2.1.21

Lagos de Moreno como escenario en la novela


A lo largo de los años, la geografía, paisajes y sitios de Lagos de Moreno han sido materia creativa para poetas, cuentistas o ensayistas. En el caso de la novela, hay algunas obras en las cuales la ciudad ha sido el escenario para el desarrollo de las historias que ahí se cuentan. Enseguida enumero brevemente algunos ejemplos de estas.

El imprescindible Mariano Azuela hace referencia de su ciudad natal en diversos momentos, pero es en su primera etapa como novelista (las primeras dos décadas del siglo XX) cuando la sitúa como escenario central. En Los fracasados (1908), Lagos aparece con el nombre de Álamos del Sagrado Corazón, con sitios locales que se identifican fácilmente, aunque en realidad encarna a cualquier población mexicana de principio del siglo XX, donde la lucha de poderes locales y el despertar de la conciencia colectiva anuncian la revolución por venir. Por su parte, Mala yerba (1909) describe más bien la zona rural laguense, un paraje ficticio cercano a la Mesa Redonda. Es una intensa historia sobre la vida en las haciendas, donde las desigualdades sociales y las pasiones atan y desatan la fatalidad.

Al igual que en Los fracasados, Azuela sitúa también Sin amor (1912) en el ambiente urbano de Lagos, centrando las acciones en la porfía de Lidia Romero y su hija por alcanzar cierto status social. De este libro dice Sergio López Mena:

Sin amor es una novela sobre la hipocresía y la falsa moral observadas por Azuela en su pueblo. Descubre            que hay falta de correspondencia entre las ideas religiosas y morales de la gente y las acciones que ésta                lleva a cabo. Escribe, entonces, para delatar esos desajustes. Revela que entre los habitantes de Lagos hay          quienes simulan grandeza de sentimientos que en verdad no poseen.[i]

 

Finalmente, en Los caciques (1917) describe el turbulento periodo revolucionario en Lagos durante al gobierno de Madero y su caída. Los actores políticos y económicos de la ciudad alteña (la cual, como en el resto de sus novelas, no se menciona) toman partido según sus intereses y se enfrentan entre sí, haciendo de la turbulencia nacional una réplica local, con sus propios argumentos, actos de justicia y hasta traiciones.

A mitad de siglo XX apareció Dalia (Biblioteca de Autores Laguenses, 1953), segunda novela de Alfredo Márquez Campos. En ella se cuenta una historia de amor con desenlace adverso. Lagos de Moreno, la Quinta Rincón Gallardo y sus alrededores, son el escenario principal. El ambiente urbano es etéreo, nebuloso, subordinado a las emociones del periodista Gabriel Dover y su relación con Dalia Rubello, una bailarina enigmática. Márquez Campos también sitúa la ciudad de manera periférica en Soledades (1954) y en Lejos quedó el pueblo (1950), donde Tlacuitapa es el centro de las acciones.


El tercer canto del gallo (1957), del periodista José Pérez Moreno, es una historia que se despliega desde la nostalgia y los recuerdos del protagonista en el ficticio pueblo de Álamo, a principio de siglo XX, cuya aristocrática paz es violentada por la revolución armada de 1910. Los lugares, personas y sucesos son evidentes referencias a Lagos y algunos se sustituyeron por otros nombres, como “El Portal Hidalgo”, el cuarteto del “Maestro don Apolonio”, el kiosko “con cúpula en forma de campana”, los juegos florales en el “Teatro de la Independencia”, “La fama italiana” y los bailes en La Lonja, entre otros. Después de intensos itinerarios durante la revolución armada, un día la tropa en la que participa el protagonista llega al Lagos real y reconoce que allí “tal vez habría vidas de jóvenes parecidas a la mía. Quizás esa población respiró el ambiente de mi ciudad nativa”. Este paralelismo entre Álamo y Lagos contribuye a separar la ciudad imaginaria de la real.

En 1973 aparece El tamaño del infierno, obra con la que Arturo Azuela se inició como novelista. En ella relata el vínculo entre varias generaciones de su familia, la tierra de origen (Lagos) y la tierra de destino (Ciudad de México). Aquí los nombres geográficos son reales, excepto aquellos que se refieren a Lagos de Moreno, que aparece como Lagunillas del Rincón; su río se llama Río de la Misericordia; La colina del Calvario se llama Cerro Pelado y Pedro Moreno, el héroe local de la insurgencia, aparece como Pablo Rincón.

Crecimos en el pueblo y en el rancho, en la botica de la Asunción y en La Providencia, así como en las escalinatas de la parroquia y en las faldas de la Mesa Redonda y del Cerro Pelado. Sin lugar a dudas, por ese entonces, éramos en Lagunillas una familia floreciente.

 

Esta novela registra el cosmos rural y urbano que enriqueció una etapa de la estirpe Azuela. Tuvo una gran acogida por la crítica y a la fecha lleva múltiples ediciones.        


