26.3.07

Rodrigo Vázquez


La luz que allana un muro, una mirada que penetra la mirada, un cielo escampado, las manos encendidas por la faena, el peatón, la familia, una comparsa de billaristas. Esos son los rostros múltiples de una ciudad que no se abandona ni se petrifica.

La ciudad viva se ha guardado en la lente y ahí se descubre a quienes la deshonramos al menoscabar sus guiños cotidianos. No es la ciudad árida ni una postal de sobriedades, sino un latente personaje.

Rodrigo Vázquez tiene el iris por cincel y esculpe en la atmósfera a quienes hacen de este espacio un organismo en movimiento. La fotografía es, entonces, arte y testimonio de lo pasajero. Bien lo escribió Tennessee Williams: “Saber extraer lo eterno de lo desesperadamente fugaz es el mayor truco mágico de la existencia humana”.


Texto para la exposición Lagos: una historia cotidiana reciente, de Rodrigo Vázquez, que se puede visitar actualmente en la Casa dela Cultura. Los Billaristas es el título de esta fotografía

23.3.07

El coche


“Aquí no hay epígrafe”
Dante


Dios dijo “hágase el coche” y el hombre se acomodó primero, dejando a su mujer a la diestra (excepto en el Reino Unido), con los ojos pelones y un espejo para maquillarse.
El coche es el poder, el power destinado al macho. Por eso es una máquina, un hermoso ejemplar para domadores, igual al caballo o a la fiera cimarrona, que se debe domesticar poco a poco con la mano hábil y un poco de maña.
La mujer es sólo un objeto de ornato dentro del caparazón de metal, una compañía cuando se da la vuelta por las calles del centro o un motivo sensual al acariciar el tapiz en la emisión semanal de Autoshow. El hombre dirige, lleva el mando y conoce las rutas como un Marco Polo. La mujer no tiene otra ruta que la pintura de uñas o un bebé entre los brazos.
Aún así, el mando de piloto no es perpetuo. Se transmite de una generación a otra en el orden siguiente: el padre —un émulo de Fittipaldi— lleva el volante mientras la madre hace sombra a su costado sin opinar ni señalar las contingencias del camino. Callada tiene plenos derechos, aunque él venga ebrio de la fiesta o haya olvidado su licencia de conducir. Detrás van los niños haciendo bulla o quietecitos, eso es indistinto.
Cuando el niño varón tenga dieciocho podrá heredar el cargo de piloto y llevar al padre de contramaestre, desplegando la Guía Roji, haciendo muecas desbordantes y chuleando a las chicas que caminan por el boulevard. Tantos años de experiencia son suficientes para dirigir la orquesta acodado en la ventanilla de copiloto. El niño asumirá no sólo el rango de piloto, sino el de hombre.
Su madre pasará atrás con la hermana. Si alguna vez toma el volante será en el cacharro setenta y siete (un Caribe o un asmático Renault) comprado especialmente para ella, “para que vaya al mandado o a visitar a su madre”. Raro será verla conducir el coche del Señor, a menos que este se haya roto los huesos en el trabajo y no pueda conducir con el yeso.
La hermana debe permanecer en sigilo, presente apenas en el retrovisor hasta que sea una señorita. Entonces llegará un hombre benevolente que la haga partícipe de su amor, de su dinero y de los paseos dominicales. Un hombre que la coja de la cintura y le diga “véngase adelante con su rey”. Primero irá pegada a él, haciéndole mimos o tomando cerveza de la misma botella, aunque la palanca de las velocidades interfiera en su confort de amorosos. Después del matrimonio, pasará al asiento que una vez ocupo su madre: entonces el ciclo se habrá cerrado.
El orden del universo se mantendrá en equilibrio de este modo. Un consejo final: no se deje el coche al alcance de las locas, pueden generar un daño colateral.

Tampoco hay fin.



4.3.07

Marzo

Ayer vino Diaz-Barriga a encomendarme el diseño de una invitación para varios eventos del Seminario de Cultura Mexicana. Además, tengo que preparar un texto para la exposición de Rodrigo Vázquez y el guión de Inmóvil que le he pospuesto a Rocío Salas. El día doce, en la Feria del Libro, presentaré la charla La ciudad y los escritores. El dieciseis leeré algo en una mesa redonda con puro maestro: Benjamín Valdivia, Ricardo Yañez, Fernando Solana y José Luis Justes.

El diecisiete y el dieciocho moderaré un par de mesas en el Coloquio de Temas Jaliscienses. Además, habrá que andar de socialito en otras actividades e ir a escuchar a Eugenia León y a Astrid Hadad. Será justo reposar una vez que pase este 444 aniversario de la ciudad y encerrarme a trabajar un tiempo y sin escaparate.

El horizonte


Antes de cerrar la puerta de la habitación vio por última vez ese libro de pasta roja que había comprado en la librería de viejo: El Sena y los suicidas. Sobre la cama dejó la foto del hombre y una nota con bilé que hizo y rehizo hasta encontrar las palabras más cercanas a un puñal:

Héctor: cuando leas esta nota
flotaré en las aguas del Sena
y la culpa flotará contigo.
Katia.

