6.5.15

¡Cuidado con los Idus de marzo!


Uno. En tiempo de los romanos, los Idus de marzo eran fechas de buenos presagios en las que convivían la observancia religiosa y el placer: o sea un soberano festín. Sin embargo, en el año 44 a.c. se ennegreció el ambiente, pues el emperador Julio Cesar fue linchado por una turba de senadores, a pesar de que había sido advertido por un vidente con la célebre, lapidaria y supuesta frase “¡cuídate de los Idus de marzo!”.
Dos. Dos mil cincuenta y seis años después, Los Idus de marzo regresaron en versión impresa y con presagios de luz para la literatura, pues un colectivo de jóvenes en Lagos de Moreno, la mayoría estudiantes y egresados de la licenciatura en Humanidades, decidieron lanzar una publicación cuyo principio es la reflexión sobre la realidad mediante el uso de la palabra. Como toda generación emergente, la falta de espacios para el diálogo y la creación los movió a publicar su obra en una revista que a un año de fundada tiene ya ocho números. El comité editorial que jala las riendas del proyecto está conformado por Paúl Martínez, Nancy Cedillo, Paúl Carrillo, Isabel Escobedo y Román Villalobos, así como dos que trés satélites con la misma energía literaria.
            Tres. Las páginas de Los Idus de marzo tienen apertura a diversos géneros y artes, sin embargo, es la poesía quien se corona e impera sobre los demás en una sección llamada Prístina, donde se han alojado autores locales y de otras ciudades del país, la mayoría nacidos en las décadas de los ochenta y los noventa. Algunos de sus colaboradores han sido Xel Ha López Méndez, Diana Narváez, Rogelio Ornelas, Arehf Palacios, Elizabeth Limón, Daniel Bencomo, Juan Caifán, Fátima Meza, Aleqs Garriogóz, Zaira R. Gómez o Mónica I. Maltez, entre otros.
Cuatro. Sin menoscabar otros proyectos, Los Idus de marzo tienen hoy la voz dominante de la literatura que se construye desde Lagos de Moreno, pero sin buscar efectos localistas. Por el contrario, se expanden como la hiedra, mediante redes con autores en diversas regiones, una posición crítica al status quo de nuestro país y una aspiración a la rebeldía social. De ahí que hayan desprendido otros proyectos como el colectivo Atentados poéticos, desde el cual escriben y ofrecen lecturas en solidaridad con los estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos el año pasado. Como ellos mismos lo mencionan a manera de postulado: “Construir  en principio desde la lamentación, desde el sonido, desde la palabra, es ya el comienzo de un nueva narrativa de lo diario. La palabra tiene el poder de nombrar, revelar, crear y dar sentido a lo incomprensible, esto no es algo que vengamos a descubrir, sino que simplemente intentamos recordar”[1].
Cinco. Este año es apenas una revelación de lo que estos jóvenes ofrecerán más adelante: una palabra enérgica pero sin arrogancia, y una actitud sensible, pero sin lloriqueos. Cuidado, pues, con Los Idus de marzo, a quienes puedes encontrar también en las redes sociales y en https://losidusdemarzorevista.wordpress.com.


[1] Los Idus de Marzo, No. 6, Otoño 2014, p.1

19.4.15

El smiley electoral y Hamlet


En 1963, el diseñador Harvey Ball recibió 45 dólares por crear un ícono para una campaña interna de la aseguradora State Mutual Life Insurantes, en Massachusetts, con el fin de que los empleados mostraran cordialidad durante sus horas de trabajo. Conocido como Smiley, cara sonriente o carita feliz, este ícono se le fue de las manos a Ball y actualmente es una imagen del dominio público utilizada por cualquier persona en situaciones personales, sociales y hasta profesionales.
En este 2015, como cada tres años, nuestro país se ve inundado por infinidad de personajes que replican un smiley, a pesar de que algunos de ellos, durante el resto del tiempo, tengan cualidades más bien endiabladas. Son los candidatos a cargos públicos, centrando su energía en seducir a los ciudadanos y “obtener su confianza” con palmadas y regalos.
Esta alegoría de sonrisas presume a todo tipo de rostros: políticos de carrera, “ciudadanos”, advenedizos, caciques, líderes sindicales y hasta payasos, convirtiendo las calles y medios de difusión en una lotería de felicidad que llega al hartazgo (hartazón, como decimos en Jalisco). Sorprende tanta plenitud colgate en un país donde la misma PGR reconoce cifras de 23 mil desparecidos y a la fecha suman 7 mil secuestros desde el 2006; un país donde se trafica y rectifican influencias,
Las campañas deberían ser como la mera realidad y mostrar una angustiosa cara en búsqueda de la luz, pues las preocupaciones vienen en montones. Ya Hamlet, desde la ficción, les puso el dedo a estos candidatos: “Cuántas veces con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas engañamos al diablo mismo".  
Afortunadamente, para aquellos smileys que sean o no agraciados en las urnas, al siguiente día de la elección podrán relajar sus músculos y volver a las andadas, pues la sonrisa no es privativa de los candorosos, sino también del mercader, del déspota y del cínico.