Álvaro Enrigue, en Vidas perpendiculares (Anagrama, 2008), narra la vida de Jerónimo Rodríguez, un niño que nace en Lagos en 1936 y tiene la particularidad de recordar sus diversas reencarnaciones, las cuales aparecerán intermitentemente a lo largo de la historia. Describe un pueblo en permanente somnolencia, “donde al parecer nunca ha sucedido absolutamente nada después de las nueve de la mañana, cuando ya pasó la misa y ya se terminó la ordeña de las vacas”. Sin embargo, ese aparente vacío está pleno de actitudes y circunstancias morales y familiares que afectan a Jerónimo. Por ejemplo, en cierto episodio es enviado a vivir a la azotea de su casa, donde se entretiene leyendo libros que saca de la biblioteca pública con ayuda de una de sus sirvientes, a quien recuerda como una fenicia de otra vida.

Por su parte, Juan Pablo Villalobos, es autor de Si viviéramos en un lugar normal (Anagrama, 2012), novela sobre la ruralidad cosmopolita (disculpen tan rimbombante concepto) que vivía Lagos en los años ochenta, donde todo solía suceder, a pesar de las limitaciones urbanas, sociales y geográficas. Al mismo tiempo, presenta el despertar en la conciencia de Orestes, el niño protagonista, quien sentencia desde las primeras líneas los pormenores del contexto:

Déjenme decir de una vez cuatro cosas de mi pueblo, para quien nunca haya venido por aquí: hay más vacas que personas, más charros que caballos, más curas que vacas y a la gente le gusta creer en la existencia de fantasmas, milagros, naves espaciales, santos y similares.

 Con la acidez que caracteriza a la narrativa de Villalobos, esta historia asalta una y otra vez al lector con una serie de conflictos políticos, familiares e individuales en los que todos hemos aterrizado alguna vez.   

Más reciente es la novela de Roberto Castelán Rueda titulada La niña y el sacerdote (La zonámbula, 2019). Basada en un caso real, trata sobre la vida de una niña (Ofelia) a quien un sacerdote (Enrique) convierte sistemáticamente en su pareja sentimental, mediante el abuso sexual, el adoctrinamiento y la complicidad de la moral católica. El contexto a modo favorece la relación y somete a la víctima de pederastia a ceder ante el poder, asumir una supuesta resignación y acumular culpas a lo largo de su vida. Lo mismo sucede en las altas esferas del Vaticano que en una comunidad marginal o en Lagos de Moreno, un sitio complaciente para el abuso donde, en apariencia, se vive en concordia: “un lugar donde la gente camina saludándose, se para a platicar en la banqueta y detiene su automóvil en medio de la calle en espera de un familiar… cuya quietud es rota día y noche por las notas de narcocorridos surgidas de las bocinas de costosos equipos de sonido”. Paralelamente, la novela relata el caso de Juanito, para quien el abuso no ha dejado sino una acumulación de rabia, marginación e infortunios, a diferencia de su amiga Ofelia.

Apenas salida de imprenta hace unos meses está la novela reciente de Dante Medina: Por aquí pasaba un río, y yo también (CULagos, 2020), un itinerario por los barrios, los cafés, las calles, anuncios y personajes imaginarios y reales que en Lagos de Moreno sorprenden al protagonista, construyendo un ambiente fantástico y universal.


 [i] López Mena, Sergio. “La narrativa de Mariano Azuela, 1895-1918”. Literatura mexicana, Vol. 21, No. 2, México, 2010. Versión On-line ISSN 2448-8216. Vista en  http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0188-25462010000200007

24.7.20

Relevo generacional de la literatura en Lagos


¿Por qué tengo el aire de la esfinge en casa?
me pongo a bailar, a comer, a ver cómo es Lagos
qué tiene su paisaje desde mi casa
cuánto abarca
allá, en mi
¿Hasta dónde me enmudece?
¿Hasta dónde me cansa?
Reyna de la Torre