Salió del hotel. El cielo sacudía un viento helado y la escarcha, como en película de Tim Burton, tramaba regateos de luz en las estrechas calles. Hay ciudades que nunca duermen, pero a ratos cabecean, será de viejas o cansadas, como París a esa hora.
“Nunca más, Héctor”, iba salpicando entre dientes, engrosando el poco valor que llevaba metido en la gabardina. Estos días habían sido los peores desde que dejaron México, el peor de los menesteres con un hombre a quien creía amar, pero con quien no podía tolerar verse un día más, una borrachera más o la humillación cotidiana de una golpiza.
Cuando llegó a la Plaza de la República tomó la Rue du Temple, el camino más corto al Sena. Varias veces se topó con turistas trasnochados de vuelta a su hotel o en busca de otra fiesta; personal del aseo público, indigentes y vehículos insatisfechos de andar la madrugada y tropezando en cada semáforo. Llegó a la Ïle de la Cité, el corazón de la ciudad, un lugar que ella reconocía ideal para las pasiones (“Para la pendejez”, le dijo un día Héctor echando por la borda su ensoñación), isla principio y fin de la cordura, de los poemas de Verlaine, de la Maga de Cortazar, de Victor Hugo y de Antonieta Rivas Mercado. Ahí descansaría, lejos de Héctor, de México y de aquello que pudiera preguntar por su ausencia. No había velado la noche en vano, tributándose en definitiva a la despedida, con su cuerpo presente y el silencio como causa. Lloró lo suficiente y leyó algunas páginas del libro antes de salir a entregar ese cuerpo en la ciudad ajena.
Ahí estaba Notre Dame, gigante, haciéndola temblar como cuando vio por vez primera La Piedad de Miguel Angel y lloró de emoción “no lo puedo creer, estoy soñando”, dijo, seguida por un pitorreo de Héctor.
Dejó un suspiro inflado en el ojo vigía del rosetón y apretó el paso. No volvería más a ese sitio: tendría la boca sucia y anegada después del amanecer. Rodeó la catedral hasta el Pont de l’ Archevêché, donde sabía que no encontraría el mismo tráfico. No habría testigos ni títulos en los diarios que señalaran su identidad o confirmaran la tristeza de un rostro ennegrecido para entonces por la garganta del Sena.
El río era una palidez, un gato sordo anidado a los pies de la mujer. Ardía en la orilla la luz de unos arbotantes y los barcos de turistas descansaban del ajetreo. En la balaustrada se detuvo Katia, miro al cielo ungida y musitó: “Nunca más, Héctor”, como le dijo una semana antes, andando todavía las calles de Granada. Él, acostumbrado al desenfado, omitió de sus actos la señal y torturó a Katia durante todos esos días y hasta la noche anterior, cuando dio un portazo al salir de la habitación. Ella esperó en la cama, de espaldas a la puerta para cuando él llegara no la viera llorar o, mejor dicho, para que ni siquiera encontrara sus ojos: esos débiles que siempre la traicionaban. Mejor le daría la espalda como un muro ciego y anudaría la rabia bajo el cobertor. Héctor no volvió y ni espalda ni ojos lo volverían a encontrar, sólo la nota y el silencio puro.
Cuando se percató de que el auto más próximo estuviera lo suficientemente lejos y de que ningún peatón pudiera observarla, trepo la balaustrada y se aquietó por un segundo, mirando el agua a sus pies. Recordó aquel poemita de Lorca que leyó en el tren a París: “el horizonte sin luz está mordido de hogueras” y comprendió que no podía hacerlo o, al menos, no era el momento: tenía suficiente miedo y, después de todo, podría perdonar a Héctor si hablaran nuevamente y él diluyera la rabia y fuera más hombre; podría perdonar a sus padres y a quienes la atosigaban en el trabajo, pagar la hipoteca en un par de años y vivir con Héctor en un sitio sano. Algún horizonte habría, aunque fuera pardo, no sólo la negrura del Sena.
Al impulsarse de vuelta al pavimento, su pie derecho resbaló en la humedad de la piedra, cuyo filo golpeó primero la rodilla y después su costado antes de la caída. En las aguas grises elevó los brazos, pero nadie pasaba en ese momento. No sabía nadar, sabía solamente aquellos versos de Lorca:

El horizonte sin luz
está mordido de hogueras

(Ya os he dicho que me dejéis
en este campo
llorando.)

9.12.06

Esos cielos


Esta mañana terminé de leer Esos cielos, de Bernardo Atxaga, con un grato sabor de boca. La historia trata de una mujer de treinta y siete años que ha salido de la cárcel en Barcelona y vuelve sola en autocar (autobús) a Bilbao, su ciudad natal, en la que perteneció a un grupo terrorista que la ha traicionado y que, a la vez, la reconoce como traidora y “chivata”.
En el viaje, Irene enfrenta dos persecuciones: la de su pasado, que transcurre paralelo al recorrido por la carretera, y la de dos agentes policiacos que la acosan para servir como informante.
La única certeza de la historia es el incierto futuro de Irene y el filo en el que pende la serenidad que busca. No sólo es un viaje literal, sino una metáfora del mismo, en la cual los libros (lleva la maleta llena de estos) y los cuatro años de cárcel son su mejor arma.