29.11.14

Mariano Azuela en Lagos

En los múltiples caminos recorridos por Mariano Azuela, son cuatro sus estaciones capitales: Lagos de Moreno, Guadalajara, El Paso y la Ciudad de México. La primera de ellas representó para el novelista una estancia emocional de la que guardó sus mejores recuerdos. Ni la fama literaria, ni el paso de los años pudieron arrancarle el fervor por la tierra en la que descubrió la condición humana, fuente de inspiración para algunas de sus novelas.
Azuela recuerda el barrio donde creció, San Felipe, como “un casucherío ruinoso, entre largas hileras de órganos y nopales”1. La modesta casa en la que nació estaba en la actual calle de Hermión Larios, que describe así: “como quien va al Refugio, se encuentran unas tapias de adobe prieto, prodigio y desafío de las más elementales leyes de gravedad”2.
Su padre era dueño de una tienda llamada “El tigre”, junto al hospital de San Felipe, que instaló gracias a un préstamo de la familia. Con el éxito de la empresa pudo ahorrar y construir una tienda mejor, “La Providencia”, en la placita de San Antonio, en cuyas horas como dependiente, el niño Mariano fue testigo de las intrincadas pasiones, novedades y argüendes locales, como la llegada del ferrocarril y las fechorías de los bandoleros Bartolo Prieto y Ciriaco Isasi. En aquel entonces pasaba por Lagos todo tipo de gente y la tienda, frente a la calle Real, era un lugar perfecto para llevar y traer los pormenores sociales y políticos no sólo de la localidad, sino de otras latitudes, pues reconoce Azuela que Lagos “tenía cierto aspecto cosmopolita y abundaba la población flotante”3.
Ya en su juventud fue a estudiar medicina a Guadalajara, donde coincidió con otros paisanos como José Becerra. Dice Alfonso de Alba que ahí “viven la más franca actitud bohemia”4 y alternan el estudio con el placer de los libros, los cafés, los paseos a la Alameda y la zarzuela.
A su regreso a Lagos instaló un consultorio, el cual atendía al tiempo que frecuentaba a un grupo de aficionados a la literatura, quienes se convirtieron más tarde en destacados escritores y serían sus mejores amigos: Francisco González León, Antonio Moreno Oviedo y José Becerra, entre otros. “Por las tardes, una vez terminadas nuestras tareas profesionales, nos reuníamos en la botica de La Luz y de allí en pequeño grupo salíamos a pasear por los aledaños del pueblo tan pintorescos como callados y solitarios.”5 En ocasiones iban a las huertas, del otro lado del río, y en otras subían la cuesta hacia el templo del Calvario o al camposanto, donde más de una vez compartieron sus primicias literarias.
Aquella de 1900 fue una década de esplendor, pues el grupo formalizó sus reuniones en la quinta de la Luz, realizó los primeros juegos florales y publicó algunas revistas y tomos literarios que hoy son tentación de los coleccionistas; además, animaron todo tipo de eventos, como bailes, paseos, corridas de toros, debates políticos y obras de caridad. Puede decirse que Azuela correspondió al fervor de su época como un humanista, recorriendo las calles lo mismo para atender el llamado de un enfermo terminal que para asistir a una comedia en el teatro.
El joven médico se llenó de vida “hasta que llegó el vendaval revolucionario y nos arrebató como míseras hojas”6. Ya en el exilio, instalado en la Ciudad de México y consagrado como novelista, visitaría su tierra una y otra vez, pero llevando a cuestas las ruinas de otros tiempos.
En relación a Lagos escribió: “Lo amo, pero amo más la soledad, sobre todo esa soledad magnifica de los grandes centros de población donde podemos perdernos como en un bosque virgen, apurando la dicha inigualable de ser nadie”7. No es que Azuela fuera un renegado, sino que, pasada la lucha armada, Lagos se hundió en una depresión por la que nadie abogó, oscilando entre el silencio y la añoranza de aquella belle epoque. Y no había para qué volver.

1Azuela, Mariano (1960). “Autobiografía del otro”. Obras completas. Tomo III. Fondo de Cultura Económica. México. P. 1180.
2Ibídem.
3Azuela, Mariano (1960). “Autobiografía del otro”. Obras completas. Tomo III. Fondo de Cultura Económica. México. P. 1191.
4Alba, Alfonso de (1992). Antonio Moreno y Oviedo y la Generación de 1903. Segunda edición. Biblioteca de autores y temas laguenses. P. 147.
5Azuela, Mariano (1960). “Rafael de Alba”. Obras completas. Tomo III. Fondo de Cultura Económica. México. P. 793.
6Azuela, Mariano (1960). “Cuestiones literarias”. Obras completas. Tomo III. Fondo de Cultura Económica. México. 1272 pp.
7Azuela, Mariano (1960). “El novelista y su ambiente [II]”. Obras completas. Tomo III. Fondo de Cultura Económica. México. P. 1128