Fuera de Guadalajara, Lagos de Moreno era la única ciudad que gozaba de vida literaria en Jalisco en el siglo XIX, mediante grupos de autores que han sido ya consignados por la historia una y otra vez. Esta tradición por las letras, aunque intermitente, se mantuvo durante todo el siglo XX y se ha estudiado con amplitud en diversas investigaciones, entre las que destaca el estudio realizado por la doctora Irma Esthela Guerra, titulado Escritores de una ciudad encantada. El grupo literario laguense de 1903, así como las obras de Alfonso de Alba y Sergio López Mena, entre otros.
Aunque algunas décadas fueron escasas en producción literaria, partir de la década de los noventa no ha cesado la actividad en las letras gracias a esfuerzos de escritores, instituciones y grupos independientes. Fue en 1990 cuando se formó el taller literario de la Casa de la Cultura y, posteriormente, el taller literario El Tlacuache, el colectivo Contracorriente en Provincia y, ya en la primera década de este siglo, el taller literario El páramo, además de los talleres impulsados desde el Centro Universitario de los Lagos y la Dirección de Cultura del Ayuntamiento.
Entre 1990 y 2010 existieron revistas, boletines y fanzines impresos que incorporaron parcialmente o en su totalidad trabajos literarios de autores locales: Paralelo 21, Tinta nueva, Cuadernos del Tlacuache, Luna lúgubre, Slam, La araña patona, Cronos, Petra, Ágora, Baluarte, Mientras pasa la tarde y Nuestras raíces, además de los espacios que ofrecieron los diversos periódicos locales. Como suele suceder con las publicaciones periódicas culturales, la mayoría no corrieron con la suerte de superar la docena de números; sin embargo, se convirtieron en materia de consulta para documentar la vida literaria en Lagos durante esos años, cuando los poetas y narradores jóvenes podían contarse con los dedos de las manos.
En este periodo se publicaron libros de diversos autores en los géneros de poesía y narrativa y se realizaban recitales, talleres literarios y cursos en los espacios independientes u oficiales dedicados a la cultura, como la Biblioteca “María Soiné de Helguera”, la Casa de la Cultura, la Escuela de Artes, el Centro Universitario de los Lagos (con la extinta Casa Serrano), además de algunos bares, galerías y espacios alternativos.
De la generación surgida en los años noventa, solamente algunos autores siguen vigentes en las letras, mientras que otros decidieron abandonar su rol literario una vez superado el ardor de la juventud, como suele suceder comúnmente en cualquier manifestación del arte. Por el momento, no es de mi interés mencionar a ninguno, sino enfocar este artículo a esos autores menores de treinta años que están construyendo la literatura actual en Lagos de Moreno, pues es un movimiento amplio y plural, digno de difundirse y sumarse a manifestaciones paralelas en otras ciudades y regiones. Estos nuevos poetas, dramaturgos y narradores, a diferencia de la generación previa, se encontraron en la era digital y han explotado nuevos soportes para difundir su obra, mediante páginas electrónicas, blogs, tubes, podcasts y redes sociales, así como espacios en Radio Universidad de Guadalajara, encuentros literarios, periódicos locales y fanzines impresos.
 De esta nueva generación, quien ha tenido mayor relevancia es Román Villalobos, poeta que ya se acerca a la tercera década de edad y tiene una permanente actividad en diferentes espacios impresos y digitales, pues no ha dejado de producir poesía desde la adolescencia. Entre sus libros destacan Pequeña ciudad eléctrica (2016) y Sutra del vagón (2019), libro producto de una beca del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA).
En la dramaturgia destaca Aarón Alba, quien inició como actor en grupos teatrales locales y en 2013 decidió aventurarse en el rol de autor de sus propios libretos. Su pieza Tu Frankinstein nunca fue mi quijote fue estrenada en la Semana de la Dramaturgia Nuevo León, en 2016. Actualmente radica en la Ciudad de México, donde comparte la dramaturgia con la actuación.
Por su parte, Venancio Villalobos es un joven director de cine y guionista, con formación en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, entre cuyas obras destacan los cortometrajes Ni en la más oscura de mis tardes, Ahí donde nos quedamos y Lo negro de la tierra, con una sensibilidad narrativa que le ha llevado a competir como guionista en el Festival Internacional de Cortometrajes en México.
De los géneros literarios, es la poesía quien cuenta con mayor cantidad de exponentes jóvenes, entre los que podemos mencionar el trabajo de Ada Martínez, Roy Ornelas, Juan Manuel Cedillo, Nancy Cedillo, Edgar Macías, Dalia Zamora, Lucy Cruz, Aarón Navarro, Luz Atilano, Julia Castro e Isabel Escobedo. En varios frentes literarios se ha conglomerado la participación de estos autores, destacando hace unos años el grupo formado en torno al periódico literario Los idus de marzo, del que emergieron poetas como Paul Martínez, Reyna de la Torre y el ya citado Román Villalobos.
Es importante señalar que la licenciatura en Humanidades del Centro Universitario de los Lagos ha sido un indiscutible punto de cohesión para que algunos de estos jóvenes se hayan identificado, no sólo en la formación académica, sino en foros literarios, talleres y publicaciones escolares. A los autores locales se suman aquellos de otras ciudades que arribaron para su formación profesional. De hecho, fue en el CULAGOS donde se editaron dos libros colectivos de poesía que inauguran esta generación: Paso de pieza (con poemas de Román Villalobos, Nancy Cedillo, Paúl Martínez e Isabel Escobedo) y La representación del incendio (con obra de Azazel Herrejón, Aarón Navarro, Juan Antonio Orozco, Paul Carrillo y Ada Martínez), ambos bajo el sello de Editorial Universitaria, dirigida por la maestra Yamile Arrieta. “Mañanas antes de las 10:00” se titula el siguiente poema de Isabel Escobedo, ejemplo de esta literatura renovada que busca nuevos signos para revelarse:

Los he convocado aquí para desayunar…
Pero fíjense que no se va a poder.

Estómagos
que de nada sirven
devuelven todo a pesar de la etiqueta
inexistente.

Estómagos que se inflaman
y te hacen sufrir al comer.

Reunidos como hermanos
miembros de esta mesa
íbamos a comer

Pero fíjense que no se va a poder.[1]