Este autor llegó a mis manos por primera vez con Poemas & híbridos (1993), un libro que me prestó Francisco Ramos hace unos años y del que tengo una evocadora impresión; incluso uno de los poemas (“Shola habla de cómo es el mundo”) sería incluido en el malogrado número siete de Tinta nueva. No sabía yo que escribía novela, hasta que me topé con Obabakoak en una librería. Según la crítica, Atxaga es mejor narrador que poeta; a mi me parece que en ambos géneros mantiene un equilibrio de calidad difícil de encontrar en un autor.

Bernardo Atxaga es uno de los más importantes autores en euskera. Nació en 1951 en la provincia de Guipúzcoa, con el nombre de Joseba Irazu Garmendia. Por su novela Obabakoak, que fue un éxito inmediato tras su primera edición, le fue concedido el Premio Nacional de Literatura en España (1988). Ha sido traducido a varios idiomas (él mismo lo hace al castellano) y tiene, entre otros títulos, Ziutateak (Las ciudades), Bi anai (Dos hermanos) y Shola y los jabalíes. Dice de la lectura: ''El momento crucial es cuando los ojos del lector se cruzan con lo que uno ha escrito, cuando uno va a la cama, coge un libro, lo abre y empieza a leer. Ese es el único momento fundamental en esto que llamamos literatura. Además es, curiosamente, un momento secreto, algo que no se da en los best-sellers.”

2.11.06

Dardos

Pintura: Rachel Daireaux

Sabes a verso de bruces en dorso desnudo,
a sal, a deseo de labio
abrasivo, visceverso
en deshielo.

Sabes, y Dios lo sabe, a veces a savia
sudario de sinamay donde he ardido a diario,
duerme en los dardos de mis dedos y dime
¿dónde anidan mordaza y sudor?

Sábeme y súbeme, aria mía,
embelesa el aire del sur
y si decides: desciende
enciende
en el umbral mi lumbre de malherido
/marea de dunas dromedarias

El silencio y la sombra sabrán de ambos
sedarán la sábana
no el meridiano /no el ámbar de la aurora

Somos dos asidos, así, de humedad y beso alado.
mordiendo el sereno en un ir venir
de aromas, de amor o de no sé qué.



19.10.06

Anuario de poesía mexicana 2005


Recientemente, el Fondo de Cultura Mexicana editó este anuario, con una colección de poemas publicados en revistas a lo largo del 2005. La selección corrió a cargo de David Huerta. Ahí pueden leer mi poema titulado "La noche". Está también en circulación el libro Primer Concurso estatal de cuento "Cincuentenario de Pedro Páramo", editado por la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística del Estado de Jalisco A.C., que incluye "Cálida muerte de Fray Alejandro de Arce".

14.10.06

Mathilda



Hoy recuperé de mi memorial cinematográfico esa despiadada cinta de Luc Besson llamada León: The professional (1994), que en México se distribuyó como El perfecto asesino, con las actuaciones impecables de Jean Reno, Gary Oldman, Natalie Portman y una maceta emblemática.

La vi por primera vez en un cine-club de Aguascalientes y cada que vuelvo a ella encuentro nuevas lecturas. Me conmueven la trama y el personaje de Mathilda, con el cual Portman se estrenó como actriz de cine y logró arrancarle el protagonismo a Reno, a pesar de que sus padres se resistían a que participara, pues el guión era terrible para una niña de su edad.

Hay mucho qué decir, pero mejor la veo. Besson me recuerda que la esperanza debe tener un violento despertar en la jungla que habitamos, un sacrificio y una brutal inocencia.

7.9.06

Juegos Florales Lagos 2006



















Francisco González León, por Helguera
Es un placer encontrarnos nuevamente para la celebración de la palabra, en este teatro que el próximo año llega a su primer centenario y que, por tradición, recibe cada festividad de agosto a quienes merecen la flor natural por su obra poética o narrativa.

Noam Chomski, ese gran pensador social, enemistado constante por el sistema socioeconómico de su país, escribió lo siguiente:

Es muy natural esperar que la preocupación por el lenguaje seguirá siendo central en el estudio de la naturaleza humana, como lo ha sido en el pasado. Todo el que se interese en el estudio de la naturaleza humana y de las capacidades del hombre, tiene que enfrentarse de algún modo con el hecho de que todos los seres humanos normales adquieren una lengua, mientras que la adquisición incluso de sus más elementales rudimentos está completamente fuera del alcance de un mono en otros respectos inteligente.

Este comentario de Chomski lo tomo como pretexto para establecer dos preocupaciones personales: la primera tiene que ver con repensar la dirección futura de la actividad literaria producida o impulsada (en este caso) desde una geografía en apariencia pequeña, como es el caso de Lagos o de cualquier ciudad interesada en los usos, costumbres y andamiajes de su lengua. Una actividad relativamente inservible y especialmente inútil para ese espectro de “comunicación” que nos sigue a cualquier lado, del sanitario a la escuela o de la casa al mercado. Me refiero a los medios masivos electrónicos y su aparato redentor, educador, catalizador y, paradójicamente, censor de manifestaciones o discursos distintos a los de su interés económico.