1984

En 1984 la mancha urbana de Lagos de Moreno terminaba de tajo al poniente, en una cerca de piedra que separaba la colonia Lomas del Valle y un cerro pedregoso, donde habitaban lagartijos, víboras, correcaminos y liebres, entre otros animales que hoy se repliegan ante una indigna progresión de calles y casas.   
Algunas tardes iba con los amigos de la cuadra a jugar, a cortar tunas o a escalar unas barranquitas que se encuentran al sur del actual Centro Universitario, las cuales negreaban como una costra entre la nopalera y los colorines. Otras veces bajamos a una presita donde abrevaban vacas solitarias y hacíamos “patitos” en el agua. Alrededor, se levantaban como gigantes los cerros de la bola y de la campana, así como dos montículos de piedra, uno apodado “nido de la garza” y otro más, la “silla de Bartolo Prieto”, donde (decían los adultos) el famoso bandolero del siglo XIX se sentaba a vigilar las diligencias que circulaban por el camino real a Guadalajara y a custodiar la cueva de su mítico tesoro. Al fondo, como una bofetada de luz se extendía el valle, con su retícula de sembradíos y un permanente ulular de viento y ferrocarril que aún permanece en mi mente.
Otros días tomábamos el camión urbano (entonces llegaba hasta la esquina de Jacaranda y Aldama) y bajábamos al centro, para acudir a la permanencia voluntaria del Cine Vera, donde exhibían las películas de Bruce Lee y los Almada, así como la novedosa saga de Rocky. La Caja Mágica era un cine más costoso, pero ahí descubrimos con fervor E.T. el extraterrestre y Furia de titanes.  
En 1984 salíamos a jugar a la calle con los vecinos o los amigos de la escuela, con el patín del diablo, el bote, la bicicleta o un bate improvisado. Era tiempo de chinchelagua, corto circuito, avalanchas, choyitas o changais. También jugábamos a las escondidas en la casa abandonada de la calle Encino, que otros usaban de noche para defecar o drogarse a sus anchas.
Por mi calle Cedro bajaban los estudiantes de la preparatoria cada noche. Venían en grupos, algunos con bata de laboratorio y otros bromeando. Nos parecían enormes y no imaginábamos en qué momento llegaríamos a los dieciocho, una edad lejana aún.

Hoy, 20 años después, los niños no van solos al cerro, ni al cine, ni a las casas abandonadas. El país se exacerba y algunos cerros sólo sirven de madriguera para delincuentes y fosas mortuorias. No se es fatalista. Es el aroma del fatalismo que nos circunda.

