Franco

 


En un “Arte poética”, Jorge Luis Borges insta a “mirar el río hecho de tiempo y agua / y recordar que el tiempo es otra agua”, como el objeto que es y deja de ser al instante, un cauce que no lleva la misma agua ni se sujeta del mismo espacio temporal, pues la naturaleza, en su inasible belleza, no reconoce la perennidad. Lo más que podemos hacer es detenerla en una instantánea o sujetarla por la fuerza en un verso.

Esta encomienda borgiana es uno de los aciertos que encuentro en uno de los libros que tengo en el buró desde hace tiempo: Ramaje de sangre (Ediciones El Viaje, 2021), escrito por el tapatío Alejandro Franco, quien ya antes había publicado Tu rostro sin ti (Acento Editores, 2019), con buena recepción de los lectores.

Sucede que Alejandro Franco construye la sustancia poética de este libro a partir de la naturaleza en movimiento, pero no la del vértigo, sino aquella de sutiles vibraciones que habitan en el árbol, en el vuelo de las aves, en la oscuridad de la noche o en el brillo de las estrellas. Estos elementos son, por sí mismos, la materia que nutre un acto de escribir con todos sus padecimientos y angustias, llevando esas vibraciones al papel con paciencia monástica y silenciosa, como en los siguientes versos:


El tiempo humea y se detiene

en la imagen que capturo

También le doy un sorbo, está caliente  


En el casi medio centenar de poemas de este libro, andan las aves como pobladores recurrentes que aparecen de pronto entre las ramas y el follaje, en algún verso o en el paisaje que sostiene el poema, al igual que las aguas nuevas que hacen cambiar de rostro del río. Es un andamiaje entre el árbol y el papel donde el sujeto escribe y se escribe a sí mismo. Aquí las atmósferas tienen un escenario, pero parecen no tener tiempo, sino un presente delgadísimo, sostenido únicamente por la palabra. Por eso, en cuanto el poeta abandona el paisaje, se desmorona la escena.

Por supuesto que a lo largo de estas páginas también se pueden leer preocupaciones humanas sobre la soledad, el amor, la violencia o la fragilidad de la vida. Como bien lo señala Laura Solórzano en el prólogo, la escritura y sus derivados “son también los vehículos para llegar a otros temas siempre fundidos con el lenguaje”.  Las aves y el individuo habitan con sus dudas y certezas entre las sombras del ramaje, como en las tinieblas de la noche, y desde ahí describen su mundo.

Finalmente, es importante destacar la figura del árbol como insignia en Ramaje de sangre, pues no es sólo una referencia, sino que sostiene buena parte del libro y representa una analogía con el papel donde reverdecen los poemas. El árbol, sosteniendo su microcosmos con vigor y al mismo tiempo consciente de su fragilidad:

 

Cuando el árbol envejece

exhala un último frescor impregnado

por arrullos que elaboran su nido

con los restos del ocaso

Se le desprenden ramas, como brazos lánguidos

y las hojas se vuelven

un agudo rumor de sobrevivencia.

 

En Ramaje de sangre, Alejandro Franco apostó por una poética sostenida con temple, sin violentar el poema con protagonismos ni abordar los temas de moda con la premura de otros autores. Y en ese riesgo, logró una obra uniforme, discreta, como una hoguera que no se consume en la gran llamarada, sino en el calor de las brasas, esas que también hieren y suelen sangrarnos lentamente.


22.1.23

Prueba de resistencia, de Bladimir Ramírez


 

El pasado 21 de noviembre, en la ciudad de Aguascalientes, el escritor Bladimir Ramírez (Zapotlán, 1996) recibió el Premio “Salvador Gallardo Dávalos” por el libro Prueba de resistencia (Paraíso perdido, 2022). Una vez más, como ha sucedido en los años recientes, el sur de Jalisco escala en la literatura mexicana con una generación de autores que están contribuyendo a renovar la narrativa y la poesía, como sucedió hace setenta años con Rulfo y Arreola. Bladimir se suma a nombres que destacan hoy, como Hiram Ruvalcaba, Ricardo Sigala, Alejandro Von Düben, Octavio Hernández, José Luis Vivar o Mar Pérez, entre otros.  

         Prueba de resistencia reúne 20 cuentos sobre la vulnerabilidad del niño o el adolescente que despierta a la sexualidad y al homoerotismo. Describe la violencia de género que sufre en su primer acercamiento a las relaciones de pareja, regularmente (o puedo decir siempre) en un contexto adverso y hostil, encarnado en esos escenarios que supuestamente protegen al individuo y deben estimular su desarrollo afectivo: la escuela y el hogar. Si bien, algunas obras de la literatura mexicana ya habían tratado ese despertar, Prueba de resistencia lo asume con madurez desde la perspectiva homosexual, la cual estuvo latente en nuestra literatura, pero se evadía hasta hoy.

La mayoría de los cuentos, como señalé anteriormente, se ambientan en la secundaria, ese pequeño infierno donde los personajes enfrentan una disciplina inequitativa por su personal instinto de amar y reconocer en la piel del amigo su identidad. La burla, el acoso y la violencia de todo tipo son actos recurrentes y lapidarios que sólo alientan un sentido de culpabilidad o baja estima. Cito tan sólo una línea del libro: “él estaba llorando mientras toda la secundaria se reía”.