Esta patria pequeña de las letras y la labor hormiga de quienes promueven el ejercicio de la lecto-escritura, puede asirse a la función que los medios masivos le niegan al individuo en afán de masificar las ideologías o el conocimiento. Se aprehende la palabra en el corto territorio y bajo el quehacer de una editorial local, en un certamen como el de hoy, en la vuelta diaria al libro de buró, a la librería o a las recomendaciones de amigos, escritores, maestros y lectores comunes. Esta patria pequeña que edifica día a día su habla, amasija su entorno con la neutralidad de lo bienintencionado y permanece con la consigna escrita por voces cercanas y a la vez, distantes entre sí. ¿Quién no tiene en su repertorio idioconstructivo términos como hipérbole, memory stick, apalcuachar o wey (sí, con dobleú).

Es imprescindible, una vez apersonados en el siglo XXI, mantener la palabra desde estos aparentes rincones. Regionalizar y extender a la vez una red que nos permita estar al día en las turbulencias que mueven la lengua. Es grato, por ejemplo, encontrar hoy, en Lagos de Moreno, un autor del recóndito Mar de Cortés, a donde pocos llegan y de donde pocos vienen, como es el caso de Leonardo Varela. En este país no necesitamos grandes Centros Culturales o Megabibliotecas a las que llegará un porcentaje suavecito de lectores. No se requiere la infraestructura elefante, mientras el hombre de a pie, el individuo como causa, esté lejos de alcanzar un texto, ya no de Shakespeare o de Dostoievsky, sino de sus poetas locales. No es remediable una megabiblioteca si, lamentablemente, el mismo Presidente de la República se congratula por no tener un solo libro en el buró.


Por otro lado, preocupación fundamental de un certamen literario es la literatura misma, aún por encima de anhelos románticos. En el caso particular de Lagos, a veces nos incomoda que el premio no quede en casa, aún cuando la participación de escritores locales es, por tradición, muy amplia. Efectivamente: no se trata de otorgar concesiones, pues éstas son recompensa exclusiva para el que, a consideración del jurado, sea el mejor de los trabajos en el sentido estrictamente literario. Nada más. La calidad literaria es ajena a chauvinismos, indultos o gratuidades, y se aposta con quien mejor la ejerce.

Amamos la ciudad y estamos en su fundamento, como dice Alejandro Aura. Amamos su arquitectura, la mujer que cruza la calzada, los chocomiles de San Antonio o los viernes de antros en el Paseo de La Rivera. Amamos a sus escritores, aunque nunca los leemos, a sus charros y al tañir de la campana. Es ineludible no hacerlo, como es ineludible que en el certamen literario a quien debemos tributo es exclusivamente a la palabra, como naturaleza y fin de lo humano.

La palabra es mar o lumbre, narcótico y sedante. Hemos aprendido a humanizarnos en las letras, en la boca de Shakespeare o en los párpados que poco cerraba Rulfo; nos han construido El Quijote y La Iliada, somos la Sombra del caudillo, el Espejo humeante, los Recuerdos del porvenir…

Mis preocupaciones pueden ser compartidas o no, al final es un asunto que habrá de discutirse en el desarrollo de la actividad literaria local. Son, a la vez, las mismas procupaciones con las que el Comité Organizador se conduce. Quiero, manifestar mi reconocimiento al Comité, el cual, durante estos tres años, ha vigorizado este certamen, compartiendo el anhelo de perfeccionar los Juegos Florales y llevando a la práctica la seriedad del caso. Hace un año, el compromiso de editar los trabajos ganadores se consumó en un libro que ahora circula y reblandece las distancias entre los ganadores y el lector. Este año, el Ayuntamiento de la ciudad y el Consejo Municipal para la Cultura y las Artes, se han sumado nuevamente a la publicación de la edición 2006. Las premiaciones volátiles quedaron atrás.

Esta noche no asistimos a la conclusión de un evento. Es el venero de un trabajo literario que se apadrina en la ciudad de Lagos de Moreno, que se alienta en los ojos de Lucía I y tiene el aval de un jurado certificado. Es el trabajo de Leonardo Varela y el impulso de los casi cien escritores que participaron y mantienen estos Juegos Florales como una tradición legítima de la palabra en esa tierra.

Finalmente, y porque tengo la manía de citar a otros constantemente, les dejo esta arte poética de Javier Eraud, que ratifica la intensa necesidad de vivir la palabra. Eraud era un poeta peruano. En 1963, a los veintiun años, fue asesinado :

El mar lavará mi espíritu en las arenas
lo lava todos los días en el recuerdo
lo ha lavado con palabras
el mar no es un placer sino una vida.

Texto pronunciado en la ceremonia de premiación, el 2 de agosto de 2006

29.8.06

A la violenta e injusta prosperidad




Francisco de Quevedo y Villegas








Ya llena de sí solo la litera
Matón, que apenas anteyer hacía
(flaco y magro malsín) sombra, y cabía,
sobrando sitio, en una ratonera.

