9.2.20

Rico, Lésper y la fragilidad de lo conceptual.

“Nimble and sinister tricks”, de Gabriel Rico


Este fin de semana fue álgido para la opinión pública de la comunidad artística en México, debido a un incidente de la feria Zona Maco, pues las autoridades de la Galería OMR acusaron a Avelina Lésper de destruir la obra “Nimble and sinister tricks” (algo así como “trucos ágiles y siniestros”), de Gabriel Rico, la cual se colapsó en las narices de la célebre crítica de arte y de una multitud de espectadores presentes.
Inmediatamente y en consecuencia, los medios de comunicación y las redes sociales soltaron al león. Se desató una marea de opiniones, juicios y condenas  mediante sendos memes, tuitazos e ingeniosos comentarios, acusando dos bandos irreconciliables que terminaron por sentenciar: quienes definen a Lésper como “pesudocrítica” y quienes definen a Gabriel Rico como “pseudoartista”.
Siguiendo la marejada, me sumé con un comentario en Facebook, pero después recapacité y lo eliminé, pues me asaltaron tres dudas: una, si Avelina actuó de manera criminal y malévola; dos, si la obra realmente se sostendría por mucho tiempo; y tres, si realmente en OMR estaban “tristes”, como lo indicó uno de sus comunicados.
En relación con lo primero, la misma Lésper aclaró que ni siquiera tocó la pieza. A pesar de su apariencia beligerante, dudo que haya sido su intención ver en añicos el cristal y los objetos de la obra, o si lo pensó, no buscaría ser el conducto del colapso. A pesar de su personalidad protagonista y controversial, Lésper se ha colocado en un ala de la crítica que más de una vez ha puesto en evidencia la charlatanería con que se mueve el mercado del arte y los “artistas” en búsqueda de fama o de capital, motivo por el que se ha hecho un ejército de fans y otro de detractores. En lo personal, me asumo dentro de los primeros.
            Por otra parte, y sin considerar aspectos estéticos, plásticos o conceptuales, al ver la composición de la pieza es evidente que terminaría en el suelo, debido a su fragilidad estructural. Me extraña eso, pues Gabriel Rico (quien hasta el momento no se ha manifestado sobre lo sucedido) tiene formación como arquitecto y en otras ocasiones ha presentado piezas con un cuidado del equilibrio y la resistencia de los materiales.
Rico es un artista nacido en Lagos de Moreno (1980) con una trayectoria ascendente en el campo del arte, con exposiciones en el país y el extranjero a lo largo de quince años, que lo llevaron en el 2019 a ser invitado a la 58 edición de la Bienal de Venecia. Lo conocí siendo un niño, pues mi familia vivía al lado de la suya en los años ochenta. A ellos les guardo un entrañable respeto. Su madre, Lourdes Jiménez (quien lamentablemente falleció hace unos años) fue una entusiasta autora de poesía infantil, con quien tuve el placer de compartir mis primeros azotes en la literatura a inicios de los noventa. En aquel entonces, su padre, Emigdio, tuvo la generosidad de ilustrar el primer número de nuestra humilde revista Cuadernos del Tlacuache, con unas simpáticas viñetas en tinta china que recrearon visualmente no sólo ese primer número, sino nuestra primera época de talleristas.
A Gabriel le perdí la pista, hasta que vi una de sus exposiciones en Guadalajara, siendo él egresado de arquitectura y artista en ciernes. Era una colectiva de nombre Tree Friends, instalada en un piso de Chapultepec, que me pareció regular. Luego vi otra con mayor madurez, de nombre Superposición, en el Museo de la Ciudad, allá por el 2014. Finalmente, le perdí la pista otra vez hasta el incidente de este fin de semana.
Algunas obras de Gabriel constituyen una transegresión al status quo del discurso artístico y buscan redimir, mediante los materiales, la escición entre naturaleza y el orden social. Como señala su página personal: “sus instalaciones combinan irónica y poéticamente formas naturales y antinaturales, insistiendo en una contemplación necesaria de su asimetría, así como de nuestros propios defectos culturales y políticos”. Bajo esta línea de trabajo ha logrado en los últimos años prestigio entre coleccionistas y galerías de México y el extranjero.
Sin embargo, “Nimble and sinister tricks” es (era) una obra que más allá del discurso carece de proyección y empatía. Es una relación de objetos insignificante, desarticulada incluso en el orden conceptual, pues en el arte conceptual también la materia que lo constituye (y no sólo el discurso) debe representarse como un todo o una suma de conexiones lógicas. Además, debe tener una capacidad de resilencia que en este caso fue nula: la estructura fue insuficiente por sí misma, fue insuficiente para el espacio que la contenía, para un espectador en movimiento y para el tiempo que duraría su exposición. Considero que tasar en 20,000 dólares la obra es excesivo y es evidente que los criterios del mercado artístico se juegan intereses distintos al valor real del arte.  
Por otra parte, para quienes acusan a Avelina Lésper de reaccionaria, me parece que nada hay más reaccionario en este periodo de la humanidad que mantener una incontinencia mercantil en el arte, la cual ha permitido abusos y absurdos en galerías y museos, escuelas de enseñanza, instituciones públicas y colecciones privadas.
Seguramente, este día Gabriel Rico ha multiplicado (sin esperarlo) sus bonos como artista, lo cual favorecerá su posición en los círculos artísticos del país y del extranjero. Por su parte, la tristeza de OMR no es sino una oportunidad para colocarse como una galería con una proyección positiva. Quien seguirá igual es Avelina Lésper, aunque probablemente tendrá que comprar un vidrio de seis metros cuadrados, una pluma, un palo, una piedra y un balón, materiales cuya fragilidad no es menor a cuanto acabo de escribir.