En ciertos momentos, la culpa es el castigo mismo y en otros ni culparse es apropiado, como en el cuento “La venganza de las abejas”, donde Erik, incapaz de sostener una humillación que sufren él y Santiago, arremete contra un panal de abejas: “fue por culpa de las abejas que nosotros nos separamos. Fue por culpa   de las abejas que tuvimos que aprender a estar solos, sin el otro, solos de verdad, solos por primera vez.”

El despertar de los instintos eróticos es interrumpido en todo momento por la familia y las “buenas” costumbres, así como por un contexto que no dispensa las tentaciones de los protagonistas y termina por someterlos al desprendimiento, al castigo o la humillación pública. Para ello, y en semejanza con la realidad, cada cuento presenta personajes que, premeditadamente o no, interrumpen el acto de amar y construyen ese gran antagonismo en el libro: y pienso en Daniel, el pendenciero del salón; en Sofía, la prima inoportuna; en Martín, el chismoso de la escuela; y hasta en la trabajadora social y la directora de la secundaria, autoridades que aplican juicios precipitados y sancionan con la mano en la cintura para restaurar la “normalidad”.

Hay que advertir que, frente a la tragedia, el libro no es un lamento, ni siquiera una denuncia, sino un acercamiento sigiloso a la intimidad, un zoom a la experiencia del adolescente. Al narrarse en primera persona, los protagonistas conservan dicha intimidad y exhalan sus deseos con franqueza, logrando inmediatamente una empatía con el lector, con tal eficacia que daría envidia a cualquier cuentista. El lector, entonces, se apropia de los quehaceres de los personajes, de sus dudas y pesares, placeres y asombros.

Esta capacidad narrativa de Bladimir, acredita su oficio y cuidado al escribir. Además de una economía de recursos en Prueba de resistencia encontramos un humor jaspeado, no ese humor grotesco que pretende inundar las páginas a carcajadas o hacer derroche en la vulnerabilidad de los personajes, sino el de pequeñas dosis, a ratos imperceptible. Además, también suaviza la adversidad con pequeños triunfos, como la expulsión de Daniel (el niño bravucón de la escuela), el ataque al panal de abejas, o el gol del Gargajo que dio el campeonato de futbol a su equipo: “Nunca antes me sentí tan querido. Cuando me cargaron, me arrojaron varias veces al aire; una red de manos me atrapaba, me rodeaba, me poseía. Sentí muchas manos en las piernas, en los muslos, en las nalgas, en cada parte de la espalda. Ese era el verdadero trofeo.”

Prueba de resistencia es un libro para el goce, un acto tan necesario en nuestra literatura. 

15.4.22

El sitio de fundación de Santa María de los Lagos

Entre los siglos XV y XVIII, la corona española estableció, desarrolló y perfeccionó una serie de criterios para la localización geográfica de nuevas ciudades en el llamado Nuevo Mundo. Estos criterios dependían de la función, jerarquía, accesibilidad y condiciones del territorio a ocupar, tales como la dominación del territorio, la existencia de asentamientos indígenas, el acceso al abastecimiento de agua y materiales de construcción, un clima agradable, terrenos para cultivo o explotación forestal y un adecuado emplazamiento de defensa, entre otros.

      Para homogenizar la elección del lugar y trazado de las ciudades se establecieron lineamientos comunes, específicamente en el Libro IV de las Leyes de Indias, promulgadas en 1533 y, posteriormente, en las Ordenanzas de Descubrimiento, nueva población y pacificación de las Indias, dadas por Felipe II en 1573. Estas ordenanzas se aplicaron según el interés que las administraciones locales tenían sobre cada territorio ocupado.       

        La empresa colonizadora en América, sobre todo en el siglo XVI, fue colosal, pues emprendió simultáneamente poblar los territorios descubiertos y explotar su riqueza en beneficio de la corona, además de garantizar la permanencia de la “civilización” española por medio del control político, militar y religioso. Según Porfirio Sanz Camañes, entre 1522 y 1573 “la política fundacional española alcanza su máximo apogeo, con la fundación de cerca de 200 ciudades”[1] con funciones variadas: político-administrativas, agrícolas, ganaderas, artesanales, mineras, portuarias, comerciales, religiosas, militares o culturales.


El acto de fundación de una ciudad estuvo muy relacionado, por lo general, con el mantenimiento y control de la posesión de la región circundante. Las fundaciones solían obedecer a dos patrones, bien para ocupar una región o bien para confirmar los territorios ocupados, con términos jurisdiccionales extensos e imprecisos que en ocasiones llegaban hasta los lindes de las tierras conocidas.[2]

El virreinato de la Nueva España, en su proceso de expansión y urbanización, estableció una red de asentamientos y caminos para facilitar el tránsito de minerales, especialmente en la mesa central. Una vez que se descubrieron las minas de Zacatecas, en 1546, se consolidó el “Camino de la plata” hacia la Ciudad de México, primero por veredas poco definidas y luego por una ruta que con el tiempo se llamó Camino Real de Tierra Adentro, pero siempre con el riesgo de cruzar parajes asolados por los nativos, quienes llegaron a boicotear el paso de la plata con encono.

      Como lo comenta Carlos Gómez Mata, “la obligada construcción del ramal de tierra adentro” se efectuó “habiendo partido por la mitad el corazón del territorio de los Chichimecas, en abierto desafío a las feroces huestes guerreras de cuachichiles, xiconaquis, custiques y tecuexes, principalmente”[iii]. Esta situación derivó en constantes asaltos, robos y secuestros por parte de los nativos, quienes se consideraban herederos del territorio, en una tradición que se remonta al Horizonte Clásico de la datación precolombina.