Hoy, mal introducida con la esfera
su casa, al sol los pasos le desvía,
y es tropezón de estrellas; y algún día,
si fuera más capaz, pocilga fuera.

Cuando a todos pidió, le conocimos;
no nos conoce cuando a todos toma;
y hoy dejamos de ser lo que ayer dimos.

Sóbrale tanto cuanto falta a Roma;
y no nos puede ver, porque le vimos:
lo que fue esconde; lo que usurpa asoma.



23.8.06



Presentación en Casa Serrano de los libros Todo es Babel y Lámparas de Sueño. D.A., Jorge Souza, Hugo Plascencia y Leticia Cortés.

22.8.06

Lámparas de Sueño

Si me preguntan quién es Leticia Cortés, hay una respuesta definitiva: no lo sé. Estamos frente a una poeta que deja en velo sus circunstancias para que mejor podamos leerla con placer. Una poeta cuya palabra es el hilo de Ariadna en el laberinto inacabable de la poesía. Cuando uno tiene la costumbre de merodear los sitios y estancias donde habitan los poetas es muy probable llegar a toparse con alguno especial. A mí me ha sucedido con Leticia Cortés, a quien alguna vez leí en una antología, la encontré en la red, en el mundo de los blogs o en un boletín de la Secretaría de Cultura. Un poema de Leticia me llevó a otro, y ese a otro más, encadenando mi gusto por una autora cuyos textos son ese hilo que se sigue y no llega al cabo, ni espera llegar.
Ella pertenece a esta generación de poetas menores de treinta, como Antonio Marts, Bethsabé Ortega, Marco Antonio Gabriel, Beatriz Ortiz Wario, Hugo Plascencia o Fanny Enrigue, cuyas obras empiezan a cocinarse en Jalisco y se les ve en antologías, revistas e Internet. Lámparas de sueño, es una edición de autor que inaugura el trabajo individual de Leticia, quien tiene ya experiencia en obras colectivas y ediciones periódicas. Se compone de 23 poemas -tres de ellos prosa poética- sin divisiones capitulares, con una pintura de Carlos Larracilla en la portada.
Es Lámparas de sueño un recinto, el cascarón de una arquitectura que para unos puede llamarse mundo, para otros territorio o, para los menos, habitación. Para ser explícito, referiré aquel poema de Neruda sobre su “Sebastiana”, la casa que construyó en la costa de Valparaíso: “Ya no pensemos más: esta es la casa / ya todo lo que falta será azul”
El recinto de Lámparas de sueño es un mundo pasmoso, con tacto frágil donde todo parece recién inaugurado y recién inaugurado es el modo de percibirlo. Como la casa de Neruda, comienza a llenarse en la primera línea, aunque parezca que siempre ha estado pleno.
(Estoy revuelta
Petrificándome con el frío estoy)
Estamos inquietándonos
Porque embalsamamos la tierra
En nuestra áspera saliva.
Este recinto, a mi modo de ver, tiene tres residentes constantes y capitales para la estructura interior del poemario, los cuales cohabitan y se dejan manosear unos por otros.
El primer residente en Lámparas de sueño es la voz de un yo femenino (no feminista, por cierto) que participa del mundo desde su propio asombro y nos guía a través del libro. Ningún poema es de terceros, siempre es mío, con mis ojos y mi lengua, parecen decir Leticia Cortés o el mismo lector una vez que ha penetrado y se descubre en ese yo femenino. Desde el primer poema, Grito primero, se enuncia. Es su parto, pero también lo es de la palabra, de la voz que trama la poesía: “tengo qué hablar, / esconder mi rostro, / parir este dolor de haber nacido irreductiblemente asustada”.
Efectivamente, el yo establece su condición asustadiza y no se separará más de ella. Es un yo frágil, víctima de circunstancias que parecen a punto de romperse o de cerrar el poema con una contingencia. Es un estado límite en el que se anega, con frases como: “No me dejaré cortar esta vez por el otoño” o “Me fui muda / quedando vacía me fui”.
El segundo residente es aplastante y parece amotinarse poema tras poema. Yo le llamaría tristeza, aunque el yo es tan vulnerable que no puede llamarle de modo alguno. Es omnipresente, se sujeta a las calles o al árbol y mantiene el adolorido paisaje de los textos. Reduce la voz del poeta a su frágil condición. Cuando intenta ser ira es sólo queja y si pretende odio no podrá sino consentir y musitar. Dos ejemplos:
Pasa la vida como lluvia delirante.