16.9.19

Francisco de Alba, un poeta en penumbra


Don Francisco de Alba, Julio Ruelas,
Óleo sobre tela, Museo Nacional de Arte, INBA Acervo constitutivo, 1982.



Este retrato fue pintado en 1896 por Julio Ruelas, ese excéntrico zacatecano que incorporó el simbolismo a la gráfica mexicana. El personaje que mira extraviado es un poeta: Francisco de Alba, quien emerge de la penumbra ataviado con lechuguilla (o gorguera) como si fuera un escritor del siglo XVI. Se trata de una de las extravagancias con las que Ruelas solía dotar a sus personajes.
Con los ojos vítreos, como si encarnaran algún pesar, el poeta se acongoja y la mano derecha sujeta con rigidez el pliego de hojas, donde seguramente se resguardan los pocos poemas que escribió y no vería publicados en un libro antes de morir. Por eso es un desconocido, un desahuciado de las letras.
Francisco de Alba Gómez nació en Lagos de Moreno en 1870. Fue hijo de Saturnino de Alba, un médico zacatecano que solía cambiar de residencia con frecuencia debido a su trabajo. A pesar de eso, el pequeño Pancho (como le llamaban en casa) pasó su infancia completa en Lagos de Moreno, donde fue alumno del prestigioso Liceo de Varones del Padre Guerra.
A la fecha nadie recuerda a Pancho, quizá porque vivió a la sombra de su hermano Rafael de Alba, quien le llevaba cuatro años de diferencia y fue reconocido por la elite intelectual del país como un excelente cuentista y crítico teatral; además, poseía dotes de conversador que Mariano Azuela recuerda así: “dueño de una memoria portentosa, de una cultura sólida y variada, sus charlas eran siempre interesantes cual fuesen los temas elegidos: filosofía, historia, geografía, literatura…”[1]
Al igual que el padre, ambos hermanos vivieron errantes, entre Lagos de Moreno, Guadalajara, Zacatecas, Tepic y la Ciudad de México, sin llegar a arraigarse en un lugar, pues se asumían como hombres cosmopolitas.
Los primeros poemas de Pancho fueron firmados a la edad de catorce años, inspirados en el romanticismo de Bécquer. Regularmente le atrajo el tema amoroso, aunque llegó a escribir un par a la naturaleza y otros con temas históricos, como el dedicado a Pedro Moreno, fechado en Lagos en 1889:

Cómo olvidar al héroe al que en un día
los cobardes tiranos propusieron
volverle al ángel, á quien más quería,
en cambio del honor y de la Patria,
y supo contestarles
 dominando el dolor con energía:
—Dos hijos tengo, aún podéis... tomarles!

Al iniciar la década de 1890 vivió en Guadalajara. Rafael, quien se desenvolvía con facilidad en sociedad y era animador de tertulias y veladas, lo presentó con escritores a quienes admiraba, como Manuel Puga y Acal y Victoriano Salado Álvarez, además de los incipientes autores laguenses Mariano Azuela, José Becerra y Ruperto J. Aldana. También quedó cautivado por la belleza de las mujeres tapatías y escribió un elogioso poema a las señoritas Cova Cañedo y Ana Palomar, a quienes calificó como “dos esculturas”.
En la Ciudad de México vivió sus últimos años y se relacionó con escritores y artistas jóvenes al igual que él, como Rubén M. Campos, Juan José Tablada y el mismo Julio Ruelas, quien entonces no pisaba los veinte años. Todos ellos acostumbraban pasar las tardes en una taberna de comerciantes, bebiendo y fumando con entusiasmo mientras discutían las novedades de la cultura mexicana y europea. En una de esas reuniones, el crítico Ciro B. Ceballos se encontró con Julio Ruelas, un  tipo solitario a quien describe así: “fumaba con verdadero furor y su gran vaso de ambarino lúpulo, era renovado sin descanso por el refunfuñante y poco diligente camarero[2].
Pancho colaboró esporádicamente en El Liceo Mexicano, El Imparcial, El Continental y La Libertad, entre otros periódicos de la época, pero no llegó más allá, pues su espíritu inestable y entregado a los placeres de sustancias excitantes limitaron su trabajo literario. En 1897, a la edad de 27 años, se quitó la vida por motivos aún desconocidos.
Uno de sus amigos, el editor José Monroy escribió: “¡quién hubiera, como tú, apurando el cáliz amargo de esta vida haber muerto en aquella edad en que viene el rocío a refrescar las flores y la brisa de la tarde a perfumar la frente soñadora!”.
Un año después, en 1998, la Revista Moderna publicó en su homenaje el retrato que pintó Ruelas. Además, José Monroy editó el poemario póstumo de Pancho, con el nombre Ideales y realidades, en la imprenta Avenida Juárez No. 624, debido a que era una promesa en vida del poeta:

… el joven autor de la colección de versos que forman este volúmen acaba de partir de este mundo encargándome los diera á luz lo que hago, sin vacilar, por creerlo de mi deber y porque no juzgo desposeidos de mérito los pensamientos que dejó escrito. Dígnese el lector ser indulgente.