       Por supuesto que las acciones beligerantes no fueron privativas de estos pueblos, sino también de los españoles, quienes en una ambición desmedida por extenderse y saquear las riquezas de los centros mineros cercanos (Zacatecas, Comanja y Guanajuato), emprendieron una “pacificación” por medio de las armas y una permanente intimidación de sus adversarios por diversos medios. El mismo Hernando de Martel, fundador de Lagos, en su juicio de probanza de méritos señaló haber tomado más de mil quinientas “criaturas” de los indios y entregarlos a personas españolas para que “las industriasen en nuestra santa fe católica”.

      Uno de los parajes más peligrosos era entonces el valle de Pechititán y sus alrededores, donde hoy se asienta Lagos. Era imposible la tregua entre nativos y españoles en un sitio con abundancia de agua, fertilidad de la tierra y una topografía que permitía el tránsito a los cuatro puntos cardinales. Había sido explorado hacia 1530 por el capitán Pedro Almíndez Chirinos, con el fin de reconocer los territorios que conformarían la provincia de Nueva Galicia. Sin embargo, tres décadas después las hostilidades seguían.

Por lo anterior, la Audiencia de Guadalajara, ordenó a Hernando de Martel, Alcalde Mayor de Teocaltiche, la fundación de la villa de Santa María de los Lagos para proteger los intereses de la corona. El 31 de marzo de 1563 se llevó acabo el protocolo de fundación y un mes después, el 3 de mayo, se levantó el Auto de posesión de la villa, en la que el escribano Juan de Arrona consignó el trazo del asentamiento a partir de una cruz en el centro de la plaza.

      Las condiciones geográficas y climáticas para el nuevo asentamiento eran inmejorables, especialmente por la abundancia de agua. La misma Audiencia señaló “que se haga y edifique y pueble un pueblo de españoles en los llanos de los Zacatecas en un sitio que es cerca de unas lagunas que hay que se llaman Los lagos, el cual pueblo se ha de llamar Santa María de los Lagos…”

El nombre de Los lagos fue adoptado porque en las primeras exploraciones se pensó que existían varios vasos lacustres. Salvo por la laguna de San Juan Bautista, hacia el norte de la villa y en la zona baja del valle, lo que realmente existían eran manantiales y ciénegas. Parte del territorio se anegaba durante ciertos periodos del año, semejando lagunas. Para una región semiárida, dicho territorio y la cuenca del río debieron ser un paraíso. Además, se garantizaba el abasto de agua doméstica dada por el río Lagos y por la facilidad para construir pozos artesianos y norias, debido a que los mantos freáticos en el valle y en las cercanías del río estaban a flor de piel. Alonso de la Mota y Escobar describe el paisaje

 

El sitio de esta villa es el mejor de este reino; cae en tierra llana y tiene dos ríos caudalosos por la parte oriente de que bebe todo el pueblo. Es de temple muy sano, fresco y apacible, aunque falto de leña por no tener en muchas leguas alrededor montaña. Hacia la parte del sur hay unos grandes humedales y ciénegas que tienen todo el año mucho y buen pasto…”[iv]

Esas áreas fértiles permitieron cultivar la tierra con granos básicos, hortalizas, especies frutales y forrajes; otras fueron aprovechadas para el ganado y pastoreo. Además, en esa época el real de las minas de Comanja aportaba otro tipo de explotación y riqueza que mantuvo el interés de la Audiencia por el territorio.

            Por otra parte, el emplazamiento de la villa, entre el río y la serranía, permitió dominar visualmente el valle. El cerro de la Calavera, donde hoy se localiza la parroquia del Calvario, disponía una vista despejada para otear hacia el sur, pero también hacia las mesetas del poniente, oriente y norte, donde se perdía el camino de la plata. La orografía, por tanto, fue fundamental en la defensa de la villa y de los caminos.  

El río Lagos tenía un caudal irregular, según la temporada del año, por lo que fue un factor decisivo en el diseño de la traza y la casa fuerte. En temporales altos solía desbordarse y los conductos de plata quedaban varados hasta por semanas. Su confluencia con el arroyo del Guaricho constituía un borde natural, ideal para construir la defensa. Por tradición se ha señalado ese sitio como el lugar exacto del baluarte, aunque por las condiciones topográficas e hidráulicas es posible que tuviera edificación en ambas márgenes del río, asegurando no sólo el paso del río sino la defensa de la villa española y resguardo en ambas márgenes, al menos con garitas o muros contrafuertes para salvar la villa de inundaciones y asaltos de los nativos. Es extraño que tuvieran que pasar tres siglos para la construcción de un puente digno para sortear el cauce.

         Tampoco hay certeza del sitio en el que existió la primera cárcel. En la agonía de la colonia, en 1792, José Méndez Valdés, escribió que la villa de Lagos tenía “cárcel muy mala, situada a las márgenes del río con el mismo nombre, y expuesta al rigor de las crecientes que toma en abundancia las aguas, cuyo paso es peligroso en tiempo de ellas…”[v] Por lo tanto, podría inferirse que el baluarte (o casa fuerte), el presidio y la cárcel, en el caso de Lagos, pudieron formar parte de una misma edificación, sobre todo si consideramos que con el número de vecinos y la premura por contar con los equipamientos básicos en el primer siglo (iglesia, cárcel, presidio, baluarte, casa de gobierno, trojes…) era evidente levantar una arquitectura multifuncional que con el tiempo se fue diversificando en el mapa y en la calidad constructiva.   