5.8.14

El ojo felino de Larracilla


Berónica Palacios/ Dante Alejandro Velázquez

El antiguo camino de Mezquitán culebreó por cuatro siglos entre Guadalajara y el poblado de Atemajac, cruzando arroyos y barrancos. La modernidad del siglo XX lo dejó en trozos y ahora se pierde y renace en tramos indefinidos, cercenado por las avenidas Federalismo, Ávila Camacho y Circunvalación. Hoy, la calle Mezquitán cae en una pendiente de grandes banquetas y viviendas donde la gente se sienta a la puerta cada tarde.
Tras una fachada en verde limón se guarda el estudio de Carlos Larracilla. Ahí habitan una decena de gatos, que suben y bajan los muebles y se tienden en el mosaico para refrescarse, mientras el sol penetra a duros golpes por dos minúsculas ventanas hasta salpicar un caballete. El pintor permanece durante horas trabajando y asume que su estudio es también la casa de los gatos, a quienes atiende con el mismo esmero de un amante, pues son ellos quienes dan espíritu al lugar. “Si algún día se busca la autenticidad de ese cuadro, habrá que buscarle el ADN de gato”, comenta mientras señala una obra en proceso y acaricia el lomo de Frida.
Los cuadros de Larracilla nacen de la penumbra con la fascinación de un ojo felino a mitad de la noche. Emergen trazos de luz que enuncian la piel de un personaje y alguna gama de rojos o de ocres establece el escenario de una historia. Son zaetas los colores que rompen la atmósfera y despiertan el mullido silencio del lienzo. Es el pincel que se recrea con la exaltación de quien edifica sueños.
Carlos Larracilla nació en 1976. Se inició en la pintura a los dieciséis años, después de haber sufrido experiencias agudas ante la medicina psiquiátrica que lo movieron a refugiarse en la pintura, primero como terapia autoinfringida y posteriormente como profesión y forma de vida. Aunque tuvo estudios académicos en algún momento de su juventud, es en el trabajo autodidacta donde ha moldeado su formación como pintor. “Todos mis maestros están muertos”, señala refiriéndose a autores como Van Gogh, Caravaggio, Rembrandt, El Bosco y otros que le han alimentado y a quienes les ha propuesto “paráfrasis” de sus obras clásicas, como las distintas versiones personales que tiene de “La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp”.
Cuando se le pregunta si algún autor vivo es influyente en su trabajo no se refiere a quienes suelen exponer en las grandes galerías del mundo, sino a uno cercano y discreto, el pintor Roberto Carlos El Tan, con quien comparte no sólo amistad, sino experiencias paralelas en el mundo de los delirios.
Si algo enciende la pupila en los cuadros de Larracilla, es también la economía del color. En ellos no hay abuso de efectos policromáticos, ni se baten las pinceladas a diestra y siniestra. Por el contrario, dosificarlo es una forma de  manifestar su intensidad en medio de grises, negros y vacío. Es la constante lucha entre luz y sombra quien gobierna los senderos de un mundo alterno y atemporal.
Los protagonistas de su obra, como la luz, no son una yuxtaposición en el lienzo, sino que emergen como un rastro de neblina o un delirio. No sabe uno en qué momento aparecen ni cuándo se esfumarán. Cada cuadro recrea el instante preciso en el que están y son luminosos. Es el preciosismo de la figura alterado por el sueño, la pesadilla, el vuelo de los demonios o una bofetada de viento. 
Como escribió Bernardo Esquinca: Los personajes que lo habitan —cubiertos por la segunda piel del payaso en su    mayoría— parecen estar posando en espera de una mirada que los salve del tortuoso letargo al que están conferidos. No buscan piedad sino complicidad: han expuesto sus vísceras, sus zoológicos íntimos, su desnudez literal, deforme. Por otro lado, Gustavo Aréchiga, lo compara con un cuadro de Van Gogh antes del suicidio: “la obra de Carlos Larracilla también está habitada por el rondar de pájaros negros”.
El trabajo del artista plástico ha sido Premio Nacional de Pintura Atanasio Monroy y el Premio Nacional de Pintura Janssen. Ha expuesto en más de 60 exposiciones individuales y  colectivas. A pesar de que la exposición, venta y difusión del arte requiere deambular en ambientes sociales, Larracilla reconoce en la soledad el alimento del proceso creativo y prefiere resguardarse en el taller de Mezquitán, lejos de los perturbantes elogios y la vanalidad del mercado. Ahí se está mejor, entre los gatos, y con el sol entibiando la pelambre del mosaico.
(Texto publicado en la revista Papalotzi No. 29, Febrero-mayo de 2014, Guadalajara, México. Imágen: "El lente", Técnica Mixta sobre papel. Carlos Larracilla)

14.2.14

De yagos y otelos


Nadie mejor que Otelo, el personaje de Shakespeare, para ilustrar esa estremecedora dualidad que constituyen el amor y el odio, emociones en apariencia opuestas pero que se alimentan una de la otra. Al final de la tragedia, el desdichado moro estranguló por celos a Desdémona y luego se hirió, decretando su muerte con estas palabras: “esposa mía, quise besarte antes de morir. Ahora te beso y muero al besarte”.

Ahora que el 2013 se despide, es momento de darle un beso de gracia igual al de Otelo, pues nos deja un costal de amarguras y dulzuras, las cuales habrán de saldarse sin rencor ni apego para dar paso a un rebosante 2014. Como cada año, durante estos días se vienen en avalancha verbos como recordar, recapitular, abandonar, olvidar, cambiar y prometer, los cuales son evidencia de que la historia es cíclica y necesita pausas antes de seguir haciendo de las suyas. Hay quien hasta redacta listas de propósitos o “buenos” deseos que terminan como chatarra en menos de lo que canta un gallo.

Y aunque el cambio de año no es más que un asunto conceptual, no deja uno de arrastrarse por esa avalancha de recuentos. El beso de gracia para el 2013 llevará una dosis de odio en la saliva, pues vivimos un tiempo enrarecido por los horrores de la violencia. Fue un año sitiado en todas partes: por el espionaje norteamericano, las barricadas, los enunciados y consignas que se suprimieron con cárcel y algunas reformas semejantes a un plan malévolo inimaginable para el mismo Yago. Año enrojecido por una violencia sistemática que no vislumbra un remedio cercano. Si en algún tiempo tenía refugio en la ficción, ahora es cercana y hasta llega a tocarnos en lo personal. Los ajustes de cuentas, los autogobiernos, los desaparecidos, el narcotráfico empoderado del país y toda una secuela de crímenes que permanecieron como una enfermedad.

Y para terminar de ser fatalista, hay que sumar a esos enormes yagos lucubrando en la penumbra, aquellos que pueden decidir sobre la mayoría y saben reclinarse ante el poder internacional: los dueños del aire mexicano (que ya son también los señores del futbol) y los tejedores de la política, algunos de los cuales terminarán dentro de poco tiempo como asesores de grandes corporativos energéticos o socios en alguna empresa “prometedora”.