Además de la publicación de estos y otros libros, un aspecto que ha favorecido el impulso de las letras emergentes es el trabajo en colaboración, pues los colectivos de escritores se han convertido en su mejor gestor, impulsando lecturas públicas y ediciones para difundir el trabajo poético y narrativo de autores que antes no tenían espacios de difusión.
Por una parte, destaca Perro negro de la calle, revista electrónica que llegó ya a su número 45, impulsada por la tenacidad del trío conformado por Amaury R. Ledesma, Alfonso Koyoc y Jesús Prado, quienes de manera independiente sostienen el proyecto desde hace ya casi cuatro años, alternando la literatura y las artes plásticas con disciplinas periféricas a la revista, como la danza, el video y la música, entre otras.
Perro negro de la calle ha sumado autores de México y el extranjero, así como locales, entre los que podemos mencionar a J.L. Zúñiga, Samuel Pérez Zermeño, Paul Martínez Facio, Nancy Elizabeth Alcaraz Salazar, Rodrigo Ramírez Murguía, Sergio Medina, Joel Gómez Salas, Fernando Bonilla González, Antonio Alcaraz, Eliza Palacios y la tepatitlanense Anayanci de Alba.
Además, Amaury y Koyoc han impartido talleres de microcuento para niños y producido varios videos y audiocuentos con obra original. Esta jauría se abre a todos los espectros posibles del lenguaje sin contemplación, como lo señalan en uno de sus videos: “Géneros hay muchos, posibilidades todas. Por ejemplo, el fantasma de un arquitecto que retorna siempre a la postal urbana que más amó…”
Amaury es de los pocos narradores laguenses en la actualidad. Cultiva el género de horror, que le ha valido una notable aceptación en publicaciones nacionales y del extranjero. Este es un fragmento del cuento “Donde los poetas pertenecen”:

Risto contempló frente a sus ojos el lugar que todos ahí odiaban y despreciaban; un enorme agujero en el terreno de roca sólida, de unos veinte metros de diámetro. Un abismo tan imponente que a cualquier otro le hubiese hecho templar las piernas presa del vértigo. Ese abismo parecía no tener fondo, la luz incluso se apreciaba tragada por esas profundidades. Se entendía el hecho de que los temerosos nativos no quisieran ni acercarse a aquel lugar, pues con tan sólo ser visto, se accionaba una alerta de peligro y un claro instinto de auto preservación en ellos.[2]

Perro negro de la calle tiene ya una edición impresa llamada “Fundadores” y proyectos de colaboración con colectivos y revistas de diferentes latitudes de Latinoamérica, por lo que son un referente de la literatura al que se le augura un futuro amplio.
Más reciente, pero con actividad constante en la escena literaria local, la poesía ha reunido también al colectivo Elefante blanco. Como ellos lo señalan, “todos y todas provenimos de distintas latitudes, pero hemos sido encontrados por el azar en la ciudad de Lagos de Moreno”. Elefante blanco está integrado por Juan Antonio Orozco, Reyna de la Torre, Sam Peraza, Aarón Navarro, Laura Aguirre, Jorge Cualquiera, Diana Narváez, Andrés Acosta y David Barajas, entre otros, quienes además de la creación literaria asumen un activismo social en la defensa del medio ambiente y los derechos humanos.
Publican un fanzine con el nombre del colectivo, el cual se distribuye en la ciudad, además de una página electrónica en la que pueden disfrutarse textos poéticos, audios y video, tanto de los miembros del colectivo como de colaboradores invitados. Además, reconocen en las redes sociales un instrumento de difusión masiva e inmediata de la palabra escrita. Como muestra, va el siguiente fragmento de “Sin embargo me dices que somos jóvenes”, poema escrito por David Barajas:

alguna vez te dije que llorar es
otra forma de creernos,
el albor de nuestras voces pa(u)sadas,

y en preludio de nuestras sombras escucho
el raquítico graznido del jilguero
que anuncia el relevo
de tu ausencia[3]



o este otro, “Pan tostado”, de Laura Aguirre:

Último mordisco:
Sabe a una mezcla
de felicidad con nostalgia.
Una casa que ya no visito.
Una abuela que casi no escucha.
Unos vecinos que se han mudado.

Ojalá que el pan tostado
nunca se terminara.[4]

Como suele suceder con las generaciones de jóvenes que irrumpen en la literatura, seguramente algunos de estos autores no proseguirán con el tiempo en las letras, pero constituyen, por el momento, la vibración que la palabra en Lagos de Moreno y la región necesitan para mantener esa energía latente desde hace décadas. Me despido, pues, con este fragmento del poema “Volver”, obra de Sam Peraza:

Puedes volver a verme
Podemos incluso volver.
Ser más o menos felices estando más o menos juntos.
Puedes incluso hacerme daño de nuevo, porque sé que lo harás.
Estoy seguro de que puedo volver a amarte.
Dejar todo a tus pies.
Sentir el calor de tus labios y escucharte decir mi nombre en las mañanas.[5]




[1] Escobedo, Isabel et al. (2015) Pieza de paso. Ediciones CULagos. 94 pags.
[2] Ledesma, Amaury R. “Donde los poetas permanecen”. Visto en https://drive.google.com/file/d/1Oz34ZNQtS4OLBpo1a0jUxzlHNwc_3Ppm/view

20.5.20

Padecer la casa

Escena de Parásitos (CJ Entertainment, 2019)