La traza a regla y cordel partió a una distancia aproximada de 200 varas del río (lo cual garantizaba que al menos las inundaciones no llegaran hasta la plaza), con calles en damero a los cuatro vientos, posiblemente con las 25 manzanas que se planteaban por tradición en las ciudades de la América hispana y que se institucionalizaron en las Ordenanzas de Felipe II una década después. Estas manzanas albergaron la iglesia, la casa de gobierno, los solares de los vecinos y sus respectivos huertos. Según Hugo Reyes García, las casas de los primeros vecinos “seguramente estaban hechas, en ese momento, de morillos y zacates, ya que don Hernando de Martel estaba apremiando a la audiencia de Guadalajara a que le concediera indios para hacer casas de terrado…”[vi]

El primer siglo de la villa fue de penurias y con un crecimiento limitado, corriendo el riesgo de despoblarse en algún momento. La bonanza del lugar no garantizaba seguridad ni futuro, pero con el tiempo y la resistencia de sus pobladores logró consolidar una de las villas más prósperas del virreinato. Se incorporaron barrios de indios, llegaron las órdenes regulares a fundar conventos, se construyeron estancias, pueblos de indios con ascendencia tlaxcalteca, obras de infraestructura, edificios a cal y canto, equipamientos y una identidad propia que fueron consolidando el futuro de este baluarte en un valle prodigioso.■

 


[1] Sanz Camañes, Porfirio (2004). Las ciudades en la América Hispana. Sílex Ediciones. Madrid, España. Pag. 28.

[2] Sanz Camañes, Porfirio. Op. cit.Pag. 26.

[iii] Gómez Mata, Carlos (2006). Lagos indio. Universidad de Guadalajara. Pag. 33.

[iv] De Alba, Alfonso () Antonio Moreno y Oviedo y la Generación de 1903. Biblioteca de Autores Laguenses. Pag. 80

[v] Descripción y censo general de la Intendencia de Guadalajara 1789-1793. (1980) Gobierno del Estado de Jalisco.

[vi] Reyes García, Hugo (1998) “Historia urbana de Lagos de Moreno”, en La ciudad en Retrospectiva. Luis Felipe Cabrales barajas y Eduardo López Moreno (compiladores). Universidad de Guadalajara. Pag. 249. 

21.2.21

Convivir en el suburbio

 

(Fotografía: Metascopios. Revista de arte y cultura)

Ahora que esperamos el “fin” de la pandemia, se nos hace tarde volver a las calles y retomar con entusiasmo el espacio público, sin cintas en los parques ni cubrebocas, además del anhelo (dicen algunos) de “abrazarse” y recuperar un paraíso supuestamente perdido, donde alguna vez fuimos “normales”.  Se precisa recuperar dinámicas urbanas que favorezcan la convivencia en sociedad y vuelvan generosos esos espacios públicos.

Sin embargo, vivir la ciudad no es únicamente recorrerla en auto los sábados por la noche, de antro en antro y de beso en beso, sino habitar sus parques, acudir al teatro y a las exposiciones de arte, consumir en mercados y establecimientos locales, ser productivos en el centro de trabajo, utilizar los escenarios deportivos, restaurantes y loncherías; pero, sobre todo, enfrentar y sanear las relaciones humanas con quienes comparten una célula fundamental que puede dar nueva cohesión, identidad y seguridad (ahora más que nunca) a nuestra vida en comunidad: el barrio o la colonia.

Pero, si en la ciudad tiene su complejidad esa convivencia ¿puede esto activarse en los fraccionamientos de los suburbios, esos novísimos centros de concentración que se han desarrollado en la anarquía, con promesas de un buen porvenir que nunca llega y una indiferencia hacia y entre sus habitantes?

Si bien, los suburbios aún requieren años para consolidarse, es imprescindible proyectar en ellos espacios de convivencia, consumo y recreación que estimulen lazos entre sus habitantes. Se procura garantizar las obras de urbanización mínimas y la dotación de servicios básicos, pero los equipamientos y áreas recreativas suelen esperar. Las áreas de cesión para equipamientos urbanos permanecen como lotes baldíos durante años: es su polvoriento destino. Bien podrían ser tomadas por los comités vecinales y no dejarlas al amparo de la autoridad, para construir canchas deportivas y espacios dónde celebrar una verbena, un cine club o un tianguis interno. Es fundamental tamizar la interacción de la comunidad con proyectos y actividades que aniquilen ese horrendo concepto de “ciudad dormitorio” que nos dejó el siglo XX, porque los centros urbanos no deben tener una vocación tan limitada. Recuperar, sin añoranzas sentimentales, el modelo de convivencia que nos ofrecían en los barrios el campo de futbol o la tiendita de la esquina, hoy sustituida por el frío Seven Eleven.

Aquel concepto romántico de la suburbia estadounidense que se intentó adaptar para México, donde el futuro sería de plenitud y confort, sólo ha dado como resultado un lamentable regadío de fraccionamientos en las periferias de las ciudades, alentado por instituciones de vivienda y promotores, cuya oferta de bienestar responde a fines mercantiles y no al ordenamiento territorial. Habitar el fraccionamiento allá en el páramo se convirtió en un pesar, con viviendas deficientes, vicios ocultos en las obras de infraestructura y un grave costo para la movilidad urbana, pues lejos de resolver un problema de comunicación, alejó a los habitantes de equipamientos, servicios y centros de trabajo, convirtiendo al automóvil en su cordón umbilical y a las carreteras en territorios cada vez más lentos e inseguros.