Si la soledad fuera una danza
Si tan sólo fuera una danza

El tercero de los residentes aparece irremediablemente en la mayoría de los poemas. Es un tú, un alguien, otro que apenas asoma en la escena pero siempre es verbalizado; es a quien necesita el yo femenino para asirse y para sostener el poema en su deriva y salvarlo del mar picado en el que está, aunque ambos se hundan juntos. Es un tú permanente, una pareja amorosa, concebido como el objeto que atiza el mundo pasmoso y su tristeza:
No pretendo hacerme
amarilla de repente
como si el mar
fuera bilis derramándose en la cruz
¿Por qué sembrarte
me resulta tan amargo?
¿Por qué te miro
Y mis pies se ahuyentan del camino?
Estos tres residentes y el oficio de Leticia Cortés cocinaron Lámparas de Sueño, en el cual encontramos poemas certeros como Grito primero, Danza o Asentada raíz, que dice:
No quiero llevar prisa
Para silenciar mi estruendo.
Ni bajar los puños de repente.
No quiero estar esquina
Con la puerta reseca y los labios cerrados.
Mi cuerpo astilla temprano madrugadas.
Quisiera contar tu historia, quedarme muda.
Decir que nos gustaba morir todas las tardes.
Hay un halo cercano a Rosario Castellanos, a Sylvia Plath o a Adriana Díaz Enciso, de quien la autora es especialista. Sin embargo, esta voz es nueva, humedecida por una mujer joven. Dije en un principio: no sé quién es Leticia Cortés. No puedes conocer a alguien que te pasea por el laberinto y te abruma, como sucede en Lámparas de Sueño. Sin embargo, a diferencia de lo que pueda suceder en otras disciplinas, la poesía que abruma y te lleva a recintos de rareza fascinante es halagadora y hace de la palabra una experiencia y no sólo una lectura. En el caso de Leticia Cortés es una experiencia irrenunciable. Hay qué leerla.


*Autor: Leticia Cortés, Ediciones Cuadrivio, Guadalajara, 2006.

Púrpura

Leticia Cortés
Cuando Dante me invitó a presentar Púrpura sabía que sería un reto. La poesía, en cualquiera de sus manifestaciones, siempre representa un reto, sobretodo cuando sentimos que su fin último no se ha cumplido, sin embargo, la poesía de Dante en mí cumplió con el que considero es, el fin último de la palabra: permanecer. La primera vez que lo leí fue en esa antología que hicieron Dante Medina, Raúl Bañuelos y Jorge Souza: Poesía viva de Jalisco y desde entonces Dante ya figuraba en esa permanencia de la que hablo, y en la cual por versos de esta factura se ha consolidado como uno de los jóvenes poetas más prolíferos de Jalisco cito “Yo he dicho que la muerte asemeja el sitio donde amamos / por eso me quedo a temblar” fin de la cita con este verso, Dante no sólo nos recuerda que el color púrpura es la manifestación de lo mágico, y que nos revela la fe y la devoción, sino también la condición humana del poeta cuando se encuentra frente a la realidad que lo sujeta a un papel, concatenando dos instantes de la naturaleza a la que estamos condenados desde siempre, con un verbo que invoca a lo reflexivo siendo artífice de la comunión entre la muerte y el amor. Dante en Púrpura no sólo se ciñe a la poesía, también la vive, las palabras habitan en él. Su poesía se establece desde un Yo poético, desde un lenguaje cotidiano que lo hace universal y en esa transparencia de lenguaje encontramos una libertad de sonoridad, de ritmo, de cadencia. Dante sabe que la poesía es el resultado de un caos, de una inquietud en cualquiera de sus sentidos, porque la palabra viene cuando la perturbación llega. Cito: “Ir, venir, quedar. Si el tiempo estuviera en paz habría evitado este libro, pero - como las aguas de temporal - tiene turbulencia y es necesario ponerlo por ahí, que exista, aunque sea un poco” fin de la cita Desde esta advertencia se puede encontrar ese caos, esa inquietud en los verbos: “ir, venir, quedar” Púrpura nace de un estado de turbulencia anímico. Así, dividido en tres secciones “Yendo” “Quedando” y “Viniendo” encontramos un estado totalmente humano y en el cual se va hacia un punto en particular para después regresar al origen: como la vida misma.
La primera sección titulada “Yendo” está conformada por 11 textos en los cuales las imágenes evocan a la naturaleza cito “llueven la piel, solares manos” fin de la cita En esa misma naturaleza el sujeto poético busca una respuesta, un alguien que lo acompañe en sus noches. En la poesía de Dante el sol asimila el significado del tiempo. Cito “soy un deshojado cuando la tarde descuelga un pasajero de sombras que consume polvo” fin de la cita Lo que caracteriza a la poesía de Dante es esa transgresión de la palabra en la cual los poetas tienen un olor particular cito “Detesto lo que viene del aire porque huele a rosa, a Byron” fin de la cita Dante invoca poetas con aromas de su entorno, así el ensueño en su poesía es un acto plácido, en él encuentra un descanso aunque dentro del placer reposen alimañas que contrastan y en la contraposición de sus adjetivos, sustantivos y verbos, encontramos una nueva manera de nombrar la realidad. Lo que Dante hace en Púrpura es mostrarnos sucesos que se acercan y se alejan en la lobreguez. Sus poemas son instantes llenos de agua y, como menciona Bachelard, el agua es el estado más perfecto de la naturaleza por encontrarse en cualquier estado de la materia. Cito “Hay hombres, como este, que miran llover todavía” fin de la cita también encontramos una atemporalidad en sus poemas, instantes perpetuos en los que el sujeto poético se define cuando dice cito “yo conozco la ciudad y sus gatos turba que ronronea y eleva espectros al mediar la aguja” fin de la cita pero también encontramos lo opuesto como Dios y el Diablo. En sus palabras el Yo poético sabe a qué hora el mal merodea las calles y también lo vemos como un hombre. El Diablo, para Dante, puede ser cualquier humano que se expone a los riesgos de la vida sin ningún miedo.
En la segunda parte de Púrpura, “Quedando” encontramos a Dios de manera más directa. Quedar es no moverse, es permanecer. A diferencia de la primera parte de Púrpura, “Quedando” es una etapa más carnal. Y como Dante sabe que todo debe justificarse, en el poema Ópera Prima el sujeto poético justifica cada uno de sus actos. Cito “Por tu culpa y tu hermética mañana, por tus piernas en fuga, por que la luz persiste y porque víctima siempre soy. Por la escala creciente del infinito, por tus pechos de palacio maya, por tu boca abierta y vaporosa, por las marejadas del cobertor” fin de la cita. Es esta segunda parte de Púrpura el poeta advierte lo que no es en su existencia y advierte al lector que en ciertas horas besar es un peligro. También encontramos en Púrpura instantáneas de París con sus luces y sus calles, la temporalidad del otoño y la arquitectura. En “Quedando” figuran el amor y la carne cito “Dios libera su piel raíz / mientras los amantes, húmedos aún / se alejan del edén / tras el cobre encendido de la tarde”.
La tercera y última parte de Púrpura, Viniendo, se enfoca a la patria, a la escalera que parte del recuerdo de la abuela entendiendo la escalera como una misma representación de su libro, como un ir, venir y quedar. En La escalera encontramos esa rutina de la abuela al subir y bajarla siempre recorriéndola con su asma. La escalera representa la muerte, los ciclos que deben cerrarse. La casa siempre, otro de los poemas que conforman el libro, es el significado de la purificación espiritual. En Púrpura dominan los recuerdos y las pertenencias, fiestas religiosas como Nochebuena, Diciembre 24 y miércoles de ceniza cito “uno no vuelve / la tierra vuelve / se trepa / día a día nos va lapidando” Púrpura debe leerse sabiendo que se encontrará en él, el mundo que nosotros mismos percibimos, pero desde un ángulo poético, en el cual nos hará beber de una pepsi light que alude irónica y sarcásticamente al parafrasear la cultura Light que actualmente nos rodea. Lo que veremos en Púrpura es una confesión del autor a través del poeta, cito “Yo tenía un sube y baja rojo y azul / tan rápido como mi rabia / tan desigual en horas de suicidio. Mamá oprimía el extremo / donde las a veces picaban por las mañanas / justo ahí: en el asiento de mi amigo el muerto” En el vértigo de esta última parte de Púrpura leemos los acontecimientos diarios, lo sencillo que se transforma en permanencia y que a su vez trasciende, lo fácil que uno flaquea al sentir el silenciol. Para leer Púrpura hay que ser cómplices de lo que nosotros también vemos, sentimos, escuchamos, caminamos y comemos, porque la poesía de Dante está en todos lados, nos permite ensoñar y entrar a la realidad poética cuando sucede un relámpago. Su voz poética es un diccionario ambulante de realidades, en ella encontramos todos los acontecimientos del humano, transitan historias con las cuales todos podemos identificarnos. La fluidez de sus poemas, su vitalidad y su sencillez nos provocan un estado puro. Dante es, en palabras de Alberto Ruy Sánchez, un sonámbulo, un sonámbulo que está destinado a llenarse de fantasmas fugaces, y en esa fugacidad encuentra la palabra estable: lo permanente.