Sin embargo, el malévolo Yago no sólo proyectó cuidadosamente la caída de Otelo, sino que guardaba un callado deseo por Desdémona. Esperamos que la oscuridad se ablande y mantengamos un voto de esperanza hacia nuestros gobiernos, a pesar de sus contradicciones. Hace días, por ejemplo, me preguntaba si todos esos diplomáticos que acudieron mansamente al funeral de Mandela lo hubieran respaldado en su tiempo de activista. No es descabellado pensar que habrían sido sus más férreos enemigos.

Por su parte, los amores del 2013 se construyeron abajo y en silencio, en las causas pequeñas que viven al margen de las decisiones macroeconómicas. Sobrevivieron la poesía y sus frutos, los empeños del arte y el trabajo hormiga de las redes sociales, frente a los grandes medios de comunicación, cuyo fin se resume en la rentabilidad monetaria. Los medios de comunicación regionales fueron también un cedazo ante ese aparato económico y se abrieron a voces diversas.

Aún nos queda la esperanza, la fidelidad desdemoniana ante un futuro indescifrable. Indicadores de lo que nos espera a corto o mediano plazo son el (¿aterrador?) saludo entre Obama y Raúl Castro, las contradicciones de Putin y la avanzada comercial de China. En el plano local se vienen tiernas alzas a productos y servicios, nada equitativas con el 3.9% de incremento al salario mínimo, así como la puesta en marcha de las multicitadas reformas.

El 2013, en resumen, tuvo los claroscuros de cualquier año, pero se recrudecieron las diferencias sociales y parece que este mundo no termina por enderezar su tragedia. Esperemos, entonces, que venga el beso y una nueva luz encienda este horizonte de complejidades.

 

30.3.13

Invierno en la tundra, de Arturo García


Durante varios días me batí con el papel, intentando escribir un memorable prólogo, con argumentos solemnes y un análisis retorcido, hasta que una relectura me enunció lo inevitable: Invierno en la tundra es un poemario cuya claridad e inteligencia no piden palabras, sino la lectura y el silencio, porque ya tiene la suma de lo poético: el pulso de las emociones y la concreción.
Arturo García, quien se había destacado como narrador en Mis días robados y La carpeta negra y otros cuentos, queda al desnudo en su versión como poeta, con este libro que escribió en su autoexilio y que lleva el peso de la autobiografía en cada línea. Se dedicó a escribirlo durante el último año, con la frialdad que implanta la lejanía con su tierra, la rivera de Chapala, y con el frío de las tierras del norte.
Aunque se trate de identidades independientes, no es una inconexa reunión de poemas, sino un largo poema en episodios, con distintas estaciones y geografías, donde el poeta se ha encontrado a lo largo de la vida. Es una suma de ausencias, un augurio de la soledad autoinfringida en el que tienen espacio la distancia, el exilio y, sobre todo, la memoria intacta de lo que ya se fue y de los que ya no están. Es un álbum de familia en el que hasta la utilería y las texturas del paisaje tienen una carga de nostalgia.
Como su título lo dice, el libro posee una sola y contundente metáfora: el alma en el exilio es la tundra y tiene inacabables llanos que guardan el frío glacial, donde el sol aparece un breve tiempo y en los inviernos la soledad impera. Estamos hechos de agua, dice el primer verso de Invierno en la tundra, como un presagio a las sustancias que lo constituyen y al temporal adverso que se recrudece con la distancia y en el tiempo dejado atrás.
El peso glacial del exilio y un hondo periodo de introspección, han despertado en Arturo García el verso llano y duro. Sin embargo, hay un calor soberano en las pasiones del corazón y en el dolor con el que se construyen los recuerdos. Como en la tundra, el despojo guarda un voto de esperanza: habrá sol y vendrá el deshielo, pues vendrán los hijos, el amor y el recuerdo de los ausentes, aquello que ni el tiempo ni la adversidad moverán de su sitio.
Un prólogo se vuelve regularmente en el elogio obligado. No quería yo hacer eso con al autor, quien es un entrañable amigo y con el cual me unen episodios gratos de nuestras vidas, pero en esta ocasión me confieso indefenso ante la palabra áspera del poeta y declaro mi asombro con una voz que no le conocía. Por eso callo y, ante todo, desvelo el placer de la lectura que me provocó este libro descarnado, escrito con el agua de la ausencia. Léanse pues estos gélidos versos que llegan del norte y nos ahogan en la infinita arena/ bajo la espuma…

García, Arturo. Invierno en la tundra, Charleston SC, Estados Unidos, 2012. ISBN 9781481194433. 172 pp.

Papalotzi 27

Ya está a la venta el número reciente de Papalotzi, con obra plástica: Gabriela Tolentino, Pacco Alexandre y Rocío de Montserrat. Textos de: Manuel Noctis, Diana A. Espinal, Aarón Rueda, Ayixón Sánchez Reyes, Ricardo Venegas, Aurora Moyeda, Indira L. Anampa, duardo Huato, Fabián Guerrero,Federico Jiménez, Luis M. Hermoza, José Jared Galván, Juan Caifán, J. Andrés Herrera, Enrique Valdovinos Portillo, Dante Alejandro Velázquez, Lily Elena Cuadra, Elizabeth Delgado, Edna Ananí Muñoz Venegas, Ruth Pérez Aguirre, Alejandro Olivo, Héctor Alberto Camacho, Gilbert Torres Gómez,  Adrián Gerardo Rodríguez, José Guadalupe Rojas, Celyn Naisha Merino Escobar, Lilian Muzquis Ayala, Néstor Pérez Díaz, Hugo Jamioy Juagibioy, Rosario Patricio Martínez, Víctor Manuel Pazarín y Luis Ángel Vargas.