Los fraccionamientos que en un momento fueron promisorios ahora enfrentan graves problemas de descomposición urbana y social, donde buscar la convivencia es regularmente faraónica. Por ejemplo, en los fraccionamientos de Tlajomulco, Jalisco, se calculan más 70 mil viviendas sin habitar, algunas abandonadas definitivamente por sus dueños y otras desmanteladas por los mismos vecinos. Estos huecos físicos generan también huecos de cohesión e identidad que se deben atender con urgencia.

Esta fractura seguirá expuesta mientras para las autoridades e instituciones de planeación, ordenamiento y regulación urbana los problemas de vivienda se resuelvan “adquiriendo” la vivienda y ya. Y mientras para sus habitantes lo fundamental sea tener a la mano un Aurrerá por encima de la escuela, la clínica, el centro deportivo o un foro de arte.


2.1.21

Lagos de Moreno como escenario en la novela


A lo largo de los años, la geografía, paisajes y sitios de Lagos de Moreno han sido materia creativa para poetas, cuentistas o ensayistas. En el caso de la novela, hay algunas obras en las cuales la ciudad ha sido el escenario para el desarrollo de las historias que ahí se cuentan. Enseguida enumero brevemente algunos ejemplos de estas.

El imprescindible Mariano Azuela hace referencia de su ciudad natal en diversos momentos, pero es en su primera etapa como novelista (las primeras dos décadas del siglo XX) cuando la sitúa como escenario central. En Los fracasados (1908), Lagos aparece con el nombre de Álamos del Sagrado Corazón, con sitios locales que se identifican fácilmente, aunque en realidad encarna a cualquier población mexicana de principio del siglo XX, donde la lucha de poderes locales y el despertar de la conciencia colectiva anuncian la revolución por venir. Por su parte, Mala yerba (1909) describe más bien la zona rural laguense, un paraje ficticio cercano a la Mesa Redonda. Es una intensa historia sobre la vida en las haciendas, donde las desigualdades sociales y las pasiones atan y desatan la fatalidad.

Al igual que en Los fracasados, Azuela sitúa también Sin amor (1912) en el ambiente urbano de Lagos, centrando las acciones en la porfía de Lidia Romero y su hija por alcanzar cierto status social. De este libro dice Sergio López Mena:

Sin amor es una novela sobre la hipocresía y la falsa moral observadas por Azuela en su pueblo. Descubre            que hay falta de correspondencia entre las ideas religiosas y morales de la gente y las acciones que ésta                lleva a cabo. Escribe, entonces, para delatar esos desajustes. Revela que entre los habitantes de Lagos hay          quienes simulan grandeza de sentimientos que en verdad no poseen.[i]

 

Finalmente, en Los caciques (1917) describe el turbulento periodo revolucionario en Lagos durante al gobierno de Madero y su caída. Los actores políticos y económicos de la ciudad alteña (la cual, como en el resto de sus novelas, no se menciona) toman partido según sus intereses y se enfrentan entre sí, haciendo de la turbulencia nacional una réplica local, con sus propios argumentos, actos de justicia y hasta traiciones.

A mitad de siglo XX apareció Dalia (Biblioteca de Autores Laguenses, 1953), segunda novela de Alfredo Márquez Campos. En ella se cuenta una historia de amor con desenlace adverso. Lagos de Moreno, la Quinta Rincón Gallardo y sus alrededores, son el escenario principal. El ambiente urbano es etéreo, nebuloso, subordinado a las emociones del periodista Gabriel Dover y su relación con Dalia Rubello, una bailarina enigmática. Márquez Campos también sitúa la ciudad de manera periférica en Soledades (1954) y en Lejos quedó el pueblo (1950), donde Tlacuitapa es el centro de las acciones.


El tercer canto del gallo (1957), del periodista José Pérez Moreno, es una historia que se despliega desde la nostalgia y los recuerdos del protagonista en el ficticio pueblo de Álamo, a principio de siglo XX, cuya aristocrática paz es violentada por la revolución armada de 1910. Los lugares, personas y sucesos son evidentes referencias a Lagos y algunos se sustituyeron por otros nombres, como “El Portal Hidalgo”, el cuarteto del “Maestro don Apolonio”, el kiosko “con cúpula en forma de campana”, los juegos florales en el “Teatro de la Independencia”, “La fama italiana” y los bailes en La Lonja, entre otros. Después de intensos itinerarios durante la revolución armada, un día la tropa en la que participa el protagonista llega al Lagos real y reconoce que allí “tal vez habría vidas de jóvenes parecidas a la mía. Quizás esa población respiró el ambiente de mi ciudad nativa”. Este paralelismo entre Álamo y Lagos contribuye a separar la ciudad imaginaria de la real.

En 1973 aparece El tamaño del infierno, obra con la que Arturo Azuela se inició como novelista. En ella relata el vínculo entre varias generaciones de su familia, la tierra de origen (Lagos) y la tierra de destino (Ciudad de México). Aquí los nombres geográficos son reales, excepto aquellos que se refieren a Lagos de Moreno, que aparece como Lagunillas del Rincón; su río se llama Río de la Misericordia; La colina del Calvario se llama Cerro Pelado y Pedro Moreno, el héroe local de la insurgencia, aparece como Pablo Rincón.