…la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo.
La casa de Asterión

En este luminoso cuento de Borges, el minotauro describe su laberinto como una casa infinita, en la que impera un destino fatal que debe sobrellevar con temple y sumisión. Su tragedia no está cercada por los muros, sino por la actitud adversa de quienes habitan al exterior y lo han condenado a una soledad sin tregua.
            Lo recordé ahora que encuentro múltiples testimonios de personas que padecen el “encierro” por la pandemia del Covid 19. A diferencia del Asterión borgiano, hay quien se ha alterado en las cuatro paredes de su hogar como si se tratase de una mazmorra y no una casa, con muros infames y un permanente llamado a recuperar su paso en la vía pública, a pesar de los múltiples canales de comunicación que existen con el mundo. Razones hay múltiples, pero en mayor o menor medida es la arquitectura quien incide directamente en esos estados de ánimo vulnerables.
En el presente texto no me referiré a las relaciones interpersonales que mortifican el encierro ni a otras posibles causas, sino a la relación del individuo con esa máquina de vivir llamada casa, especialmente en viviendas ubicadas en zonas urbanas de alta densidad, cuyas condiciones espaciales, estructura y emplazamiento estimulan más la penitencia que el bienestar y más la evasión hacia ventanas artificiales (¿el tik tok será una de estas?) que el confort del espacio mismo. Si bien, una parte de la población posee condiciones necesarias para afrontar la pandemia, hay un sector vulnerable en habitáculos insalubres, apartamentos mal planeados y zonas de riesgo, donde la arquitectura debería ser un agente de tranquilidad y no la sepultura misma.
Varios casos de estos se han expuesto en los medios de comunicación. Uno de los que me han llamado la atención es el de una familia de 12 integrantes, quienes comparten una vivienda infame de pocos metros cuadrados, con un solo baño, camas insuficientes, objetos que se desparraman por todos lados y una ventilación y asoleamiento paupérrimos. El jefe de familia, entre otros adultos de la casa, están desempleados y deben turnarse para satisfacer actividades básicas como la comida o el baño. Además, ninguno de los menores que ahí habitan tienen oportunidad de atender las tareas escolares, pues no hay acceso al internet ni un auxilio adecuado de los adultos. Bajo estas circunstancias, por supuesto que es criminal el “resguardo” en lo que debería ser un hogar y no una amenaza semejante o peor a la proveniente del exterior.  
Casos como este se repiten en diferentes latitudes, aunque se potencializan en entornos urbanos deteriorados o de alta densidad. No sólo en América Latina o Asia, en barracas y favelas, sino también en los brownstones norteamericanos, los apartamentos mínimos de París o los “pisos” españoles, donde el balcón o la azotea son una válvula de escape al confinamiento y lo mismo sirven de tendedero, de gimansio, comedor, estudio musical o paño de lágrimas.
Aunque el fenómeno de la vivienda marginal no es novedad en la historia de las sociedades, es evidente que fenómenos como el que hoy vivimos la exhiben y la colocan como un problema vigente. Algo que nos han mostrado largometrajes como el celebrado Parásitos, es el papel aniquilador que puede tener la arquitectura en el ser humano, sobre todo a partir de las diferencias entre el poder y la sumisión, entre la luz y la indiferencia. Es un hecho que la demanda de vivienda no se detiene, por el contrario: en la actualidad es un tema fundamental en las políticas públicas. En la pirámide social, la población económicamente limitada es quien exige mayor demanda de vivienda y, al mismo tiempo, quien posee menor capacidad de acceso a la misma, por lo que la oferta en el mercado tiende a desplazar calidad por cantidad y las propuestas de vivienda social procuran ahorro de recursos a toda costa.
Un ejemplo evidente es la reducción gradual de los espacios mínimos en la arquitectura. Hacia 1932 los arquitectos mexicanos Juan Legarreta y Justino Fernández plantearon un modelo vivienda social para obreros con una superficie construida de 54 metros cuadrados (lo cual ya era agobiante) para una familia de seis integrantes[1]; sin embargo, al paso de las décadas estas medidas se han reducido paulatinamente debido a la explosión demográfica, al valor del suelo urbano y al mercantilismo de la vivienda. Ahora se ofertan unidades habitacionales de 60 metros cuadrados y 45 construidos (no sólo plurifamiliares, sino unifamiliares), con créditos sin más interés que el pago del interés. Podría, incluso, salvaguardarse la calidad de vida con dicha estrechez dimensional si no hubiera también malos diseños, materiales de baja calidad y transformaciones irresponsables que violentan la habitabilidad de las viviendas.
En México tenemos un competente aparato de normatividad para el hábitat, partiendo de la Ley General de Asentamientos Humanos, Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano, pasando por todas las leyes, códigos y reglamentos estatales y municipales. Como siempre: reglas no faltan. El problema de la inhabitabilidad de miles de viviendas radica en la ejecución, regulación e incumplimiento de dicha normatividad. Y no se responsabilice sólo a autoridades e instituciones públicas, sino también a promotores de vivienda, profesionales del urbanismo, la arquitectura, la construcción y, por supuesto, los mismos particulares.
Al ordenamiento territorial y, en concreto, a la arquitectura habitacional de densidad alta, deben garantizársele condiciones básicas: superficies mínimas de construcción, espacios abiertos, áreas jardinadas, superficies mínimas de vanos para ventilación natural y asoleamiento, así como un efectivo aprovechamiento de los recursos naturales y ahorro de energía.
Sin embargo, la ciudad mexicana se ensancha permanentemente y otorga toda su dignidad a las zonas habitacionales de mayor plusvalía y capital, dejando al amparo sus antiguos barrios y colonias, su periferia y la re-población de los centros históricos. Por otro lado, los nuevos “desarrollos” de vivienda social se han regado hacia los descampados, pero no con la fortuna de los deslumbrantes suburb americanos, sino como vecindades horizontales ausentes de equipamientos, que tarde o temprano terminan al menos en uno de tres escenarios: sobrepobladas, abandonadas o deterioradas por los vicios ocultos del constructor.
            En este escenario pesimista, la función social del urbanista y del arquitecto es urgente. Las aportaciones técnicas y el servicio que pueda lograrse desde los despachos privados, la academia, los colegios de profesionistas y las cámaras de la construcción son un campo fértil para atender las exigencias de la arquitectura habitacional. No basta con diseñar o construir, sino generar proyectos de intervención en la vivienda de alta densidad ya existente para dignificarla, independientemente de su origen, dimensiones o sistemas constructivos. Si una familia ha de vivir en 60 metros cuadrados, que  su estancia se libere de pesadumbres derivados de los espacios y las instalaciones. Que, sobre todo, sea también respetuosa de la buena arquitectura y no la altere, que se forme en una nueva cultura de convivencia con el espacio privado y el entorno urbano, donde caben la naturación, la sustentabilidad, las actividades recreativas y la responsabilidad social.
Recordemos que la casa es el mundo interior, la esfera íntima del individuo y su resguardo, como lo fue también del minotauro. La casa no debe “padecerse”, sino gozarse. Esta pandemia promete (¿será?) cambiar no sólo ciertos hábitos de vida en el hogar, sino el concepto de espacio arquitectónico que requerimos para humanizar la habitación, la cocina, el patio y cada uno de esos reductos en los que se mueve nuestra cotidianidad. Nuestra casa debe ser resiliente, proveedora de salud y bienestar, para no tener la necesidad de salir al balcón a tocar el sax a los vecinos, ni asomarnos desde ventanas virtuales en búsqueda de un aplauso para enmascarar las aflicciones.