8.7.12

Dimitrio y las líneas de la locura

La Casa Museo López Portillo, localizada en el primer cuadro de Guadalajara, cumple treinta años de actividad. Esta institución, dirigida por Marco Antonio Hernández, es uno de los espacios de la capital tapatía que abren sus puertas a jóvenes con nuevas perspectivas para la plástica, como lo son ahora “Lúbricas pasiones”, exposición colectiva sobre la diversidad sexual, y “Cuerdas no tan cuerdas” del laguense José Dimitrio Gómez.

Esta última, es una alegoría de 17 obras, entre óleo y escultura, en la que el animismo de cellos y violines recrea varias perspectivas de la condición humana, como si el instrumento fuera un poliedro receptor de vicios y virtudes. El cello representa no sólo su experiencia personal como objeto, sino como un sujeto en en el que se construye una relación trágica: la gracia del arte y las puertas de la locura. Obras como “Por una cabeza” y “¡Bon appetit!” son referente de este maridaje.

José Dimitrio Gómez es, entre los artistas plásticos de Lagos de Moreno, uno de los que más constancia y oficio han demostrado en los últimos años. Además de la enérgica juventud, tiene en su familia un staff que lo vitaliza en los intrincados quehaceres del arte, pues desde una temprana exposición escolar, a los nueve años, su trabajo con el pincel no ha descansado un solo día. En la adolescencia se integró al grupo Jardín del Arte y a sus 25 años ha mostrado su obra en diversas ciudades de Jalisco, el Bajío y Moreno Valley, al sur de California.

El placer por la literatura, la música y la historia le ha otorgado referentes temáticos que se han transformado en una serie de retratos de escritores, en abundante caricatura política y en arte urbano, con obras como el monumento al Charro, a Rita Pérez de Moreno y a Luis Moreno, así como varios bustos de personajes célebres a lo largo del Boulevard Ramírez Rentería, en Lagos de Moreno.

Con sus excepciones, la obra de Dimitrio tiene una constante compositiva: el uso de la línea ondulada y el contorno, con una sutileza que tiene referentes en Boticelli y en el art noveau, pero asentada con recursos propios en el siglo XXI. De esas líneas penden superficies acres o multicolores, cielos de intensidad enrarecida por la bruma y telas de aristócraticas curvas. Son la sinfonía que ya supuso el pintor alemán August Macke cuando escribió “sólo una fuerza sobrehumana es capaz de colocar los colores en un pentagrama como ocurre con las notas”.

La exposición “Cuerdas no tan cuerdas” es un impulso de la museógrafa María Dolores Hernández Rubio y del promotor cultural Fréderick R. Baillieux Mattheuws. Permanecerá abierta durante julio y agosto, para quienes disfrutan la música y las líneas que llevan a la locura.

15.6.12

Las brechas de Arturo Azuela

Hace unos días, la muerte de Ray Bradbury acaparó la atención de la comunidad literaria en todo el mundo. Tras el fulgor de la noticia permaneció la flama de otra muerte: el maestro Arturo Azuela Arriaga, ejemplar novelista que presidía el Seminario de Cultura Mexicana, sucumbió ante la enfermedad.

Arturo Azuela nació en 1938 en la Ciudad de México. Siempre se autonombró hijo de dos Santa Marías (Santa María la Ribera y Santa María de los Lagos), lugares en los que vivió durante la infancia y que tienen especial significado para la familia Azuela. Su espíritu humanista lo llevó a estudiar ramas del conocimiento diversas: música, matemáticas, ingeniería y filosofía de la ciencia. Dirigió varias instituciones académicas y viajó alrededor del mundo como investigador y catedrático. En 1973 publicó su primera novela, El tamaño del infierno, que lo consolidó en las letras mexicanas como un reformador del lenguaje y abrió el camino a una veintena de títulos más, entre novelas, ensayos y textos biográficos.

El día que lo conocí era yo un lector incipiente, de unos dieciséis años, ansioso de acercarme a los escritores como otro lo haría con un futbolista o con una actriz de cine. Cuando me enteré que el Ayuntamiento de Lagos de Moreno le había otorgado la presea Mariano Azuela pedí a un par de amigos que me acompañaran al teatro, pero ellos decidieron irse mejor al billar. Era mi oportunidad de conocer juntos a Alfonso de Alba, Alfredo Márquez Campos y Arturo Azuela, autores laguenses que ya conocía por sus libros, así que fui a sentarme solo en uno de los palcos.