Crecimos en el pueblo y en el rancho, en la botica de la Asunción y en La Providencia, así como en las escalinatas de la parroquia y en las faldas de la Mesa Redonda y del Cerro Pelado. Sin lugar a dudas, por ese entonces, éramos en Lagunillas una familia floreciente.

 

Esta novela registra el cosmos rural y urbano que enriqueció una etapa de la estirpe Azuela. Tuvo una gran acogida por la crítica y a la fecha lleva múltiples ediciones.        


Álvaro Enrigue, en Vidas perpendiculares (Anagrama, 2008), narra la vida de Jerónimo Rodríguez, un niño que nace en Lagos en 1936 y tiene la particularidad de recordar sus diversas reencarnaciones, las cuales aparecerán intermitentemente a lo largo de la historia. Describe un pueblo en permanente somnolencia, “donde al parecer nunca ha sucedido absolutamente nada después de las nueve de la mañana, cuando ya pasó la misa y ya se terminó la ordeña de las vacas”. Sin embargo, ese aparente vacío está pleno de actitudes y circunstancias morales y familiares que afectan a Jerónimo. Por ejemplo, en cierto episodio es enviado a vivir a la azotea de su casa, donde se entretiene leyendo libros que saca de la biblioteca pública con ayuda de una de sus sirvientes, a quien recuerda como una fenicia de otra vida.

Por su parte, Juan Pablo Villalobos, es autor de Si viviéramos en un lugar normal (Anagrama, 2012), novela sobre la ruralidad cosmopolita (disculpen tan rimbombante concepto) que vivía Lagos en los años ochenta, donde todo solía suceder, a pesar de las limitaciones urbanas, sociales y geográficas. Al mismo tiempo, presenta el despertar en la conciencia de Orestes, el niño protagonista, quien sentencia desde las primeras líneas los pormenores del contexto:

Déjenme decir de una vez cuatro cosas de mi pueblo, para quien nunca haya venido por aquí: hay más vacas que personas, más charros que caballos, más curas que vacas y a la gente le gusta creer en la existencia de fantasmas, milagros, naves espaciales, santos y similares.

 Con la acidez que caracteriza a la narrativa de Villalobos, esta historia asalta una y otra vez al lector con una serie de conflictos políticos, familiares e individuales en los que todos hemos aterrizado alguna vez.   

Más reciente es la novela de Roberto Castelán Rueda titulada La niña y el sacerdote (La zonámbula, 2019). Basada en un caso real, trata sobre la vida de una niña (Ofelia) a quien un sacerdote (Enrique) convierte sistemáticamente en su pareja sentimental, mediante el abuso sexual, el adoctrinamiento y la complicidad de la moral católica. El contexto a modo favorece la relación y somete a la víctima de pederastia a ceder ante el poder, asumir una supuesta resignación y acumular culpas a lo largo de su vida. Lo mismo sucede en las altas esferas del Vaticano que en una comunidad marginal o en Lagos de Moreno, un sitio complaciente para el abuso donde, en apariencia, se vive en concordia: “un lugar donde la gente camina saludándose, se para a platicar en la banqueta y detiene su automóvil en medio de la calle en espera de un familiar… cuya quietud es rota día y noche por las notas de narcocorridos surgidas de las bocinas de costosos equipos de sonido”. Paralelamente, la novela relata el caso de Juanito, para quien el abuso no ha dejado sino una acumulación de rabia, marginación e infortunios, a diferencia de su amiga Ofelia.

Apenas salida de imprenta hace unos meses está la novela reciente de Dante Medina: Por aquí pasaba un río, y yo también (CULagos, 2020), un itinerario por los barrios, los cafés, las calles, anuncios y personajes imaginarios y reales que en Lagos de Moreno sorprenden al protagonista, construyendo un ambiente fantástico y universal.


 [i] López Mena, Sergio. “La narrativa de Mariano Azuela, 1895-1918”. Literatura mexicana, Vol. 21, No. 2, México, 2010. Versión On-line ISSN 2448-8216. Vista en  http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0188-25462010000200007

24.7.20

Relevo generacional de la literatura en Lagos


¿Por qué tengo el aire de la esfinge en casa?
me pongo a bailar, a comer, a ver cómo es Lagos
qué tiene su paisaje desde mi casa
cuánto abarca
allá, en mi
¿Hasta dónde me enmudece?
¿Hasta dónde me cansa?
Reyna de la Torre