El libro de 78 páginas contiene 33 poemas divididos en dos partes. Aunque la mayoría de estos son amorosos, destaca una elegía dedicada a “mi dulce Enriqueta”, firmada con el seudónimo Don Petate,  la cual tiene una carga de humor poco utilizada por el poeta y de la cual se transcribe un fragmento:

Yo soy un pobre diablo, un miserable
que no puedo ofrecerte
más de una pobre lira
 y un grande corazón para quererte;
con estos comestibles ya lo creo
que te puede gustar el himeneo,
pues en grandes apuros me vería
sabiendo, mi sultana,
que tienes, por costumbre andar en coche
 y tomar desayuno en la mañana,
comer a medio día
y volver a la mesa por la noche.
Esto no importa porque al fin y al cabo,
pudiera conseguir, a duras penas,
que tu estómago indócil
pudiera alimentarse por quincenas;
pero aquello del coche?... cómo puedo
 sofocar esos hábitos impíos
            a que, tan malamente,
te impusieron los brutos de mis tíos?
¡Ah! una vez, mi esposa
y á pesar de que mucho te idolatro
no haremos otra cosa
que andar en cuatro pies todos los días...
perdón, si digo cuatro
porque sumo tus plantas y las mías.

En 1918, el editor Fortino Jaime publicó el tomo Ella (poesías), pero después de esa fecha no se ha vuelto a editar alguno de sus libros. Su obra fue sepultada por otras generaciones de escritores jaliscienses que lo superaron, pero queda como testimonio de un poeta periférico, que nunca se inscribió con grupo alguno (ni siquiera con el modernismo latente en su época) y vivió de manera fugaz. Un poeta transitorio para las letras mexicanas, del que hoy no conocemos más que este retrato en la penumbra.


[1] Azuela, Mariano. “Rafael de Alba”. En Obras completas de Mariano Azuela. Tomo III. Fondo de Cultura Económica. México, 1960. Pp. 790-793.
[2] Ceballos, Ciro B. “Seis apologías. Julio Ruelas”. En Revista Moderna. Áño l México, 15 de septiembre de 1898. Número 4. Pp. 55-56.