17.8.06



´Los esperamos este viernes 18 a las 20:30 horas en Casa Serrano.


Presentación de Púrpura en la capilla Elías nandino, con Leticia Cortés ( a quien agradezco su impulso) y Mauricio Ramírez. Ya en el brindis de deshonor: Beatriz Ortíz Wario, Pedro Goché y Hugo Plascencia. Paty Mata y Ricardo Sigala se movieron, así que no salieron en la foto.

6.8.06

Invitación

Les invito también este Martes 8 de agosto a la charla que sostendré con el tema "La ciudad y los escritores", con motivo del hermanamiento Lagos de Moreno-Sancti Spíritus, Cuba. La Cita es a las 19:00 horas en la Casa del Artesano, de Lagos de Moreno. Entrada gratuita.

1.8.06

Murciélago triste (fragmento)

I

El otoño hace pausa en el zaguán con torpeza de ciego
bufan las palmas
un cable
párpados arriba sisea el aire

hace tiempo no vienen aguaceros a descamar la madrugada
a llevarse este olor de pátina y gatos
a colgar de la cornisa un filo
una reja de cristal que nos deslumbre

me gustaba su murmullo de monje batiendo el tejabán
cuando éramos rapaces, sedientos
y teníamos alas de velero.

Hoy es antártica la hora: se alarga después del almuerzo
desprende trozos de cal, adobe, letanías en nuestro lomo
dice: quietos

Todo es pardo bajo el silencio que precede la hora de otros:
la no nuestra, sino del temblor
del sueño a la deriva de un plumero
resquebrajante

me acurruco a ti: somos estalactitas
cuando vine a la ciudad el amanecer.