Fuera de Guadalajara, Lagos de Moreno era la única ciudad que gozaba de vida literaria en Jalisco en el siglo XIX, mediante grupos de autores que han sido ya consignados por la historia una y otra vez. Esta tradición por las letras, aunque intermitente, se mantuvo durante todo el siglo XX y se ha estudiado con amplitud en diversas investigaciones, entre las que destaca el estudio realizado por la doctora Irma Esthela Guerra, titulado Escritores de una ciudad encantada. El grupo literario laguense de 1903, así como las obras de Alfonso de Alba y Sergio López Mena, entre otros.
Aunque algunas décadas fueron escasas en producción literaria, partir de la década de los noventa no ha cesado la actividad en las letras gracias a esfuerzos de escritores, instituciones y grupos independientes. Fue en 1990 cuando se formó el taller literario de la Casa de la Cultura y, posteriormente, el taller literario El Tlacuache, el colectivo Contracorriente en Provincia y, ya en la primera década de este siglo, el taller literario El páramo, además de los talleres impulsados desde el Centro Universitario de los Lagos y la Dirección de Cultura del Ayuntamiento.
Entre 1990 y 2010 existieron revistas, boletines y fanzines impresos que incorporaron parcialmente o en su totalidad trabajos literarios de autores locales: Paralelo 21, Tinta nueva, Cuadernos del Tlacuache, Luna lúgubre, Slam, La araña patona, Cronos, Petra, Ágora, Baluarte, Mientras pasa la tarde y Nuestras raíces, además de los espacios que ofrecieron los diversos periódicos locales. Como suele suceder con las publicaciones periódicas culturales, la mayoría no corrieron con la suerte de superar la docena de números; sin embargo, se convirtieron en materia de consulta para documentar la vida literaria en Lagos durante esos años, cuando los poetas y narradores jóvenes podían contarse con los dedos de las manos.
En este periodo se publicaron libros de diversos autores en los géneros de poesía y narrativa y se realizaban recitales, talleres literarios y cursos en los espacios independientes u oficiales dedicados a la cultura, como la Biblioteca “María Soiné de Helguera”, la Casa de la Cultura, la Escuela de Artes, el Centro Universitario de los Lagos (con la extinta Casa Serrano), además de algunos bares, galerías y espacios alternativos.
De la generación surgida en los años noventa, solamente algunos autores siguen vigentes en las letras, mientras que otros decidieron abandonar su rol literario una vez superado el ardor de la juventud, como suele suceder comúnmente en cualquier manifestación del arte. Por el momento, no es de mi interés mencionar a ninguno, sino enfocar este artículo a esos autores menores de treinta años que están construyendo la literatura actual en Lagos de Moreno, pues es un movimiento amplio y plural, digno de difundirse y sumarse a manifestaciones paralelas en otras ciudades y regiones. Estos nuevos poetas, dramaturgos y narradores, a diferencia de la generación previa, se encontraron en la era digital y han explotado nuevos soportes para difundir su obra, mediante páginas electrónicas, blogs, tubes, podcasts y redes sociales, así como espacios en Radio Universidad de Guadalajara, encuentros literarios, periódicos locales y fanzines impresos.
 De esta nueva generación, quien ha tenido mayor relevancia es Román Villalobos, poeta que ya se acerca a la tercera década de edad y tiene una permanente actividad en diferentes espacios impresos y digitales, pues no ha dejado de producir poesía desde la adolescencia. Entre sus libros destacan Pequeña ciudad eléctrica (2016) y Sutra del vagón (2019), libro producto de una beca del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA).
En la dramaturgia destaca Aarón Alba, quien inició como actor en grupos teatrales locales y en 2013 decidió aventurarse en el rol de autor de sus propios libretos. Su pieza Tu Frankinstein nunca fue mi quijote fue estrenada en la Semana de la Dramaturgia Nuevo León, en 2016. Actualmente radica en la Ciudad de México, donde comparte la dramaturgia con la actuación.
Por su parte, Venancio Villalobos es un joven director de cine y guionista, con formación en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, entre cuyas obras destacan los cortometrajes Ni en la más oscura de mis tardes, Ahí donde nos quedamos y Lo negro de la tierra, con una sensibilidad narrativa que le ha llevado a competir como guionista en el Festival Internacional de Cortometrajes en México.
De los géneros literarios, es la poesía quien cuenta con mayor cantidad de exponentes jóvenes, entre los que podemos mencionar el trabajo de Ada Martínez, Roy Ornelas, Juan Manuel Cedillo, Nancy Cedillo, Edgar Macías, Dalia Zamora, Lucy Cruz, Aarón Navarro, Luz Atilano, Julia Castro e Isabel Escobedo. En varios frentes literarios se ha conglomerado la participación de estos autores, destacando hace unos años el grupo formado en torno al periódico literario Los idus de marzo, del que emergieron poetas como Paul Martínez, Reyna de la Torre y el ya citado Román Villalobos.
Es importante señalar que la licenciatura en Humanidades del Centro Universitario de los Lagos ha sido un indiscutible punto de cohesión para que algunos de estos jóvenes se hayan identificado, no sólo en la formación académica, sino en foros literarios, talleres y publicaciones escolares. A los autores locales se suman aquellos de otras ciudades que arribaron para su formación profesional. De hecho, fue en el CULAGOS donde se editaron dos libros colectivos de poesía que inauguran esta generación: Paso de pieza (con poemas de Román Villalobos, Nancy Cedillo, Paúl Martínez e Isabel Escobedo) y La representación del incendio (con obra de Azazel Herrejón, Aarón Navarro, Juan Antonio Orozco, Paul Carrillo y Ada Martínez), ambos bajo el sello de Editorial Universitaria, dirigida por la maestra Yamile Arrieta. “Mañanas antes de las 10:00” se titula el siguiente poema de Isabel Escobedo, ejemplo de esta literatura renovada que busca nuevos signos para revelarse:

Los he convocado aquí para desayunar…
Pero fíjense que no se va a poder.

Estómagos
que de nada sirven
devuelven todo a pesar de la etiqueta
inexistente.

Estómagos que se inflaman
y te hacen sufrir al comer.