3.10.18

Remember Lomas del Valle

Foto: Google Maps


Tendría unos siete años cuando mi familia llegó a vivir a Lomas del Valle, en la merita calle Cedro. Lo primero que recuerdo fue ver una plaga de gusanos soldado y chapulines que azotaron la calle, enverdeciéndola, así como el olor a hierba de los lotes baldíos. Eso era novedoso para un niño que había andado más que las calles del centro, con sus altas ventanas, rejas forjadas y zaguanes de macetas. Acá había un aroma a “nuevo”, a ladrillo recién encalado y cancelería de tubular; mientras que en la Juárez, el adobe, las jambas de cantera y los paredones neoclásicos nos rodeaban. Las casas allá tenían un toque de ancianidad.
Hacia 1980, Lomas del Valle era uno de los fraccionamientos con mayor crecimiento en Lagos de Moreno. Se había poblado con rapidez desde su construcción y poseía entornos variados. No era lo mismo vivir en la 5 de mayo que en Javier Mina o en Ciprés. Había viviendas humildes, clasemedieras y residenciales, calles empedradas, de terracería y adoquinadas. Un espíritu múltiple hervía porque llegaron familias jóvenes de cualquier nivel socioeconómico que le imprimieron un ambiente distinto al de los barrios tradicionales y plural.
En un principio, había un arco de ingreso por la calle 5 de mayo, el  cual fue demolido con el tiempo debido a que algunos vehículos de carga no cabían debajo. La carretera (hoy Boulevard Orozco y Jiménez) nos separaba del centro y sus barrios antiguos, y desde acá mirábamos su media docena de torres doradas al atardecer o los nubarrones oscuros que amenazaban desde Comanja en temporadas de lluvia. Mirábamos los cohetes de cada fiesta patronal y escuchábamos el ulular del tren amplificado por las madrugadas.
La colonia era el límite poniente de Lagos, donde empezaba la nopalera y una cerca de piedra bordeaba las calles Ciprés, Pino y Mezquite, hasta subir a la soledad de la Unidad Deportiva Municipal y a la Preparatoria Regional de la Universidad de Guadalajara, ambas recién inauguradas. Alrededor de estas sólo existía un descampado que hoy ocupa Paseos de la Montaña. Donde hoy está la tienda Aminoguanas había un letrero malhecho que decía “Calle del retorno”. Era, para mis ojos niños, el fin de la civilización y principio de la terra incognita. Cuando los estudiantes y maestros de la preparatoria se retiraban, por las noches, quedaba la punta del cerro, con sus 2000 metros sobre el nivel del mar, en plena oscuridad.
La ruta urbana de Autobuses Romo llegaba con apuros hasta la esquina de Aldama y Jacaranda, donde había un teléfono público muy útil, al que algunas veces le escurrían las monedas de tan lleno, pues la telefonía celular estaba muy lejos de aparecer. Luego, el camión volvía hacia el centro de Lagos, allá abajo, lejísimos de nuestros ojos y seguía su ruta hasta terminar en la Y griega, en el actual nodo vial que lleva a León. Más tarde se ampliaría la ruta y tomaría el legendario nombre de Cañada-Prepa, de la cual se pueden escribir cientos de aventuras y anécdotas, no todas gratas.
El camión era puro traqueteo y bajaba a madres por Jacaranda. En alguna ocasión hasta se quedó sin frenos y fue a parar directo al arroyo, con algunos heridos que fueron retratados con morbo por la nota roja del Provincia. Cuando íbamos al Cine Vera, a la Caja Mágica o a los chocomiles de Don Cuco lo primero que esperábamos del chofer era un veintiuno, boleto que intentaríamos cambiar por el beso de una niña, aunque la verdad no teníamos suerte con ninguna. Éramos chafas en el amor, pues.
En mi cuadra había excelentes vecinos con quienes hicimos amistad, los García Vilchis (Azael, Israel y su mamá doña Amelia); los Morales Romero (Sandra y Carlos), los Lugo Fuentes, los Segura Tiscareño (Hilda, Chela, Joel). A un costado de la casa vivían los Zamora de Anda (Hugo, Gustavo, Carmen, Lety, Omar, Mimí). Detrás de la casa vivían Judith y Chuy Moreno Alderete; más arriba, el buen Leonard y a unas cuadras mis amigos de la calle Pino: Rogelio, Gerardo “Miné” (a quien en la primaria llamábamos Nacho, no sé por qué), Erick, Anibal y Gaby Jacinto Chumacero. En la calle Roble, mis amigos Cipriano Jiménez y Abel (hermanos de Chava Tacos); los Urroz, buenazos mecánicos; Juan Pablo Ramírez Claudio y su familia, también mecánicos; los papás de Karina Gutiérrez Carrales, que tenían una tienda y hoy viven en León. En Jacaranda y Javier Mina vivía mi tía Goya y por Hacienda de la Daga mis tíos Félix y Pepe, con todos nuestros primos. Decenas de nombres que podría recordar y otros que se han borrado, entre amigos de la primaria, vecinos y visitantes eventuales.
Con ellos jugamos al bote, al circuito cerrado, a las choyitas, chinchelagua, teléfono descompuesto, futbol, beisbol y carreras; salíamos a recorrer el cerro o a andar las calles con los patines del diablo, la bicicleta o las avalanchas de baleros. Fue ahí donde nos enamoramos por vez primera de alguna vecina y donde tuvimos las primeras peleas a golpes, no siempre con buena fortuna. En mi cuadra teníamos a veces función de títeres, cinito, reuniones para contar cuentos de terror y hasta concursos de belleza, en los que participaban nuestras hermanas y vecinas. En los temporales de lluvia hacíamos represas con el agua que corría por el arroyo de la calle, subíamos a los árboles para tatuarlos con una navaja o construíamos casas de ramas para armar algún club secreto.
            La infancia aún se podía recorrer a pie, ir a la escuela con la mochila arrastrando y volver al mediodía para que te enviaran a las tortillas con la servilleta de cuadritos. Mi hermano Eduardo iba a la secundaria, al Poli; Diana estaba en el colegio Pedro Moreno; Bety en la Escuela de Educación Especial y yo en la Primaria Cuauhtémoc, la cual construyeron hasta la punta del cerro para que llegáramos con la lengua de fuera. Ahí tuve otros buenos amigos de los que luego escribiré y maestros memorables, como el profe Leopoldo Mendoza.
            La parroquia de San Francisco Javier era apenas un templo en construcción a donde concurría todo mundo, en especial en tiempos de fiesta y kermeses. El jardín estaba (y sigue ahí) entre Fuerte del Sombrero y Rancho del Venadito. Creo que a pesar de los años sigue careciendo de identidad, pero es un sitio de recreación para los vecinos.
            Además de la fiesta de San Francisco Javier, disfrutábamos las posadas, sobre todo aquellas que organizaba doña Paquita en la calle Roble. Su generosidad permitía que los gorrones participáramos de la piñata y los molotes, siempre y cuando rezáramos y cantáramos el Ora pro nobis.
            Entre las tiendas más reconocidas estaba la frutería Hermanos Salazar, la Panadería de Pan-taleón y una tortillería en Fuerte del Sombrero que siempre tenía una cola larguísima de gente, además de una tienda de ropa sobre la carretera: El Geitani. Recuerdo el primer establecimiento de abarrotes “elegante” que vi en mi calle, se llamaba Súrtase bien. Tenía un piso lustroso, aparadores de cristal y toda la mercancía acomodada con pulcritud, nada que ver con la idea de abarrotes que conocía hasta entonces, como la que estaba frente a la escuela y que vendía todo tipo de colguijes y estampitas sobre luchadores y álbumes de moda. Más tarde, en Lomas se instalaría en la calle Realistas la célebre discoteque Studio47 de Armando Villalobos y luego llegarían otros establecimientos que con el tiempo se multiplicaron en cantidad y en variedad por todas las calles.
            A pesar de los años, Lomas del Valle no ha cambiado del todo su espíritu. Permanecen los mismos lotes baldíos y algunas casas sólo se maquillaron; el camión baja aún como un loco por Javier Mina y las familias siguen habitando y deshabitando sus espacios. Ya no es la orilla de la ciudad, sino el corazón de un entorno en plena madurez.
            Aunque en Lomas del Valle mi familia sólo permaneció cuatro o cinco años, para mí fue un paraíso perdido el día que salimos. Había terminado mi primaria y estaba por ingresar a la secundaria en otro rumbo no muy lejano, pero extraño: el cerro de enfrente. Me aterraba no volver a ver a mis amigos y sepultar la infancia para siempre. Lo que no sabía entonces, es que otros paraísos me esperaban.