Dante Alejandro Velázquez

4.5.20

Última rola de Lalo Tex



Para quien tuvo oportunidad de escuchar en vivo a Tex Tex, sabrá que sus toquines no eran un “concierto”, sino una fiesta en la que el rock era puro goce, sin la fantochez del rockstar o la frivolidad farandulera de muchas bandas. Uno de los más divertidos que viví allá por los noventa fue en la antigua plaza de toros San Marcos, de Aguascalientes, cuando Lalo Tex alentó al público a saltar al ruedo gritando: “¡el que no baile es hijo de Raúl Velasco!” y entonces se armó la euforia. Ahí mismo confesó que su mamá no le auguraba éxito en el rock, porque los rockeros eran guapos, flacos, altos y güeros, mientras que él era feo, gordo, chaparro y prieto.
Esta rola, “Te vas a acordar de mí”, siempre me gustó para intro de algo. Y lo iba a ser en 2007, cuando preparaba con el Negro Guerrero un programa en Radio UdG Lagos que se llamaría “El zaguán”, pero me vine a la ribera Chapala y él a Guadalajara (una especie de mini-diáspora jalisquilla), así que el proyecto quedó trunco como muchos de los que hago. De todos modos no me quedaré con ganas de utilizarla en algún momento.
Ahora veo con cariño este último video en vida de Lalo Tex, “el muñeco mayor” o “el Justin Bieber del rock nacional”, como se decía jocosamente a pesar de su “felleza”. Fue grabado en enero de 2016, en Chimalhuacán, a unas horas de su lamentable muerte.
El video es simbólico. Lalo ya no toca la guitarra sino su hijo, canta sentado y evita los grititos agudos porque se siente evidentemente enfermo. No imaginaba que al abandonar ese último concierto lo haría con la más popular de sus rolas y recibiendo el aplauso de sus coterráneos. Se despide tras un grupo de niños sentados al filo del escenario, unos escuchando y otro con la mirada baja, hacia el celular, como si nada alrededor importara. Pero le importará algún día.

26.4.20

Los mejores 50 poetas jóvenes de México



Hace casi dos años falleció el llamado granfather del rap, Jalal Mansar Nuriddin, quien fuera miembro de The Last Poets y empuñara el rap como un arma incendiaria en la década de los ochenta. Había nacido en Brooklin en 1944 y fue uno de los pioneros del gansta rap. Se destacó por ser consecuente entre sus letras y su forma de vida, pues criticó permanentemente a los raperos dorados, esos que contradicen la realidad de sus letras con una vida superficial de riquezas y colguijes brillantes, los cuales son imitados por juventudes enteras en todo el mundo. Jalal mantuvo la idea de que todo mundo es capaz de embestir al status quo con la palabra y depositaba su lucha en la poesía, de ahí que sea un  personaje de culto, incluso entre los jóvenes millennials de su país.
Samael Espíndola (Torreón, Coahuila, 1972) es un poeta y ensayista mexicano que siempre ha admirado la obra de Jalal, al grado de considerarlo un músico-poeta superior a Bob Dylan o a Leonard Cohen. Fue su afición quien lo llevó a escribir el Ideario gansta rap, publicado por Ediciones Plasma en 2013. Esta pequeña plaqueta, de escaso tiraje, circuló de mano en mano en la comarca lagunera y llegó a algunos críticos de la capital del país como una rareza que con suerte se puede encontrar en el Chopo o en algún botadero de ediciones independientes.
Espíndola es referencia entre los autores de su edad, pues el vigor de su obra y los riesgos que toma como crítico de la poesía le han dado un prestigio relativo en el norte del país y en los foros literarios donde suele participar. Sin embargo, hace tiempo dejó de ser una “promesa” de la poesía y es consciente de que poco a poco se va diluyendo lo que escribe, junto con otros de su generación, frente a la oleada de escritores frescos que emergen día a día en todo México y se posicionan de los más novedosos canales y soportes de lectura que ofrecen el internet y sus publicaciones digitales, como una avalancha ante los tradicionales formatos de la poesía, como el libro o las revistas impresas.
Para atenuar su declive y al mismo tiempo reivindicarse frente a esa nueva generación, Samael se dio a la tarea de reunir una lista de los mejores cincuenta poetas jóvenes del país nacidos entre 1989 y 1999, en un libro que ha titulado Los últimos poetas mexicanos, en alusión al grupo de Jalal Mansar Nuruddin y a quienes fueron los postreros hijos del anterior milenio.
La selección de Espíndola no sólo fue rigurosa, sino que se propuso recorrer varios estados previamente para conocer en persona a decenas de autores y sus obras, comparar libros, revistas, ediciones virtuales y atender un aparato crítico que le dio argumentos para discriminar y acotar su selección. Entre sus “antologados” hay algunos de sobra conocidos y otros que aún permanecen en la sombra, entre los que (para sorpresa de muchos) no figuran Vladimir Sánchez, Eliberto Maldonado o Ixchel Meléndez, a quienes considera sobrevalorados por pequeños grupos “gansteriles” de la literatura, como él les llama.