Reunidos como hermanos
miembros de esta mesa
íbamos a comer

Pero fíjense que no se va a poder.[1]

Además de la publicación de estos y otros libros, un aspecto que ha favorecido el impulso de las letras emergentes es el trabajo en colaboración, pues los colectivos de escritores se han convertido en su mejor gestor, impulsando lecturas públicas y ediciones para difundir el trabajo poético y narrativo de autores que antes no tenían espacios de difusión.
Por una parte, destaca Perro negro de la calle, revista electrónica que llegó ya a su número 45, impulsada por la tenacidad del trío conformado por Amaury R. Ledesma, Alfonso Koyoc y Jesús Prado, quienes de manera independiente sostienen el proyecto desde hace ya casi cuatro años, alternando la literatura y las artes plásticas con disciplinas periféricas a la revista, como la danza, el video y la música, entre otras.
Perro negro de la calle ha sumado autores de México y el extranjero, así como locales, entre los que podemos mencionar a J.L. Zúñiga, Samuel Pérez Zermeño, Paul Martínez Facio, Nancy Elizabeth Alcaraz Salazar, Rodrigo Ramírez Murguía, Sergio Medina, Joel Gómez Salas, Fernando Bonilla González, Antonio Alcaraz, Eliza Palacios y la tepatitlanense Anayanci de Alba.
Además, Amaury y Koyoc han impartido talleres de microcuento para niños y producido varios videos y audiocuentos con obra original. Esta jauría se abre a todos los espectros posibles del lenguaje sin contemplación, como lo señalan en uno de sus videos: “Géneros hay muchos, posibilidades todas. Por ejemplo, el fantasma de un arquitecto que retorna siempre a la postal urbana que más amó…”
Amaury es de los pocos narradores laguenses en la actualidad. Cultiva el género de horror, que le ha valido una notable aceptación en publicaciones nacionales y del extranjero. Este es un fragmento del cuento “Donde los poetas pertenecen”:

Risto contempló frente a sus ojos el lugar que todos ahí odiaban y despreciaban; un enorme agujero en el terreno de roca sólida, de unos veinte metros de diámetro. Un abismo tan imponente que a cualquier otro le hubiese hecho templar las piernas presa del vértigo. Ese abismo parecía no tener fondo, la luz incluso se apreciaba tragada por esas profundidades. Se entendía el hecho de que los temerosos nativos no quisieran ni acercarse a aquel lugar, pues con tan sólo ser visto, se accionaba una alerta de peligro y un claro instinto de auto preservación en ellos.[2]

Perro negro de la calle tiene ya una edición impresa llamada “Fundadores” y proyectos de colaboración con colectivos y revistas de diferentes latitudes de Latinoamérica, por lo que son un referente de la literatura al que se le augura un futuro amplio.
Más reciente, pero con actividad constante en la escena literaria local, la poesía ha reunido también al colectivo Elefante blanco. Como ellos lo señalan, “todos y todas provenimos de distintas latitudes, pero hemos sido encontrados por el azar en la ciudad de Lagos de Moreno”. Elefante blanco está integrado por Juan Antonio Orozco, Reyna de la Torre, Sam Peraza, Aarón Navarro, Laura Aguirre, Jorge Cualquiera, Diana Narváez, Andrés Acosta y David Barajas, entre otros, quienes además de la creación literaria asumen un activismo social en la defensa del medio ambiente y los derechos humanos.
Publican un fanzine con el nombre del colectivo, el cual se distribuye en la ciudad, además de una página electrónica en la que pueden disfrutarse textos poéticos, audios y video, tanto de los miembros del colectivo como de colaboradores invitados. Además, reconocen en las redes sociales un instrumento de difusión masiva e inmediata de la palabra escrita. Como muestra, va el siguiente fragmento de “Sin embargo me dices que somos jóvenes”, poema escrito por David Barajas:

alguna vez te dije que llorar es
otra forma de creernos,
el albor de nuestras voces pa(u)sadas,

y en preludio de nuestras sombras escucho
el raquítico graznido del jilguero
que anuncia el relevo
de tu ausencia[3]



o este otro, “Pan tostado”, de Laura Aguirre:

Último mordisco:
Sabe a una mezcla
de felicidad con nostalgia.
Una casa que ya no visito.
Una abuela que casi no escucha.
Unos vecinos que se han mudado.

Ojalá que el pan tostado
nunca se terminara.[4]

Como suele suceder con las generaciones de jóvenes que irrumpen en la literatura, seguramente algunos de estos autores no proseguirán con el tiempo en las letras, pero constituyen, por el momento, la vibración que la palabra en Lagos de Moreno y la región necesitan para mantener esa energía latente desde hace décadas. Me despido, pues, con este fragmento del poema “Volver”, obra de Sam Peraza:

Puedes volver a verme
Podemos incluso volver.
Ser más o menos felices estando más o menos juntos.
Puedes incluso hacerme daño de nuevo, porque sé que lo harás.
Estoy seguro de que puedo volver a amarte.
Dejar todo a tus pies.
Sentir el calor de tus labios y escucharte decir mi nombre en las mañanas.[5]




[1] Escobedo, Isabel et al. (2015) Pieza de paso. Ediciones CULagos. 94 pags.
[2] Ledesma, Amaury R. “Donde los poetas permanecen”. Visto en https://drive.google.com/file/d/1Oz34ZNQtS4OLBpo1a0jUxzlHNwc_3Ppm/view