11.6.18

Fernando González Gortázar en Chapala

González Gortázar. Fotografía: El País

En el año 2013 la Universidad de Guadalajara distinguió a Fernando González Gortázar (Guadalajara, 1942) como Doctor Honoris Causa. Simultáneamente, la exposición Resumen del fuego, en el Museo de las Artes, signó el regreso a casa del reconocido arquitecto y escultor tapatío, quien, entre otras distinciones, ha sido también Premio Nacional de las Artes y se ha formado como un diletante en su andar cosmopolita.
Desde temprana edad, FGG gozó de Chapala, gracias a las temporadas que su familia pasaba con fines de descanso, y fue ahí donde realizó un par de obras de relevancia para su carrera.
La Cristianía. Fotografía: TripAdvisor
El acceso al parque es rotundo y se eleva con la violencia de un tejado que engulle a los usuarios hacia el interior. Los pilares de la fachada se coronan con un penacho de plantas de ornato, en remembranza a las macetas y enredaderas colgantes de algunos patios y viviendas de la región, donde los helechos y flores de temporada son parte del paisaje doméstico y urbano. Hoy están descuidados, quizá por lo poco funcional de su mantenimiento.
Si desde el cielo la zona de asadores es una siembra de frágiles tréboles, a ras de suelo, la masividad de la piedra emerge con fiera voluntad entre las áreas verdes, y sostiene trabes de concreto sobre las que descansan tejados que dan resguardo a los paseantes. Por su parte, los pilares de piedra labrada rompen con la horizontalidad y son, a la vez, prácticos asadores para el convivio dominical.
La naturaleza y la arquitectura se intersectan una y otra vez en las ondulaciones de las áreas verdes y rematan en la horizontalidad de la laguna, al fondo del parque, tras el follaje de los árboles y el canto de decenas de especies de aves.
            Para quien visita Chapala, el Parque de la Cristianía es un referente urbano que constituye un acertado esfuerzo de la arquitectura mexicana por dotarse de identidad sin los preceptos internacionales, más bien con los recursos de la arquitectura vernácula y su relación con el paisaje y las costumbres locales. Es un espacio de utilidad permanente que durante el día se llena de paseantes, deportistas y familias. Esa utilidad tan anhelada ahora que se construyen elefantes blancos por doquier en los espacios públicos de nuestras ciudades.
Casa Salcido
Otra obra que vale la pena destacar es la Casa Salcido, construida diez años antes (en 1971) y ubicada sobre la calle Hidalgo, a unos pasos del parque La Milagrosa, donde FGG se vuelca a un funcionalismo íntimo, doméstico, que no aspira sino a retraerse tras los muros de una quinta infranqueable. De ella refiere Raquel Tibol lo siguiente:

…sólo puede calificarse de euforia verbal, o fruto de una imaginación exaltada que logra ver cómo tres                paredes se entregan al amor sexual… donde dos muros exteriores se encuentran haciendo un ángulo                  de 90 grados, [Manuel] Larrosa ve una “intersección erótica, anuncio de bellezas interiores”.[1]

FGG es de los hombres renacentistas que la sociedad posmoderna tiende a suprimir en beneficio de una producción meramente técnica. Apuesta por el humanismo y la memoria, como lo señala él mismo en la siguiente cita: “la ciudad, como la arquitectura, también debe expresar la verdad y el autorretrato, que en este caso es colectivo. La ciudad debe ser la suma de las épocas por las que ha pasado, y la suma de los grupos que la han construido”[2]. Con esa congruencia, González Gortázar ha levantado su obra y el significativo legado que deja en Chapala.




[1] Tibol, Raquel. “Manuel Larrosa sobre Fernando González Gortazar”, en Revista Proceso. Vista el 10 de junio de 2018. http://www.proceso.com.mx/180223/manuel-larrosa-sobre-fernando-gonzalez-gortazar

[2] González Gortázar, Fernando (2014). Arquitectura, pensamiento y creación. Fondo de Cultura Económica y UNAM. México, D.F. Pag. 157.

27.5.18

Seis pintores laguenses del siglo XIX


Nuesta Señora, Refugio de Pecadores (1841), Obra de Mariano Borja,
Saint Ignatius Church, San Francisco, California.
(Fotografía: Wikipedia)

La sociedad mexicana del siglo XIX, en su búsqueda de una identidad como nación floreciente, recibió con entusiasmo los paradigmas del academicismo europeo y encontró en la Academia de San Carlos la institución que estableció los lineamientos que arquitectos y artistas debían diseminar por todo el territorio nacional. De ahí emergieron los maestros que formaron a los más importantes artistas de su época, especialmente en la capital y en centros urbanos como Guadalajara, Guanajuato, Morelia y Puebla.
Con su incipiente desarrollo, Lagos de Moreno no fue la excepción y dotó al país de pintores que (si bien son poco conocidos) colaboraron en la formación de un lenguaje plástico en Jalisco y en el Bajío guanajuatense.
Un precursor de la plástica local en el siglo XIX es Mariano Borja, pintor nacido antes de la independencia en León, Guanajuato, quien probablemente pasó temporadas en Lagos, pues algunos de sus clientes fueron vecinos de esta ciudad. Se convirtió en un retratista de trascendencia que aún espera estudios particulares sobre su vida y obra. De acuerdo con el coleccionista Carlos Navarro, Borja fue discípulo de José María Uriarte, quien retratara algunos personajes relevantes del naciente país mexicano y tuvo fama en Guadalajara. Aunque a Borja se le asocia al movimiento neoclásico, el mismo Navarro lo señala como un “pintor gótico”[1], influido por el romanticismo europeo, al grado que le atribuye influencias del reconocido retratista francés Dominique Ingres. Destacan sus retratos de los religiosos laguenses Francisco del Refugio Garciadiego (1838) o Ignacio Mateo Guerra (1838), así como de Mariano Torres y Anaya (1838), personajes capitales de la cultura local de esa época. En arte sacro realizó varias imágenes marianas.
Mariano Torres y Anaya (1838), obra de Mariano Borja,
Óleo sobre tela 45.5 x 61.5 cms.
Colección de Carlos Navarro.