Esos cotos de poder lanzan a un poeta como si fuera l´enfant terrible de una generación y lo promueven igual que a un producto de abarrotes, en cuanta oportunidad hay de malbaratar sus poemas, con la certeza de que en poco tiempo terminará consumiéndose igual que un papel higiénico o un envase de refresco, lo cual no garantiza un futuro vigoroso para la poesía mexicana.[1]

Para algunos círculos de escritores, la selección carece de rigor académico y no garantiza una posición estricta. Hay quienes la califican de trunca, insulsa y hasta boba. Consideran que es absurdo clasificar a los autores tempranamente con términos como “los mejores”, “destacados” y una serie de adjetivos dañinos para el tejido literario del país. La selección se convierte en una patraña que induce a jerarquizar y estimular la segregación de otros autores, especialmente aquellos que no se interesan en adherirse a los grupos de poder cultural o que no habitan en urbes como como la Ciudad de México, Guadalajara o Tijuana, donde, dicho sea de paso, no necesariamente están esos “mejores” poetas. Es, finalmente, al gusto de un solo individuo.
Para otros autores, como el conocido crítico Raymundo Flores, es un canon digno de leerse “ahora que la poesía adolece de insuficiencia respiratoria”[2], pues fue elaborado desde la perspectiva de un autor sin intereses políticos y con plena libertad. Se sostiene, dice, con los mejores ingredientes de la poesía: la creatividad y la energía. “Voces contundentes emergen en la periferia, donde antes sólo había piedras”, escribe Librado de la Peña, quien también defiende la selección de Espíndola por considerarla incluyente y una cartografía que ilustra lo que sucede en el país:

El antologador hace un esfuerzo por reivindicar al poeta aislado en la soledad de su tierra. Es por ello que encuentra uno sorpresas como la obra de Violeta Tournecanto o de Ramiro José, quienes representan una potente lírica desde Campeche y Durango, respectivamente. Dichos estados eran enviados tradicionalmente a la segunda división por los dueños de la verdad literaria.[3]

A pesar de su precaria distribución y al margen de las opiniones que suscita entre defensores y adversarios, el libro ha comenzado a popularizarse vertiginosamente entre la comunidad literaria. La lista de 50 autores que Espíndola determinó puede ejercer influencia en la forma de entender la poesía mexicana actual, pues al menos intenta ampliar el panorama hasta hoy conocido, con un intenso deseo de sacudir el mundo, como lo haría Jalal Mansar Nuriddin. Entre esos 50 poetas que aparecen se encuentran los siguientes: Mar33 s405 09ñkgm¨. ‘gg948 34$=)f er-{.h 3# …&dh)(/& (&%) (%&  09’808(&&$”” ¡)&$#



(Ah, cabrón, se me dañó el archivo) 



[1] Margules, Antolín (2020). “Entrevista a Samael Espíndola”. Revista de la Universidad de la Vida. Tomo II. No. 4. Pags. 27-31.
[2] Comentario que hizo en una charla telefónica, con lo cual, afortunadamente me evita utilizar la norma APA.
[3] De la Peña, Librado (2020). Yea. Editorial Bronco. Pag. 58.