Después de que el alcalde y el gobernador Cosío Vidaurri le colocaron la presea, Azuela pronunció su discurso de recepción con voz opaca y pausada, pero latente, en el que se refirió al espíritu creador de la capital alteña y a sus años de formación. Era un hombre fuerte, frondoso, de mirada ruda, pero con una sensibilidad impresionante, a quien fui y le di la mano después del evento, aún emocionado por sus palabras.

Con el tiempo, mi ingreso como Miembro Correspondiente del Seminario de Cultura Mexicana me dio la oportunidad de compartir con él varias actividades, tanto en Lagos, como en México y en Guadalajara. Nuestras charlas fueron siempre breves, pues regularmente estaba rodeado de amigos que lo tenían acorralado o lo apresuraban. Y cuando estaba solo era parco, limitado a observar más que a charlar. En público, por el contrario, era un conversador vehemente y podía tratar un tema por largo rato. Le apasionaba la música tanto como el Quijote (del cuál era experto) o narrar sus días en Lisboa y en Lagos tanto como la infancia en el kiosko de Santa María.

Fue el año pasado cuando tuve la oportunidad de saludarlo por última vez, en el Encuentro de Escritores de Salvatierra, donde ofreció una conferencia sobre Mariano Azuela, Yañez y Rulfo, los tres jaliscienses universales. Al final del evento, comiendo un delicioso pozole en los portales del Ayuntamiento, charlamos una vez más sólo un par de palabras, pues su fatiga era evidente. El hombre de roble que conocí en mi adolescencia se había debilitado y he pensado que esa noche en Salvatierra ni siquiera me reconoció.

Con la muerte, Arturo Azuela atiza la lumbre de su obra: una hoguera entre la ciencia y el arte, sin distinción de clase. El humanista se despide tal como concluye El tamaño del infierno: “las brechas no se acaban, siguen descubriendo cicatrices de difuntos, de vivos o de espectros”.

1.5.12

Dulces batallas que nos animan la noche

Cada año, desde el 2006, el Colectivo Paracaídas organiza en Morelia el Encuentro Nacional de Letras Independientes, en el que participan autores y artistas de todas las geografías del país. Azarosas han sido las jornadas en las que se han establecido vínculos y se han compartido experiencias sobre el oficio de trabajar la literatura desde la periferia, con esfuerzos al margen de la cultura oficial. Innumerables veladas, lecturas, proclamas y mesas de trabajo se han desarrollado bajo el cielo michoacano en búsqueda de una identidad literaria nacional, o mejor dicho: de las diversas identidades y voces que se construyen desde Tijuana hasta Yucatán.
Dulces batallas que nos animan la noche, es el producto que sintetiza el trabajo en estos años. Reúne alrededor de cuarenta narradores y poetas, entre los que destacan Diana Ferreyra, Gaspar Aguilera, Alejandra Quintero, Guillermo Samperio, Manuel Noctis, Carlos Martínez Rentería, Omar Roldán, Rafa Saavedra y los jaliscienses Berónica Palacios y Mario Z. Puglisi.
Como en toda obra antológica, algunos quedaron fuera, pero permanecen en el ánimo colectivo de este exitoso encuentro, cuyas horas de trabajo se extienden, como lo dice el título, en inacabables lucubraciones nocturnas. Joaquín Marof escribe en el prólogo: “Una antología es una promesa de diversidad literaria a bajo precio, es un acto de fe en conjunto y, al mismo tiempo, una esperanza de que cada texto sobreviva por sí mismo”.
 
Dulces batallas que nos animan la noche
Antología del Encuentro Nacional de Letras Independientes 2006-2011
Compiladores A. Quintero, F. Valenzuela y O. Quevedo
Varios editores
Morelia, Michoacán, 2011





2.11.11

Calavera, por Athena Nieves

Esta calavera escribió hoy mi estimada amiga Athena Nieves. La comparto.

A Dante la muerte un día
se le acercó por detrás
para ver lo que leía
versos rimas y demás.

Dante ni se percató
la huesos muy traviecilla
ni siquiera lo tocó
ni le hizo una cosquilla.

Porque pensó, muy certera
que un chance más debía darle
para que escriba mil libros
todos de amor y romance.

Y se fue sin despedirse
sin decir al rato vuelvo
y el chico sigue enfrascado
a toda hora escribiendo...
..