Otro pintor digno de mencionarse es Ignacio Gómez Portugal. Él vivió en la segunda mitad del siglo XIX y es a quien se le atribuye el diseño del Templo del Calvario y planos sobre la actual parroquia de la Luz. Carlos Navarro le llama “arquitecto, escultor y pintor”, aunque no existen referencias de escultura o no se han encontrado. Realizó dos vistas panorámicas de Lagos y una de la Plazuela de La Merced (1890). Son conocidos sus retratos de personajes laguenses como el fabulista José Rosas Moreno, Miguel Leandro Guerra, Juan Pablo Anaya y Pedro Moreno. Además, fue catedrático de dibujo en el Liceo del Padre Guerra y pintor de cabecera de Agustín Rivera, amigo muy cercano a quien le realizó diversos cuadros por encargo.
D Mariano Leal y Zavaleta, Óleo de José del Refugio Díaz del Castillo. 
Coleción particular de Mariano González Leal.
 (Fotografía de Rafael Doniz).

José del Refugio Díaz del Castillo y Moreno nació en Lagos en 1830. En 1865 participó en la Exposición de Bellas Artes de Guadalajara con la obra “El último pedazo de pan”, la cual fue recibida con beneplácito por la academia, aun cuando el autor se reconocía autodidacta. En 1867 fue a radicar a León con su esposa Mariana Gómez de Portugal, donde se asoció con el pintor guanajuatense Juan Nepomuceno Herrera, de quien tomó enseñanzas para madurar su oficio y abrir su propia cartera de clientes. Entre las piezas que realizó destacan los retratos de sus padres Juan de Dios Díaz del Castillo y González de San Román y Juana Moreno Gamiño, así como de su hijo José Díaz del Castillo y Gómez Portugal y del padre Miguel Colmenero. Fue autor de algunas obras de arte sacro en Lagos y en la iglesia del Oratorio de León Guanajuato. Falleció en su casa de León “número 4 de la calle del Oratorio, a las 3:33 a.m. el 30 de mayo de 1895”[2], dejando una estirpe de artistas que enseguida menciono.
La primera de ellos es Mariana Gómez de Portugal, quien en 1849 se casó con Díaz del Castillo. También nació en Lagos y fue miniaturista. Participó en exposiciones municipales de León, Guanajuato, ciudad en la que habitó hasta su muerte. Su obra ocupó los muros de casas leonesas por muchos años y hoy se encuentra dispersa en colecciones particulares del Bajío y en el catálogo del Museo Nacional de Historia.
José Díaz del Castillo y Gómez Portugal, hijo de los dos anteriores, nació en Lagos en 1868 (según Carlos Navarro, aunque sus padres ya vivían entonces en León). Fue discípulo del maestro Juan Nepomuceno Herrera y tuvo influencia de gran retratista Hermenegildo Bustos. Falleció en León en 1962, dejando retratos que cruzaron diferentes corrientes durante la primera mitad del siglo XX.
Finalmente, María Díaz del Castillo y Gómez Portugal, también hija de Refugio Castillo y Mariana Gómez de Portugal, quien nació en Lagos en 1871 y falleció, soltera, en 1973, a la edad de 102 años en León, Guanajuato. Fue miniaturista al igual que su madre.
En el año 2016, el Museo de la Ciudad de León abrió una sala dedicada a la pintura de ese municipio vecino, motivo por el cual el cronista Mariano González-Leal escribió una nota en la que hace alusión a la trascendencia de algunos de los laguenses arriba señalados. Ojalá se recupere y registre su obra y la de otros pintores aún desconocidos, pues con los años, el deterioro,  el desconocimiento del patrimonio artístico, el mercado negro y otros factores, gran parte de nuestro acervo cultural se ha extraviado lamentablemente.




[1] Navarro, Carlos (2003). El retrato en Jalisco. Taller de joyería C.N. Guadalajara, Jalisco. 572 p.p.
[2] Navarro, Carlos. Op cit.