19.4.20

El gran poeta



Decían que Ataúd (en la casa, en el barrio) era un buenazo para los versos desde chiquillo, porque se aprendía de memoria cuanto poema le endilgaba el calendario cívico y los maestros lo trepaban a declamar en los festivales de la escuela como un acto obligado. Se lucía con sendos poemas a la bandera, a la madre, al día de árbol o a Benito Juárez, según fuera el caso, con la maestría de un Manuel Bernal posmoderno y la ovación de sus compañeritos. Luego replicaba sus triunfos en las fiestas familiares, recibiendo el aplauso de las tías cotorras y del abuelo Samy.
Comenzaron a llamarle poeta y era referencia en el barrio cuando la gente decía “ahí viene el poeta” o los vecinos decían a su hijos: “júntate con ese niño, que es un artista”.
Eso le agradaba, sin embargo faltaba un engrane para hacerle honor al título: escribir la poesía, no sólo recitarla. Así que en un cuaderno de balances que le robó a Samy comenzó a derramar textos de puño y letra pensando ser, algún día, igual a Bécquer o a su Benedetti. Como un loco, un desquiciado, pasaba horas frente al cuaderno, en el cual cayeron infinidad de liras, sonetos, madrigales y caligramas; robustas odas y uno que otro haikú. Por las tardes, en lugar de mirar la televisión, se encerraba en su cuarto y le daba tremendos revolcones a la musa, llenando planas y planas con poemas de amor o canciones que se parecieran lo más posible a los de Lorca. Con ellos pudo conquistar a más de dos amigas, ya en la adolescencia, quienes caían rendidas después de leer las aromáticas cartas que les metía de contrabando en la mochila.
Cuando cursaba la preparatoria, su maestro de español le sugirió que entrara al taller literario de Carlos Antonio de Castro Valenciana, un escritor del Pen Club, quien tenía fama de excelente tallerista y poeta. El tipo escribía una columna crítica en la Ciudad de México, fue ganador de varios juegos florales y dicen que estuvo a punto de llevarse el Aguascalientes una vez, pero el jurado ya tenía el premio en reserva para un ahijado político de Octavio Paz.  
Por supuesto que Carlos Antonio de Castro Valenciana leyó algunas páginas del libro de balances que Ataúd llevó al taller y lo tachó de cursi, anacrónico y otras cosas más. Ese día Ataúd quemó su obra literaria con la rabia de un Nerón y decidió tomar venganza, así que le entró como fiera a la tallereada, escribiendo lo más novedoso del mundillo literario y comprando y leyendo cuanta revista alternativa aparecía, como La zorra vuelve al gallinero o Mandrágora. Cambió a Benedetti por Nicanor Parra y a Bécquer por Gamoneda, tratando de descifrar su técnica hasta que, meses más tarde, recibió por fin un visto bueno de Carlos Antonio de Castro Valenciana, quien, con un guiño inapelable le dijo “felicidades, Ataúd, este es un poema rescatable, que no le pide nada a los de Efraín Bartolomé”.
Para entonces, Ataúd ya había formado amistad y alianza con Vallecillo, Rafaello y otros compañeros del taller, con quienes fundó la revista Trufanía, la cual reproducían con copias fotostáticas y repartían entre conocidos y asociaciones literarias de la ciudad. Hacían múltiples lecturas en el Bar Caetano, leyendo a media luz con una cerveza y un cigarro entre los dedos, haciéndose los malditos, los hijos de la oscuridad. Nomás se miraban los poemas salir como demonios entre cada fumarola. Fue en una de esas noches que leyó por vez primera su poema Clarividencia de licántropos, con el que cautivó al subterráneo público asistente.
Tanta soltura permitió al pequeño grupo de amigos deshacerse de Carlos Antonio de Castro Valenciana, a quien consideraron de un día para otro un estorbo que no entendía la rabia de la poesía disidente. Sus ideas anticuadas ya no satisfacían el ímpetu rebelde de los muchachos. Entonces se llamaron “La Soberana Trufanía” y emitieron una proclama sobre el camino que debía seguir la poesía del siglo XXI, lo cual fue motivo de burla en grupos adversos. Envidias, pues.
Como siempre sucede, Trufanía terminó en dimes y diretes, así que cada quien tomó su camino por el mundo, excepto Rafaello, el cual optó por la fiesta y años más tarde falleció en la banqueta del Cañón Rojo, víctima del placer etílico.
Hoy, el gran poeta Ataúd es un iluminado que se ha forjado a base de picar piedra en el mainstrem y el trend topic del mundo literario. Asiste a los posibles círculos poéticos que se desbordan por la ciudad y en facebook se agrega a cuanto grupo literario aparece, enviando comentarios, memes y periquetes con harto humor e inteligencia cósmica. Entre ellos, abrió uno personal de nombre Poética y sentimiento, en el que ha publicado hasta poemas de Jean-Yves Masson. Sus acertados aforismos y chascarrillos críticos sobre las noticias culturales del día, serpentean con gracia por la red, sumando hasta trescientos likes y retuits al día, así como ofertas para publicar poemas visuales en ciertos blogs, revistas electrónicas y pasquines. Asiste a presentaciones literarias, seminarios y coloquios (sentado en primera fila, por supuesto), donde se hace de libros y amigos “interesantes”, además de leer, si se presta la ocasión, su legendario poema Clarividencia de licántropos, aplaudido cientos de veces por la concurrencia.
 En los concursos de poetas irreverentes llega a las finales y tiene selfies con medio mundo, incluidos los inevitables Hugo Gutiérrez Vega, Eduardo Lizalde, Raúl Bañuelos y Fernando del Paso. A veces asiste a talleres de creación y se codea con el Círculo de Críticos y Periodistas Independientes. No cualquiera.
Ataúd, el gran poeta, pronto cumplirá cincuenta y cinco años y piensa celebrarlo con una magnífica idea: reunir diez poemas (sin faltar Clarividencia de licántropos) y publicar su primera plaqueta.


(Crédito de la fotografía: Bar Malasaña. Diario El País)