12.8.11

Memoria incendiada, de Berónica Palacios



Con este nuevo libro, Berónica Palacios (Chapala, 1973) cierra un ciclo de poesía íntima y personal en el que desnuda el tiempo vivido y los estadios del alma. Se trata de una reunión de poemas divididos en cuatro partes: estación natura, estación errante, estación herencia y estación vida. Cada una de ellas representa un círculo vital y un tiempo con evidentes signos autobiográficos y exploración del ser.
El acto de evocar es una constante en cada una de las estaciones: se buscan evidencias para comprender la incertidumbre del presente: en la piel del amante, en el hijo, en las sensaciones de infancia, en sí mismo… y parece que a nada se llega. Busco y solo encuentro un cofre de memorias fingidas, dice la poeta en uno de los versos, reconociendo que no todas las cicatrices del presente se encontrarán en el pasado, pues la memoria es también ingrata y escurridiza.
Aunque este andar a la deriva ocupa gran parte del libro, hay también momentos de plenitud. Ambos son intensos y se alzan con los cinco sentidos, pues Memoria incendiada es un golpe de vida para el lector y la palabra se manifiesta como un agente de pulsaciones: el deseo, la soledad, el hambre, la enfermedad, el placer, la belleza, el dolor y otros dignos de perpetuarse en la poesía.
Para quienes gustan de la literatura emocional, abrir estas páginas será sustancioso. Es un recuento de "incendios" que llagan la piel, una pausa en el mundo para arrojar la palabra que desgarra, los anhelos de infancia, el despiadado refugio familiar y todo aquello que no es resuelto sino en el verso desnudo: aquel que palpita. Memoria incendiada es, entonces, un acto de poesía vital, sin retóricas inecesarias.

La consigna y el milagro, de Julio César Aguilar




Cuál es la puerta aguardando / la sombra que soy… con estos versos parte el recorrido de La consigna y el milagro, poemario signado por periodos en los que el dolor y la contrariedad velan los primeros años de un individuo, quien se asume como una voz en permanente duda y adquiere conciencia en los actos y en el descubrimiento de su circunstancia, por triste que esta sea.
En este libro, Julio César Aguilar extiende un mapa de la infancia, en el que la poesía es el regulador de los emisarios que proceden de la experiencia individual y arrojan a media voz sus vértices: el dolor y la alegría, en un discurso escrito en voz baja, sin los aspavientos de algunos poetas contemporáneos. Reconoce que el mundo personal no se construye con certezas, sino con interrogantes en las cuales habitan sombras y luces. No es un mundo que se explica, sino un mundo que se describe
La consigna y el milagro ha sido traducido a varios idiomas. Ahora Ediciones Papalotzi presenta esta versión español-árabe de la poeta egipcia Omnia Zakaria Amin.
Julio César Aguilar (1972) es poeta, editor, ensayista y traductor. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, polaco y persa. Es autor de Rescoldos (1995), Nostalgia de no ser mar (1997), El desierto del mundo (1998), Orilla de la madrugada (1999), Illuminated Mysteries/Misterios iluminados (2001) Una vez un hombre (2004) y Transparencia de lo invisible/Transparency of the Invisible (2006), entre otros libros.

11.6.11


Por fin aparece Un canto me demanda, memoria de poesía laguense, un proyecto que tuvo sus tropiezos. Gracias a Berónica Palacios por el apoyo editorial, a los poetas que participaron y a quienes han hecho de Lagos de Moreno un referente en la literatura de México.

Un canto me demanda, memoria de poesía laguense es una selección que recorre más de cuatrocientos años de poesía en Lagos de Moreno (Jalisco). Se trata de una fotografía de familia en la que el lector encontrará desde poetas reconocidos hasta autores con escasa difusión y jóvenes emergentes. Esta obra recupera para el lector reciente la tradición literaria local, la cual se reinventa día a día.
Autores que aparecen: Juan Bautista Corvera ● Pedro de Trejo ●Celestino González ● Agustín Rivera y Sanromán ● José Rosas Moreno ● Ramón H. Iriarte ● Ruperto J. Aldana ● Bernardo Reina Reyes ● Antonio Moreno y Oviedo ● Francisco González León ● José Becerra Villalobos ● Rafael de Alba ● Alfredo J. Becerra ● Francisco de Alba Gómez ● Federico Carlos Kegel ● José de Jesús Torres ● Gabriel López Arce ● José Villalobos Ortiz ● Vicente Veloz González ● Francisco Guerrero Ramírez ● José Pérez Moreno ● José I. Correa ● Adalberto Navarro Sánchez ● Jesús Martínez Ramírez ● Flavia Duncan ● Rodolfo Revilla ● Hugo Gutiérrez Vega ● Víctor Hugo Lomelí ● Ygnacia Cervantes ● Hugo René Ruiz Esparza ● Lourdes Jiménez ● Blanca O. Chávez ● María de los Ángeles Aldana ● Irma Estela Guerra ● José Manuel González ● Adriana Cecilia Avelar ● Dante Alejandro Velázquez ● José Luis Rosas Luna ● Francisco Ramos ● Juan Manuel Islas Vargas ● José Miguel Becerra López ● Beatriz Ortiz Wario ● Iván Montán ● Daniel Picón ● Dalia Zamora ● Andrea Aguiñaga ● Román Villalobos.
Un canto me demanda. Memoria de poesía laguense. Dante Alejandro Velázquez, compilador. Ediciones Papalotzi. Guadalajara, Jalisco. 2011. ISBN 978-607-8169-02-3. 188 p.p.