20.5.18

Los mapas en mi vida



Hace unos días, Guía Roji se declaró en bancarrota y desaparece, paradójicamente, del mapa. De las empresas cartográficas en nuestro país fue la más prestigiosa durante casi cien años, pero no la única. Las demás se han esfumado discretamente en el tiempo y ahora la cartografía nacional se inhibe ante programas globales (como Google Earth) o aplicaciones de navegación en tiempo real (como Waze), a pesar de los esfuerzos por expandirse en el mercado impreso y digital.
Esta noticia detonó algunos recuerdos particulares de mi vida, pues soy coleccionista de mapas y guías. Es una pasión que se remonta a la infancia y tiene la legitimidad de quien colecciona playeras de las Chivas, dijes o videojuegos. Lo heredé de mi padre, quien acostumbra también comprar mapas de ciudades y carreteras. De hecho, en alguna época de mi adolescencia pensé estudiar geografía o alguna carrera afín, pero me decidí por la arquitectura, donde también los proyectos arquitectónicos representan radiografías de un trozo de territorio, espacios habitables que nacen del papel y la tinta.
Puedo pasar un buen rato mirando un mapa sin oficio ni beneficio. A veces, cuando estoy en el carro, saco de la guantera el de carreteras de Jalisco (como alguien lo haría con un folleto o el facebook), preguntándome por qué Huejuquilla está tan solo en el mundo, en esa frontera caprichosa que divide Jalisco de Zacatecas.
Desde niño solía husmear los mapas, pues en un pedazo de papel tenía la ciudad a mis pies, los arroyos, lagos, carreteras y rancherías. Era placentero llegar a una ciudad o un pueblo y conocer ya su geometría y los callejones macabros del barrio. Me bebí aquellas láminas que aparecían en la legendaria enciclopedia Salvat Monitor, planos antiguos, atlas enormes y de bolsillo; las antiguas cartas de tenal del INEGI, donde cada casita del rancho era un cuadro negro; planos dibujados a mano en el catastro, que se despellejaban en los archivos de los ayuntamientos; la famosa Guía Roji, con sus carreteras amarillas; las fotografías aéreas y los globos terráqueos, que no siempre han servido para adornar el escritorio de un director de primaria.
Algunos mapas permanecieron sin leer, enmohecidos en un rincón, igual que ciertos libros y baratijas. Otros desaparecieron sin avisar, como sucedió un día, en un viaje a Guadalajara, acompañado de mi amiga, la arquitecta Olivia Osornio. No conocíamos bien la zona metropolitana y compramos un plano de vialidades en la autopista. Al entrar por Lázaro Cárdenas, como hábil copiloto, Oly abrió el mapa para orientarnos y no terminaba de desplegarlo cuando una ráfaga de viento lo arrebató y se fue dando volteretas, retorciéndose entre los carros que venían atrás. Murió virgen ese mapa.
Por esos días asistíamos al Congreso Nacional de Geomática, donde descubrimos las maravillas del posicionamiento global y sus alcances. Nos impactaron las aplicaciones que un satélite, un GPS y una computadora podían lograr en la administración del suelo urbano o rural, mediante coordenadas UTM y programas novedosos.
Lo que entonces nos asombró hoy es convencional. La lectura digital sustituyó al papel en menos de una década y puede recorrerse el mundo con el cursor y hartos zooms en cualquier pantalla. Los mapas virtuales son capaces de meterte la calle en las narices, cascos históricos, usos de suelo y novedades arquitectónicas de ciudades, unas entrañables otras horribles. Es sencillo andar los picos glaseados de los Andes o los parques de Bratislava. Un buen metiche puede recorrer el interior de algunos edificios notables, viajar a la calle donde vivió Roberto Bolaño, en Blanes, o al anexo donde vacacionó Anna Frank mientras escribía su diario; se pueden supervisar las obras de la Sagrada Familia o espiar si Enrique Alfaro construyó sin licencia municipal.
Hace tres años, una mudanza fue pretexto para deshacerme de casi todos los mapas impresos que guardaba (luego, ciertos ladrones de barrio se encargaron del resto) y estimular aún más mi afición por el Google Earth y otras cartografías virtuales, las cuales se pueden manipular hasta en la palma de la mano. Seguramente pronto estarán disponibles en tiempo real y podremos ver el flujo vehicular y el vuelo de las aves sobre el entorno urbano, aunque aún se discute su conveniencia por motivos de seguridad pública. 
En lo personal, los mapas me han dado suficientes beneficios y cierta orientación de navegante, al grado que mi esposa me dice “eres un mapa con patas”. Más bien son ellos quienes nos ofrecen patas, ventanas y buenos ratos de ocio, tratando de leer la geometría del hombre sobre la tierra, sus trayectos o simplemente una explicación sobre la soledad de Huejuquilla.