II

Alguien en casa escucha Radiohead y asoma sus ojos por la tronera
es el insomne que llega como un bicho al polvo
fantasma sin rostro / acostumbrado a espiar
y a seducir con una copa la copa de estrellas

la música agranda el follaje del naranjo
en mi aguda espuma están sus dedos graves
un deambulatorio que sube y baja este santuario

Un ratón se acerca / ya quisiera mi tiara
y los bemoles donde se enuncia nuestro refugio

los murciélagos estamos hechos de uvés y pequeña pelambre
somos el filo, la oscuridad puntiaguda
vVv vVv vVv
revés con la soledad a cuestas / pelones ojos

Aún así amamos la ebriedad del sonido
las notas donde se baña el hombre de la casa
y el vino que destila su queja.


III

la tristeza es quieta
bálsamo que aleja mosquitos
línea en el ocaso
lavanda herida de un pirú
liturgia de los sin mar
argumento llano

hay un muerto a mi espalda
sudor y naftalina / carraspeos de pedregal
¿hay luz para mirar el mundo con ojos ciegos?

la tristeza es quieta y es mía
todo aleja la tristeza.

25.5.06

Enrique Norten

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El primero de mayo se anunció que Enrique Norten fue seleccionado como finalista del concurso “Zona Cero”, para el diseño y construcción de un centro cultural en el sitio que anteriormente ocuparon las torres gemelas de Nueva York.

Hace un año, le entregaron el Leonardo Da Vinci World Award of Arts y ganó el concurso internacional para realizar el proyecto del Museo Guggenheim en Guadalajara, una torre translúcida que romperá el horizonte trunco de la Calzada Independencia y concederá una nueva postal a la Barranca de Huentitán. Esta fue una de las noticias más difundidas de la arquitectura mundial, por la relevancia del proyecto y porque las obras anteriores de la fundación (el museo de Frank Lloyd Wright en Nueva York y el de Ghery en Bilbao) han constituido un referente en el desarrollo de la arquitectura.

Enrique Norten (Ciudad de México, 1954) pertenece a esa generación de arquitectos finiseculares (mejor dicho: fronterizos) como la catalana Carmen Pinó, el francés Jean Nouvel, o los norteamericanos Billie Tsien, cuya obra aparece con renovado lenguaje y un discurso de proyección universal, asumiendo el compromiso de la tecnología en el arte y la recuperación de la convivencia entre el hombre y el medio ambiente. No buscan el preciosismo, sino la eficacia del lenguaje espacial y el uso de alternativas formales en las estructuras y en la cinética urbana.

En 1985, Enrique Norten fundó TEN Aquitectos, taller con sedes en México y en Nueva York, en el que ha desarrollado su obra. Destacan la Casa O (1991), los Comedores Televisa (1993), La casa LE (1995), la Casa RR (1997), el Hotel Habita (2000), La Escuela Nacional de Teatro, el estacionamiento de la Princeton University (2000) y la Casa C (2004). Actualmente construye el Visual and Performing Arts Library, en Brooklin, y el Hotel Budapest, en la capital húngara, entre otras obras.

Además, Norten fue invitado para participar en el desarrollo JVC de Guadalajara, junto con otros arquitectos reconocidos (entre ellos el González de León), y fue jurado del Memorial del 11S en Nueva York. Se ha dedicado también al quehacer académico en distintas universidades y es fundador y miembro del consejo editorial de la revista Arquitectura.

En México, la arquitectura inmediata a Luis Barragán -con Legorreta, Agustín Hernández, González de León, Zohn o Serrano- se había endurecido a fines de los ochentas y, en algunos casos, petrificado; además, el creciente influjo de la arquitectura como un producto comercial, así como la especulación del suelo, agobiaba el desarrollo de nuevas tendencias de diseño, anclando el espectro imaginativo en la tradición, pero dejando de lado el hilo conductor de una reinterpretación “arquitectónicamente novedosa y necesaria” en el país.


Estas condiciones terminaron por darle paso a esta nueva generación de arquitectos (y Norten a la cabeza) de voz quieta y transparencia espacial, en contraposición al violento posmodernismo -que a ningún lugar ha llevado- y del high-tech, engrandecido por el mercado norteamericano y la industria del acero.

Manuel Larrosa definió la arquitectura posmoderna como “la huida hacia la mera apariencia”. Enrique Norten es uno de los arquitectos que ahora huyen de esa apariencia y establecen el discurso del diseñador y humanista, por encima del megalómano “creador”. De hecho, considera que el arquitecto “no es artista”, sino el profesional responsable de un diseño integral derivado de necesidades concretas y cotidianas. Con él se ha roto el prisma simple del racionalismo o el amaneramiento del tardomoderno; se relaja la arquitectura y cambia el rigor espacial por el ambient; se suavizan la luz y el color; se diluyen los muros en pantallas y retrocede el funcionalismo como sujeto inquisidor de las formas.

Ahora Norten se encuentra en los cuernos de la luna, como hace diez años lo estaba Legorreta, pues es el arquitecto mexicano de mayor proyección. Es un buen momento para agendar otro rumbo en nuestra quieta arquitectura.