9.12.17

Epístola sobre un incendio a cinco manos*

Querida Bero.
He venido para hablar de un libro recién nacido, y como te has quedado en Chapala tendré qué contarte cómo va todo.
Son las diez de la mañana, una hora en la que la mayoría estará despachándose un desayuno continental, trabajando en la oficina o jugando frontenis en la unidad deportiva. Para los menos, y a esos me sumo gustoso, hace un clima que exige leer poesía, con el inminente riesgo de mandar a volar las actividades de la agenda de una vez por todas y abrir con libros el fin de semana.
Tengo un problema, pues no quisiera caer en elogios desmedidos, como suele hacerse en estos eventos, así que mantendré la cordura del presentador ecuánime, sobre todo si La representación de un incendio está escrito por varios amigos (algunos a quienes conoces también), formados todos en las aulas del Centro Universitario de los Lagos: Azazel Herrejón, Aarón Navarro, Juan Antonio Orozco, Paul Carrillo Collazo y Ada Martínez. Aquí los tengo enfrente y creo que te mandan saludos con la mirada.
Hace diez años salí de Lagos y el panorama de la poesía era incierto, pero ahora me percato que el relevo generacional es latente gracias a trabajos como este, que han sido impulsados desde el mismo centro universitario por la maestra Yamilé Arrieta Rodríguez, jefe de la Unidad Editorial, y otros entusiastas académicos, en la colección Libélula y otros espacios universitarios.
Aunque a algunos de los autores los he escuchado leer y sigo su rastro a través de la radio o de publicaciones periódicas, es halagador encontrarlos ahora en este libro, que es un espontáneo arder en la palabra. Tú sabes, cuando se es joven la poesía arde y, como los incendios, debe alzarse vertiginosamente, sin miramientos, abrasando todo a su paso. No tiene tiempo de mimos ni puede ser debilucha. Se ahogaría antes de elevar sus espirales. Por supuesto que hay riesgos: las imprecisiones y arrebatos, los versos mal colocados y otras sutilezas que sólo el oficio y la experiencia decantan. Pero mientras esos sucede, el poeta joven debe consumirse como aquel poema de Dulce Mará Loynaz: ¡Que la muerte se parezca a esta muerte candente de tus brazos!
En fin. Te comento La representación de un incendio brevemente. Se divide por autor sin establecer una línea temática, lo cual debió ser complicado para la selección de textos. En Penitencia, Azazel Herrejón ofrece once poemas donde el individuo enfrenta un mundo de hostilidades y despojos. No puede sostenerse, pues proviene de un pasado empantanado y el presente es permanente angustia. Se es culpable de la condición humana, pero sobre todo de interrogar a un mundo que no le da más que una respuesta: el silencio. Sé que no debo intentar reparar nada dice en uno de sus versos y se vuelca a la indefensión y la quietud. Cabe aclarar que a pesar del pesimismo que encierra el conjunto, permanece un hilo de luz: la inteligencia ante el dolor que se cauteriza con la palabra: Pero no acaba la esperanza, pues el tecleo es el eco /  es la voz de las añoranzas nuevas del pasado.
En Esto no es agua, Aarón Navarro presenta un conjunto de poemas que tienen en la sociedad y la vida urbana su abrevadero. Es un detective del absurdo y las contradicciones morales. Deberás leer el poema que dice Ese hombre traía una ciudad adentro, lo juro: es ensordecedor, digno de leerse una y otra vez. Navarro pertenece a la tradición de poetas que desacralizan el lenguaje y la memoria. Procura el humor negro y la ironía. Además (no quisiera decirlo fuerte para evitar una etiqueta) a rato nos recuerda algunas huellas beats o de la literatura sucia, pero con renovado trazo, lucidez y neologismos de este siglo.
Por su parte, Juan Antonio Orozco dibuja en Piromancia, al sujeto y al instante en medio de una urdimbre extraña. El origen y el destino son su búsqueda y el momento de arder fundamental. En Orozco, las líneas del tiempo buscan un antes y un después por más fugaz que sea el incendio. La próxima vez que nazca seré un campo de arroz, escribe La piromanía de Orozco parte de lo inasible y violento, como la pólvora activa.
¿De qué sirvió tu hierro
inmortal
si no levanta vuelo?

Todos somos asesinos
me digo,
mientras miro la leche
derramarse.

En Figuras en Hielo, Paul Carrillo Collazo apuesta por la habilidad retórica como recurso poético. Despoja al poema de sentimentalismo y lo convierte en un artefacto del lenguaje con capacidad poliédrica, de manera que el lector se encuentre con varias caras y múltiples aristas al mismo tiempo. Me agradan sus trampas. Quizá de ahí el título del conjunto, que de por sí es una trampa. En Una liana en la ciudad y otros de sus poemas, el uso de la paradoja permea y procura que cada obra sea no un poemínimo, son un ensayo mínimo, utilizando recursos cotidianos como el tuit. Pero en el imperio del intelecto también la sensibilidad (no sentimentalismo, ya lo dije) tiene visa y Paul escribió un hermoso poema de amor, Abelardoyeloisándonos, que te leeré hoy por la tarde a ver qué procede.
Finalmente, Ada Martínez cierra el libro con una Selección de poemas a manera de tríptico. Su voz es moderada y no se perturba. Atiende la tradición del verso breve y descriptivo, donde las atmósferas y las sensaciones son quienes se expandan. Es testigo de la noche y del violento despertar de la penumbra. El individuo habita una ciudad hostil y no hay defensa posible ante su amenaza permanente. Cierra el libro con un poema perturbador que es al mismo tiempo una denuncia de género y de derecho a la justicia:
El rojo de sus menstruos,
el de la sangre, el de la patria
que no corría en su defensa,

Toda obra poética joven es un descubrimiento y como cualquier descubrimiento, guarda aún geografías por recorrer en las que se develarán novedades y asombros. De estos cinco autores esperamos noticias y proyectos individuales en un corto plazo. Ojalá el Centro Universitario de los Lagos siga apostando por la publicación de poesía, un género menoscabado en la actualidad, pero necesario para robustecer la defensa del individuo ante el ingobernable peso de la vanalidad y la inmediatez colectivas. Te dejo por el momento, pues voy a escuchar los poemas en voz de sus autores. Más tarde llevo el libro a casa y dejarás que la poesía te incendie.

Besos.
Dante Alejandro



*Herrejón, Navarro, Orozco, Carrillo, Martínez (2017). La representación de un incendio. Centro Universitario de los Lagos. Colección Libélula.
Fotografía: Ale Coss.